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Nayib Bukele: El dictador más cool del mundo

En esta columna de Es de Politólogos, exploramos y ponemos en relieve la coyuntura de El Salvador y su presidente. Por Fernando Ortiz Sosa, Licenciado en Ciencia Política. Columna de Es de Politólogos. Los sucesos en El Salvador, un pequeño país centroamericano, vienen siendo de amplia difusión en los últimos mess, y eso se lo […]

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En esta columna de Es de Politólogos, exploramos y ponemos en relieve la coyuntura de El Salvador y su presidente.

Por Fernando Ortiz Sosa, Licenciado en Ciencia Política. Columna de Es de Politólogos.

Los sucesos en El Salvador, un pequeño país centroamericano, vienen siendo de amplia difusión en los últimos mess, y eso se lo debemos al excéntrico presidente que asumió en su cargo en el año 2019.Eestamos hablando de Nayib Bukele, un joven empresario que se muestra como un outsider (o no tanto) de la política que irrumpió hace algunos años con discursos modernos y en contra de los tradicionales modos de hacer política en el país.

Pero, ¿quién es Bukele? Siguiendo un poco la corriente actual de políticos no políticos, el actual presidente salvadoreño viene del sector empresarial privado y se diferencia de la política tradicional con un magistral manejo de las redes sociales y con discursos de modernidad con los que busca interpelar a los más jóvenes salvadoreños. En estos tipos de personajes, muchas veces suele ser difícil la conceptualización en las tradicionales nociones de izquierda o derecha, y más si durante su carrera política integró partidos de ambas ramas políticas salvadoreñas.

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En 2019, con un alto abstencionismo, Bukele ganó las elecciones a través de una coalición de partidos de centro-derecha a la que se le llamó “Gran Alianza Nacional – GANA”, con el que obtuvo el 53% de los votos y dejó en segundo lugar a otra coalición de derecha – ARENA – con un 31% y la gran perdedora de la elección, el Frente Farabundo Martí para la Liberación (FMLN) con apenas el 14% de los votos. Este último partido político fue quien llevó a Bukele, años antes, a ganar primero en un pequeño pueblito llamado “Nuevo Cuscatlán” en 2012 y más tarde como Alcalde de San Salvador en 2015.

Es decir, tenemos un personaje joven, empresario, con algo de experiencia en gestión y que no tiene escrúpulos para postularse desde un partido de izquierda para luego vehiculizar su candidatura a presidente desde una alianza de derecha. Por eso nos volvemos a preguntar, entonces ¿Quién es Bukele?

La antipolítica is the new black

Si nos obligamos a tener que poner la figura de Nayib Bukele en algún lado del arco político tradicional, nos encontraríamos que sin duda alguna compartiría banca con algunos de los personajes que surgieron en los últimos años que, desde la política, despotrican contra la política. Una especie de “Alien Duce”, ese personaje híbrido y aparentemente contradictorio que nos muestra la poesía ricotera que “dice desde la TV que no quiere estar jamás en la TV”, es el “pequeño gran matón de la internet”.

Claro, los Redondos nos regalaron su poesía en una época donde el neoliberalismo estaba erosionando lentamente las bases sociales de Latinoamérica, pero todavía no existían estos Alien Duce que vimos ya entrados en la primera década de los dos mil. Los Trump, Bolsonaro, Bukele. Sin embargo, no deja de ser una máscara para volver a lo más rancio del conservadurismo de derecha.

Por eso la antipolítica, acompañada de un discurso millenial que busca una aparente mayor eficiencia del Estado por encima de cualquier contenido político e ideológico, condenando las viejas prácticas políticas de corrupción que empobrecen al pueblo; es la base fundacional de su discurso, siempre (o casi siempre) desde el ahora que representan las redes sociales.

Sin embargo, detrás de esta apariencia joven y desestructurada, se esconden profundas convicciones conservadoras en un país que todavía intenta recuperarse de una terrible guerra civil que dejó más de 75.000 muertos, 8.000 desaparecidos y una dependencia económica con Estados Unidos casi absoluta.

Justamente, como consecuencia de esa guerra civil, en enero de este año se cumplieron 29 años del Acuerdo de Paz firmado en México; algo que Bukele tilda de farsa, pacto de corruptos y negociado; incluso impidiendo en 2020 el acceso a los archivos militares sobre la masacre “El Mozote” que consistió en un operativo llevado adelante por las Fuerzas Armadas que en tres días asesinaron a casi mil personas.

La negación del derecho al aborto seguro, legal y gratuito que se levanta como un grito, no solo en El Salvador, sino en todo Latinoamérica; los miles de asesinatos que se producen cada año producto de la libertad con la que cuentan las pandillas salvadoreñas y hacer la vista gorda ante femicidios y violaciones y su apoyo a la pena de muerte son apenas algunas de las características conservadoras que muestra Bukele.

Sin ir más lejos, como si ser cool y millenial no alcanzara, se vistió hace poco tiempo como los viejos dictadores de mediados del siglo pasado al ingresar al Congreso Nacional acompañado del ejército para apretar a los legisladores por no aprobar una Ley que le permitiría endeudarse y destinar ese dinero a mayor seguridad. En aquel momento, las pantallas LED de la ciudad capital mostraban cómo el presidente ingresaba con hombres armados al Palacio Legislativo y luego salió diciendo que había hablado con Dios y que este le pidió paciencia, dándole una semana más al Congreso para que apruebe el crédito. Un verdadero espectáculo de reels de Instagram.

El péndulo millenial

En cuanto a las relaciones exteriores, El Salvador depende de la “ayuda” dineraria que le envía Estados Unidos, en una de las relaciones carnales —si sabremos los argentinos de eso— que más tiempo lleva en América Latina. Firmó acuerdos con Donald Trump para que el país fuera una barrera migratoria, expulsó a los diplomáticos venezolanos por no reconocer al gobierno de Nicolás Maduro pero, a su vez, fue parte de la enorme mayoría de los países que condenan el bloqueo a Cuba, y se acerca cada vez más a Rusia y China para obtener financiamiento e inversión interna.

Para Nayib Bukele, Twitter es el mejor método de comunicación política, que llega directo a los ciudadanos y donde maneja las fake news a su antojo. Algo que ya vimos en Donald Trump en los últimos años. La demagogia ahora adornada con frivolidad, como practica contemporánea.

Las aparentes contradicciones en política exterior y también en su discurso interno no son casuales. Como buen millenial, sabe leer la nueva tendencia que cada vez está más extendida en toda la región. Supo interpretar una realidad que muestra a vastos sectores sociales que se mueven como un péndulo entre las distintas identidades políticas, que se sienten abandonados y desilusionados con la forma tradicional de hacer política y donde por más promesas que se les haga, sus vidas siempre serán iguales. Entonces, ¿por qué no probar con algo nuevo, algo que nos interpele? Hola, ¿Milei?

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Así es que aparece un tipo, joven y exitoso que sabe llegar con un discurso digital a miles de jóvenes que se encuentran en un amplio espectro social: desde aquellos que son clase media con acceso a ciertos niveles de vida, como aquellos otros que se encuentran dominados por las pandillas barriales, tales como la Mara Salvatrucha13, y ven que su futuro se encuentra cercado entre la pobreza y la delincuencia. Y encima, es tan cool que impone al Bitcoin como moneda de curso legal en El Salvador, aunque nadie sepa a ciencia cierta cómo funciona.

Esta estrategia comunicacional hace aparecer con mayor importancia, el discurso del “otro”, como ser despreciable y a quien hay que destruir. La famosa dicotomía amigo-enemigo del polémico Carl Schmitt. El otro, en el caso de Bukele, está encarnado en el desencanto con la política y los políticos tradicionales, algo que el mandatario se afana en recordarle a su pueblo de manera permanente y a quienes llama “los mismos de siempre, los corruptos, los ineptos”.

¿Un populismo de derecha? De ninguna manera

Este es un tema escabroso. En nuestro país se utilizó mucho en los últimos quince años el término populista como algo negativo para referirse principalmente al gobierno kirchnerista. Sin embargo, no deja de ser un debate abierto gracias a la magistral obra de Ernesto Laclau que describió el modo de construcción político populista basándolo en la confrontación de una articulación tipo movimientista alrededor de la idea de hegemonía, significantes vacíos y asociados a liderazgos personalistas.

En principio Nayib Bukele cumple con los principales postulados de lo que sería un gobierno populista: tiene la confrontación que lleva a conformar un movimiento en particular, a partir de allí llena de significado a estos significantes que siempre están en disputa, tales como los conceptos de política, corrupción, modernidad, progreso, etc; y, por supuesto, emerge como un personalismo fuerte.

Ahora bien, esta es una interpretación muy liviana del populismo. El populismo, según Laclau, es principalmente una teoría posmarxista y posestructuralista que muestra cómo se engendra la significación cuando el lenguaje es una estructura incompleta para representar la totalidad de la realidad, un terreno donde siempre habrá antagonismos que son irreductibles y que sólo pueden ser abordados por una lógica de articulación hegemónica que asuma la brecha y que se haga cargo de los antagonismos que instituyen lo social.

Si bien en base a estos complejos parámetros Laclau admite que el populismo es una estructura que puede emerger en cualquier proceso político, tanto de izquierda como de derecha; es difícil poner en un mismo lugar político a un Lula da Silva, Cristina Fernández, Hugo Chávez con un Donald Trump, Nayib Bukele o Jair Bolsonaro.

Esto es porque el populismo debería representar una lectura posmarxista que requieren de una lógica emancipatoria que asuma el carácter no objetivable ni totalizable de la realidad, tal como lo afirma el psicoanalista Jorge Aleman, que no es algo que tiene un principio o final, sino que es siempre inconclusa, abierta y que permanentemente debe recomenzar. Para decirlo en criollo, el populismo debe ser un movimiento que permanentemente apele a la cualidad emancipatoria del pueblo, otorgando libertades y derechos que necesariamente confrontan con los principios más conservadores que la modernidad capitalista impone a los pueblos.

Es por esta razón que no puede acercarse personajes de clivajes claramente fascistas a conceptos de populismo. Y eso es lo que son, por más que utilicen Twitter, se saquen Selfies en el atril de Naciones Unidas o se muestren descontracturados y jóvenes. En el fondo, son una vuelta a los más rancios principios conservadores por lo que tanto se luchó para superar.

El proyecto populista emancipador debe siembre intentar construir un sujeto con todos aquellos que son alcanzados por la terrible erosión de los vínculos sociales generados por la marcha incesante del capitalismo, "un bloque histórico de oprimidos", como decía Evo Morales. Así que, volviendo a la pregunta inicial: ¿Quién es Bukele? Para responderlo, nos tenemos que alejar de la imagen que intenta proyectar de Presidente joven, cool o millenial; y sólo tenemos que quedarnos con la realidad: es un regreso al conservadurismo clásico que vuelve renovado, con discursos novedosos, pero con proyectos viejos para borrar de un plumazo las pocas conquistas logradas. Aunque sea por Twitter o Facebook, nos damos cuenta que es un Alien Duce, y para él, Dios es digital.

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