¿Tuve mi primera vez porque lo sentía o porque no quería ser rechazado?

Muchos hombres nos iniciamos en nuestra vida sexual por amor, por deseo y conexión con la otra persona. Pero, un gran número de nosotros lo hace porque ciertos mandatos heternormados e históricamente trabajados desde antiguas masculinidades así lo demandan.

Siendo varones, tenemos el privilegio de tener conversaciones sobre sexo desde muy temprana edad. Es desde ese momento que comienza un interjuego obsceno entre el “deseo” y la “presión” de los grupos que nos rodean.

Por Juan Maldonado

“Mi primera vez fue a los 15 años, recién cumplidos, casi que a los 14”, dije con orgullo durante muchos años. Claro, demostrar cómo ese acto de “hombría” me había llegado a temprana edad fue un puntapié para narrar una anécdota “digna y superadora” a mis amigos y amigas. Nunca pude estar más errado.

Las primeras experiencias o encuentros sexuales con otras personas suelen dejarnos alguna “huella” para el resto de nuestras vidas. No debe ser la mejor ocasión, dado a que recién inicia nuestra vida de encuentros, orientaciones y descubrimientos en algo tan hermoso como lo es el vincularse con otros, otras, otres. Pero al mismo tiempo, tampoco debe ser la peor ocasión.

Siendo varones, tenemos el privilegio de tener conversaciones sobre sexo desde muy temprana edad. En la niñez, quizás hasta antes de saber lo que es la masturbación, tenemos algún acercamiento con los conceptos de “tener sexo o hacer el amor”. Es desde ese momento que comienza un interjuego obsceno entre el “deseo” y la “presión” de los grupos que nos rodean.

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Recuerdo muy claro cuando en la previa de un partido de básquet en el club donde jugaba uno de mis amigos y compañeros nos dijo “anoche estuve con mi novia, ya no soy virgen”.

La primera devolución, casi automática, del grupo fue: “capo”, “genio”, “crack”. Después, recién después, nos molestábamos en preguntarle como fue. Claramente la pregunta no era para conocer sus sentimientos o emociones, estaba dirigida a saber qué tanto se pareció a la película porno de Emmanuelle que habíamos visto hacía poco.

Mi amigo tenía en ese entonces 11 años. Eso lo convirtió durante mucho tiempo en el privilegiado y bendecido del equipo. Esa conceptualización, además de generar una presión en nosotros, creó en él también otra opresión para no dejar de ser ese varón adelantado y “promiscuo”.

Los mandatos que recibimos y reproducimos a partir de este acceso a la información y a la pornografía heterosexual, configura ciertos roles que la sociedad espera sean llevados a cabo por nosotros. Nos avergonzamos si no cumplimos, si no llenamos ese formulario que escriben para nosotros y que nosotros escribimos para otros varones.

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Desde ese día en el club, pasé por una etapa bastante abrumadora. A mis 13 años, sentía que no pertenecía. Un plan de fin de semana para mí era juntarme con amigos e ir al cyber a jugar online. Ahí no había mujeres, eran rechazadas de esos espacios tan “masculinos”.

Con el tiempo, fue creciendo la brecha entre “los que juegan jueguitos” y mis compañeros que preferían pasar un sábado con compañeras y comenzar a transitar las primeras relaciones amorosas -y sexuales-. Esa grieta me ubicó en un lugar incómodo. De a poco dejé de tener amigos, porque los varones, en el afán de cumplir y pertenecer, dejan la niñez lo más pronto posible.

A los 14, me cambié del colegio al que había ido toda mi vida y empecé una nueva vida en el católico de monjas. Allí hice de mis amigas, mis hermanas. Sentía que a ellas les podía contar lo que me pasaba sin ser juzgado por la vara que asigna roles a los varones. Aún así, la idea de que el tiempo pasaba y aún era virgen me atormentaba.

De a poco, conocí personas y tuve mis primeras novias.

Fue la segunda relación, cuando apenas cumplí 15 que me animé y tuve mi primera vez con alguien mayor que yo. Por “suerte”, pude decidir, me sentí cómodo y cuidado, pero, sobre todas las cosas, amado. Fue el cierre de un proceso de presiones, que me apuraban a conseguir alguien -obviamente mujer heterosexual- y “debutar”.

Fueron años de sentir vergüenza, desesperación y rechazo. Años en donde acepté expectativas sobre mí y reproduje, para los y las demás, normas prediseñadas del sistema en el que convivimos. Sufrí burlas y me apresuré muchas veces en actuar sin antes saber lo que sentía.

Me sentí poco hombre cuando iba a fiestas de “15” y no daba el primer paso para “encarar a alguien”. Tuve miedo de ser identificado socialmente como homosexual.

Fue después de mi primera vez que empecé a sentirme más seguro a la hora de interaccionar con varones. A esa edad, en la adolescencia, los hombres no hablamos más que de sexo y mujeres de la manera más violenta, denigrante y abusiva posible. De repente, tenía temas de conversación con mis pares.

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Un estudio de Jessie Ford (Universidad de Columbia) y de Andrea Becker (Centro de Graduados de la Universidad de New York), reveló que los hombres tienen relaciones sexuales para cumplir con reglas hegemónicas y heterosexuales. 1 de cada 5 hombres (gays, bisexuales o disidentes) sufrirán agresión sexual en la universidad y más del 50 por ciento experimentará alguna forma de sexo no deseado.

Esto nos dice que no hay lugar para la experimentación y el descubrimiento. Tampoco hay lugar para la decisión de tener o no relaciones sexuales -ya sea en nuestra adolescencia o en nuestra vida entera-. Determinamos reglas que inhiben toda forma de libertad para decidir sobre nuestros sentimientos, emociones y cuerpo.

Después de nuestro primer encuentro sexual no se acaba. Desde allí comienza la defensa de nuestro “status” como varones, en donde interpretamos que debemos aceptar todas las oportunidades sexuales que se nos presenten. También que debemos ser promiscuos. O que debemos sumar. Que “no podemos dejar de ser hombres sexuales”.

Como varones debemos repensar estas prácticas porque así también se construyen las nuevas masculinidades. Las expectativas, que también son creadas sobre los cuerpos femeninos, nos conectan con situaciones dolorosas y violentas. La vinculación sexual con las demás personas debe ser inclusiva, consensuada y sobre todo, libre.

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