Repensar la paternidad para cambiar el mundo

Atravesados por el “ser varón”, cerramos puertas, complejizamos salidas y reprimimos emociones, procesos y dificultades. La paternidad debe ser compartida.

Por Juan Maldonado desde Pablo Mas.

Muchas veces escuchamos o reproducimos frases que aluden a que la paternidad es un aspecto negativo, una quita de nuestro tiempo o una responsabilidad forzada.

Lejos de esa mirada sesgada y tortuosa, está la que plantea que la paternidad en realidad es una oportunidad. Es una puerta a lo que queremos dejar hacia el futuro, para las nuevas generaciones. Es la chance única para repensarse como varones.

La identidad masculina aprehendida viene desde nuestro hogar, nuestra educación y de allí podemos desprender cuestiones buenas y malas. Desde ese lugar podemos seleccionar, fraccionar y analizar qué valores, ideales, prejuicios y miedos podemos brindar a nuestros hijes.

Es cierto que cuando uno es papá -sobre todo por primera vez- el mundo que conocías queda patas para arriba. La llegada de un ser que requiere de nuestro cuidad nos desarma de lleno y nos toca el ego del varón de manera muy profunda.

El estar al servicio de alguien nos plantea la decisión de estar o no presentes en la vida de ese alguien.

Tenemos muchos mecanismos de huida. La ausencia puede ser desde el irse y no pagar la cuota alimentaria, hasta cuando estamos pero no sabemos contener emocionalmente o no sabemos cómo ocuparnos de los procesos de nuestros hijes.

Por si te lo perdiste: La nueva masculinidad no es un proceso de culpa, es un proceso de responsabilidad.

Pero, por el otro lado, está la posibilidad de tomar todo lo que nuestras figuras masculinas fueron en nuestras vidas y sacar lo mejor de ello.

La masculinidad aprehendida nos habla de un individualismo absurdo. “El varón siempre puede, sabe y provee”, no puede verse avasallado. Es el complejo de “Bruce Willis“, que nos dice que al final siempre vamos a poder desactivar la bomba.

A diferencia de nuestras compañeras, los varones no tenemos ningún tipo de red de contención, como varones. No existen las rondas de panzas, las rondas de puerperio, ni tampoco los abrazos, los cariños y las charlas sobre lo que nos pasa.

La colectivización de miedos, experiencias, lo que nos sale y los que no es una materia pendiente de esa masculinidad que absorbimos. Se hace muy necesario poder hablar con alguien de lo hermoso y difícil de la paternidad.

Debemos aceptar que no tenemos todas las respuestas, que no es una herida al ego, sino un aprendizaje repentino, diario y complejo. Hay que recuperar el sentido de lo cooperativo, de que hay otros al que le duelen cosas aparecidas o distintas y podemos sostenernos y escucharnos.

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De esta manera la paternidad cambia el mundo. Sólo desde el amor se podrán criar hijes resistentes, fuertes, con sentimientos de empatía, de diversidad. Ese es el desafío.

Hoy en día, los papas que educan con ternura, son papás subversivos, que están rompiendo los moldes. Ellos son los que logran desarmarse, pero para armarse junto a sus hijes de una manera revolucionaria desde las emociones, el afecto y el cariño.

Las paternidades para cambiar el mundo son las que se animan a ponerle nombre a las emociones y dificultades para, desde allí, repensarse como varones, como padres y como seres reproductores de masculinidades.

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