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Dietarquía: ¿Tiranía en nuestra alimentación?

Todas las marcas tienen su opción saludable (o lo son en su esencia teórica): “sin azúcar agregada”, “light”, “baja en calorías”, “con más fibra”, “más saludable”, o simplemente con etiquetas verdes que emulan una cosa saludable.  Por Magdalena Gavier Cultura light La industria se encargó históricamente de crear productos en laboratorios increíbles donde se juntan […]

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Todas las marcas tienen su opción saludable (o lo son en su esencia teórica): “sin azúcar agregada”, “light”, “baja en calorías”, “con más fibra”, “más saludable”, o simplemente con etiquetas verdes que emulan una cosa saludable. 

Por Magdalena Gavier

Cultura light

La industria se encargó históricamente de crear productos en laboratorios increíbles donde se juntan los ingredientes mágicos: materia prima de baja calidad, mezclas químicas de saborizantes, colorantes y conservantes, y publicidad. A ese combo mágico nos lo venden como saludable. Unas aparentemente inocentes galletitas de salvado compradas en el supermercado son eso. Una mermelada de etiqueta verde que promete ser baja en calorías es eso. Un yogur que dice ser regulador del sistema digestivo es eso (y un tanto más perverso). 

Nos mienten con falsas promesas de bajar de peso, porque esa es la otra promesa capitalista: el ser iguales, de cuerpos delgados, de belleza estereotipada y nula diversidad. Corrompen nuestro paladar y rompen con una destreza ancestral y animal: el hambre intuitiva. La industria crea necesidades donde antes no las había para que compremos productos que antes no existían y que ahora, de repente, necesitamos para estar saludables. Porque la tele, influencers, carteles, revistas, y todo lo que nos rodea, nos dice que eso es así. Y acabamos por creerlo. 

En la columna anterior mencioné que no es casual que la industria farmacéutica es la que genera productos (agrotóxicos) que enferman a la tierra, luego nos venden productos (comestibles procesados) que nos enferman a las especies y luego aparecen con la cura en forma de pastilla blanca impoluta. Es la misma industria la que nos enferma gratis y después vende la cura. Y es la misma industria la que nos quiere “saludables” y se “preocupa” por nuestro bienestar

Con este cuento, cuando somos criaturas, nos venden productos nefastos envueltos en simpáticos paquetes con animalitos, colores y letras divertidas, pero que están llenos de azúcar, sodio y grasas. Ah, pero eso sí: cuando ya llegamos a los 15 años nos dice que necesitamos ser personas delgadas (porque así luce la gente saludable según sus estereotipos), y por eso necesitamos un cambio 360° en nuestra alimentación, que implica empezar a comer productos igual de funestos, pero con un packaging más serio y que viste de verde. Y seguimos pagando con nuestros cuerpos.

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Marianela (Nela) Rojos, Nutricionista (MP: 3000) especializada en salud comunitaria e integrante del colectivo Nutricias, explica que esta cultura de lo light está forjando impactos muy fuertes en la salud: “generan alteraciones metabólicas (todas estas alteraciones como diabetes, hipertensión, hipercolesterolemia e hipertrigliceridemia)”. 

Para entender mejor la peligrosidad de esta situación, Nela nos advierte que “un niño de 8 años hoy ha consumido más azúcares refinadas que un adulto de 80 años en toda su vida. Han arrebatado nuestra cultura alimentaria logrando gustos y paladares colonizados”. Esto es grave, además, porque borra la identidad de los pueblos. Borra la diversidad de los cuerpos. Elimina la diversidad cultural porque genera personas de distintos lugares del mundo con gustos monotemáticos, sin respetar sus historias alimenticias. “Y desde ese lugar han logrado que la población elija -y considere que elige “con libertad”- desde un gusto que ha sido construido por la industria alimentaria y que está atentando fuertemente contra su propia salud. Es decir, que terminamos eligiendo por “nuestro gusto” lo que casi estaríamos obligados a comer en este contexto actual en detrimento de la producción y el consumo de alimentos agroecológicos de estación y locales.”

Estandarizar para normativizar

En medio de todo este caos en que nos encontramos a causa de la industria que enferma nuestros territorios (el planeta y nuestros cuerpos), nos enferma sin permiso y tiene el tupé de vendernos la cura en formas bien variadas (como cirugías, pastillitas, dietas y productos light) para que seamos cuerpos homogéneos y sumisos, aparece además un factor bastante nocivo y transversal: el discurso del odio hacia la diversidad corporal. 

La diversidad corporal se refiere a la amplia gama de representaciones del cuerpo, y va desde las variaciones en la anatomía sexual, en el tamaño, formas y colores de los cuerpos, en las elecciones de las personas, entre otros aspectos. 

Mandatos dementes

Cuerpo de verano. Delgadas, pero no tanto. Que la panza no salga. Muchas tetas. Ah, pero si la teta está dando leche entonces no. Esa teta se tapa. Que estrías, que celulitis, balanza de nuevo. Demasiada altura. No, demasiado petiza. Tablas que te dicen cuánto tenés que pesar según tu altura y edad. Dietas sacadas de internet, programas nefastos en la televisión que reproducen gordofobia y continúan juzgando cuerpos ajenos amparándose en ser guardianes de la salud. No se hacen cargo de su reproducción de estereotipos. 

Redes sociales priorizando mostrar imágenes de personas con cuerpos hegemónicos. Belleza hegemónica. Marcas de cualquier cosa publicitando sus productos con personas que, quizás hasta sin darse cuenta, continúan reproduciendo ese estereotipo, continúan normalizando la delgadez y sus propios cuerpos como los que sí van. Los cuerpos que no condicen con esa regla no se muestran. 

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Quienes se atreven a disfrutar de sus cuerpos, amarlos y contarlo en sus redes sociales reciben de todo: desde felicitaciones por animarse a hacerlo (qué mierda tener que llegar a este punto de felicitarnos por aceptar, amar y gozar nuestro cuerpo, ¿no?), y también muchos comentarios de ataque de parte de personas rándom que les acusan de que en realidad eso no es amor propio, sino que naturalizan “enfermedades” y “condiciones”.

La respuesta: reivindicar nuestros cuerpos

Aceptar y militar la diversidad, en la precisa diversidad de su palabra, es el camino. Y la salida, como siempre, es colectiva. 

Carla Ferreyra es activista, feminista y antiespecista. Es una de las organizadoras de la Feria Feministas Trabajando. Además, junto a Luisy Alfonzo y Ayelén Altamirano, hacen Gordas en la pecera, un programa radial donde hablan de activismo gordo (¡ya tiene dos temporadas en Spotify)

Carla nos explica que, para ella, “el activismo por la diversidad corporal es la lucha de aquellas personas que, por algún rasgo específico de su cuerpo, sufren exclusión del sistema. Son esos cuerpos que no entran en la heteronorma patriarcal del sistema y a raíz de esto se sienten discriminados y excluidos”. 

En este aspecto es importante diferenciar dos activismos que pueden confundirse: “el activismo por la diversidad corporal engloba a muchas corporalidades, el activismo gordo forma parte de la diversidad corporal, pero es una rama de esa diversidad”. 

Entonces, habiendo hecho esta diferencia, explica que el activismo gordo “es el despertar de aquellas personas gordas que quieren vivir de otra manera que exigimos que nos respeten” y ese respeto se manifiesta en tener acceso: “exigir la posibilidad de viajar en un avión o un colectivo porque los asientos están preparados para mí, exigir que el estado contemple una ley donde todes nos podamos vestir, entre otras cosas”. 

“Para generar cambios sistemáticos es clave ocupar las calles con una consigna clara”.

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La salida colectiva: feminismo, antiespecismo y activismo gordo

Carla nos cuenta que comenzó su activismo siendo feminista. Después incluyó el antiespecismo y, por último y no por casualidad, llegó el activismo gordo. “Esa relación me parece clave: después de hacerme vegana logré tener una relación completamente distinta con la comida, que por años para mí había sido muy problemática. Yo soy gorda desde que soy chica, entonces como que mi realidad siempre estuvo cargada de dietas, de encontrarme con la comida desde otro lado, como que tenés un problema y lo tenés que solucionar”. 

¿Cómo se vinculan estas luchas? “Cuando me encuentro siendo antiespecista y al mismo tiempo militando el activismo gordo, comprendo y me cae la ficha: lo empiezo a hacer por una cuestión de placer, pero también por una postura política, entonces es ahí cuando logro hacer un cambio en mi alimentación que no tiene que ver con alimentarme para verme menos gorda o para ser flaca sino que tiene que ver con repensar mis actos, mis formas de vincularme con los animales y lo que consumo”.

Respecto a este tema, nos recomienda leer Cerda Punk, de Constanzx Alvarez Castillo, con una temática gordo-lésbico-anticapitalista-antiespecista. 

Carla nos deja en claro que su “activismo gordo también es por todas las infancias gordas actuales y por las que vendrán, para que no vuelvan a pasar lo que pasamos las personas gordas en nuestras infancias porque repercute muchísimo en lo que luego somos como adultos. Me inspira poder crecer en una sociedad libre de gordo odio”. La lucha es por poder vivir libremente y también por ver a sus amigas vivir con el cuerpo, la sexualidad y el estilo de vida que deseen, mientras le ponen el cuerpo y el alma a las luchas que militan. 

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La lucha es precisamente buscar reivindicar la diversidad y los cuerpos diferentes, no cambiar el estereotipo de belleza hegemónica actual por uno nuevo. La intención es que dejemos de buscar estereotipos y empecemos a aceptarnos y gozarnos tal cual somos. Y, especialmente, dejar de opinar acerca de cuerpos ajenos. 

Todo cuerpo es político. Toda mirada también lo es.

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