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Acá yacerán mis restos: Literatura y cementerios

¿Por qué nos atraen y repelen con igual intensidad los cementerios? ¿Qué tememos encontrar entre tumbas y panteones? ¿Puede alguna de las tantas historias que alguna vez nos contaron y contamos nosotros mismos a los demás volverse realidad? Por Cristian Montú Algunos días atrás, a medida que avanzaba con la lectura de Voces de Chernóbil […]

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¿Por qué nos atraen y repelen con igual intensidad los cementerios? ¿Qué tememos encontrar entre tumbas y panteones? ¿Puede alguna de las tantas historias que alguna vez nos contaron y contamos nosotros mismos a los demás volverse realidad?

Cementerio de Porteña - Foto: Cristian Montú.

Por Cristian Montú

Algunos días atrás, a medida que avanzaba con la lectura de Voces de Chernóbil me di cuenta que había en los relatos de las personas algo que no dejaba de llamarme la atención: a pesar de las prohibiciones y las amenazas seguían volviendo a sus aldeas evacuadas, porque allí estaban sus casas, mascotas, tierras cultivadas y principalmente sus muertos.

Una sobreviviente del desastre nuclear le confesaba a la autora: “De nuestra aldea han quedado tres cementerios: en uno descansan los hombres, es el viejo; en otro, los perros y los gatos que hemos abandonado y que se han sacrificado, y en el tercero están nuestras casas.”

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La memoria colectiva e individual no se construye solamente a través de los vivos, también los muertos hacen su aporte. En cada tumba yacen los restos de nuestros antepasados y en un futuro incierto yaceremos nosotros. Con suerte otros se encargaran de los rituales de despedida. 

Pensar en los lazos que otros establecen con sus muertos me recordó mi propia relación de fascinación con la muerte y el más allá. Fingí darme cuenta, por fin, que había estado evadiendo durante varios años una verdad: mi familia compró un panteón que no conocía. Decidí, en compañía de una amiga, visitar el lugar que será el último para el reposo de mis restos mortales, donde me iré descomponiendo lenta y ominosamente.

Un cementerio perfecto

¿Por qué nos atraen y repelen con igual intensidad los cementerios? ¿Qué tememos encontrar entre tumbas y panteones? ¿Puede alguna de las tantas historias que alguna vez nos contaron y contamos nosotros mismos a los demás volverse realidad?

Cuando recurro a mis recuerdos me parece que el cementerio del pueblo siempre estuvo ahí, que esos muertos están desde siempre y que cada tanto les ofrecemos en sacrificio los cuerpos de familiares y amigos para que se unan al círculo ¿eterno? de la muerte.

Cementerio de Porteña - Foto: Cristian Montú.

El escritor cordobés Federico Falco publicó en 2016 el libro de cuentos Un cementerio perfecto (Eterna Cadencia) y el cuento que le da el título a la obra recorre los vericuetos de un diseñador de cementerios que llega a un pueblo llamado Coronel Isabeta, el intendente lo ha citado para que diseñe el primer cementerio que tendrá la localidad: el pobre hombre está cansado de entregarle los muertos propios al camposanto del pueblo vecino y pretende además, si el destino lo permite, enterrar en la mejor de las ubicaciones a su padre que ya cuenta con más de cien años y convalece tras un accidente.

Víctor Bagiardelli le promete al padre del intendente que le hará el cementerio más hermoso jamás diseñado hasta entonces: “Resista, Hipólito, volvió a decir. Por lo menos hasta la primavera. Le voy a hacer el cementerio más hermoso que alguna vez haya visto. Le voy a construir un cementerio perfecto.”

La vida de pueblo, sus habitantes y las idas y venidas harán que el desafío de Víctor sea impensado.

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Alguien camina sobre tu tumba

El cementerio del cuento de Federico Falco está en ciernes, el protagonista lo ha diseñado para dejar su marca y comienza su construcción, pero en Alguien camina sobre tu tumba: mis viajes a cementerios (Galerna) Mariana Enriquez nos lleva a los lectores por los recovecos y pasillos de cementerios alrededor del mundo.

En las crónicas de Mariana no se siente la presencia del miedo. No, ella siente fascinación. Tiene una lista de cementerios a los que todavía no ha asistido y a lo largo de las páginas nos dirá a la cara lo que tratamos de negar: “...mucha gente se asusta cuando sabe que camina sobre muertos. Aunque todos, en todas partes, más o menos, caminamos sobre mayor o menor cantidad de muertos. Hay muchos más muertos que vivos, es una verdad sencilla, y todos terminan hechos tierra.”

Cementerio de Porteña - Foto: Cristian Montú.

Varios son los relatos del libro y casi que puedo ver a Mariana caminando por entre panteones y tumbas familiares en México, contempla los restos de decoraciones y ofrendas por el día de los muertos celebrado algunas semanas antes. La podemos imaginar ambivalente entre tanta alegría impuesta para el turismo y las ganas de saquear algo de aquellas tumbas. Nos lo dice. Sin embargo se contiene, alguien se le atravesará en el recorrido y las cosas tal vez no salgan como lo esperaba.

Todo lo que no se pudo en México podrá ser en Francia. Mariana irá a conocer por fin los restos de su cementerio (ya inexistente) preferido: el Cementerio de los Inocentes. Los huesos de más de seis millones de personas son reubicados en las profundidades de París, en las Catacumbas. Llueve, el día y las circunstancias le permiten llevar a cabo su plan.

Tanteo entre los huesos del rincón, que está muy oscuro, y encuentro uno fino y firme, de unos veinte centímetros, en perfecto estado. Rápido, rápido. Lo deslizo dentro de la manga del gamulán. Tiene el largo de mi antebrazo, pero eso no significa, pienso, que sea un hueso del brazo (...) Enseguida lo bautizo François.”

¿Logrará salir indemne Mariana Enriquez de las Cataumbas parisinas con François bajo su abrigo?

Acorralado

Leer y releer me llevó a emprender mi propio viaje hacia el cementerio del pueblo. Una amiga me acompaña y juntos damos vueltas entre personas enterradas hace más de cien años. Ya no somos niños y ahora el cementerio nos parece más chico de lo que recordábamos. Hay tumbas y panteones que no habíamos visto nunca. El paisaje artificial de la muerte se nos revela.

Cementerio de Porteña - Foto: Cristian Montú.

El abandono y el dejo de nostalgia que impregnan las sepulturas están latentes pero son soportables entre tumbas viejas, pero al llegar a una sección nueva y reluciente es cuando se siente la punzada, la cachetada que nos devuelve a la realidad: casi todas las lápidas le pertenecen a personas que meses atrás caminaban por las calles del pueblo, están nuestros tíos y abuelos, algunos compañeros y compañeras de la secundaria.

Nuestra condición de mortales nos acorrala, no hay escapatoria. Mi amiga me hace saber que no le gustaría estar sepultada en ningún cementerio. Yo no digo nada pero no puedo evitar pensar en ese verso de Juan Gelman que bien podría ser mi epitafio: “He sido, al menos.”

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