Un pasillo solitario: cuerpos que paren, cuerpos de control

Hace no mucho tiempo que mi primer recuerdo de cuando devine en madre da vueltas por mi mente. Muchos acontecimientos, cuanto más se alejan de su momento originario, más se resignifican. A veces se transforman en otras figuras con distinto peso, distinto sabor y distinto tipo de pelo. Pero prevalecen de alguna manera en nuestra psiquis buscando la forma de manifestarse.

Por Estefanía Nosti para Revista de Estudios Internacionales de la UNC

Apenas terminé de dar a luz, mi cuerpo quedó expuesto, colgado en una camilla
fría y resbaladiza. Mi vagina quedó abierta, por el dolor y por la imposibilidad de buscar cobijo entre mis piernas, cada una colgada de un soporte de hierro distinto.

Con mi brazo agobiado sostenía todo el peso de mi cuerpo, un cuerpo agotado de más de 28 horas de trabajo de parto y de tener que empujar sistemáticamente para hacer nacer un ser desde su interior.

Un grupo de desconocidos se llevó a mi bebé recién llegado a la vida, no me dijeron dónde ni por qué, solamente lo llevaron, completamente seguros de poder decidir por encima de mi deseo.

En ese momento solo podía pensar en descansar y en asegurarme que todo estuviera en orden, necesitaba de información, de resguardo, de un ser aliado que viniera a buscarme al recordar que en una sala vacía de una clínica, había una persona recién nacida al mundo como madre.

Hace algunos días atrás, este recuerdo volvió a cobrar vida, cuando una amiga
fue dejada sola en un pasillo frío de una clínica después de parir. Con la misma
incertidumbre, con el temor de no saber si su hijo estaba a salvo, sola y sin
información, en un momento de extrema vulnerabilidad ¿Es que acaso
los cuerpos después de parir se tornan desechables?.

La mecanización del nacimiento

La institución médica entiende al nacimiento como un acto de supervivencia. Para asegurar cumplir con su promesa de la disminución de la mortalidad materno-infantil (aquella que ha posibilitado la gran migración de los partos domiciliarios a las instituciones), ha convertido al parto en un proceso sistemático y mecánico.

A los cuerpos que paren se los ha relegado a un lugar de disfuncionalidad, aparentemente necesitados de intervención quirúrgica casi en la totalidad de los casos.

Da cuenta de esto la alarmante cifra de cesáreas que registra nuestro país: de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud se estima que en Argentina un 75% de los nacimientos se realizan por cesáreas injustificadas, siendo las tasas de cesáreas de las clínicas privadas ampliamente superiores a la de los hospitales públicos.

Se calcula que en América un 39% de los nacimientos se producen por cesárea, aunque esta cifra podría ser mayor dado que en muchos países no se contemplan las cifras del sector privado.

De acuerdo a la Declaración de la Organización Mundial de la Salud sobre
la tasa de cesáreas (2015), los nacimientos por cesáreas deberían oscilar entre un 10% y un 15%, ante verdaderos casos de riesgo de morbimortalidad materna y perinatal. Sin embargo, este índice se encuentra en discusión, dado que se considera de todas maneras elevado.

Las cesáreas no dejan de ser una intervención quirúrgica, que como contraparte pueden ocasionar complicaciones y discapacidades significativas, e incluso la muerte, especialmente en aquellos lugares que carecen de instalaciones o de recursos para realizar cirugías de forma segura.

Por otra parte, representan un gasto significativo para los sistemas
sanitarios, ya de por sí sobrecargados y debilitados. Pero por sobre todo, la cesárea como norma coloca a las personas gestantes en un rol de incapacidad sobre su propio cuerpo, violentando y vulnerando sus derechos a parir.

El control sobre la esfera de la reproducción

Los cuerpos que gestan se han ido moldeando en el imaginario social como
incapaces de concretar el acto de dar a luz. El auge de la figura del obstetra (en su amplia mayoría conformado por sujetos masculinos), ha ido quitando progresivamente el protagonismo a las parturientas, principalmente tras la consolidación de la institucionalización del parto, luego de la Segunda Guerra
Mundial.

Este proceso ha permitido un auténtico control sobre la reproducción humana. Sus consecuencias son tan profundas que se ha naturalizado la concepción de los partos como potencialmente fallidos desde el inicio, incluso los partos de bajo riesgo, lo cual se contradice con siglos de reproducción humana no institucionalizada.

Como sostiene la historiadora y escritora feminista Silvia Federici, “en la
sociedad capitalista, el cuerpo es para las mujeres lo que la fábrica es para los trabajadores asalariados varones: el principal terreno de su explotación y resistencia, en la misma medida en que el cuerpo femenino ha sido apropiado por el Estado y los hombres, forzado a funcionar como un medio para la reproducción y la acumulación del trabajo”.

En su libro “Calibán y la bruja: mujeres, cuerpo y acumulación primitiva”, Federici analiza los acontecimiento históricos, que desde el feudalismo en adelante, llevaron a la instauración de una división social que relegó a la esfera de la producción a los hombres y a la esfera de la reproducción a las mujeres.

Durante el feudalismo las relaciones sociales no se encontraban tan marcadas por una división de género. Tanto hombres como mujeres se ocupaban de las tareas de producción y reproducción de manera más equitativa. Existía una noción sobre la pertenencia a la comunidad, el trabajo colaborativo y la conexión con la naturaleza.

El advenimiento del capitalismo transformó las relaciones sociales de tal manera que el campesinado fue expulsado de la tierra para transformarse en mano de obra asalariada. Esto modificó las relaciones de producción, pero también las jerarquías sexuales y las relaciones de reproducción.

A través del capitalismo la producción de mercancías se separó de la reproducción de la vida, que fue feminizada e invisibilizada. La producción fue consolidada como una esfera en la cual la fuerza de trabajo debía ser remunerada, no así la esfera de la reproducción.

De esta manera, las mujeres fueron relegadas a ocupar un rol social por el cual no recibían remuneración, por lo que su supervivencia pasó a depender de la
unión con un hombre. Esto produjo un cambio sustancial en la posición social
de la mujer y el proceso de reproducción pasó a ser desvalorizado y violentado.

Cuerpos gestantes, cuerpos que paren

Los cuerpos gestantes han sido configurados históricamente como
cuerpos de control. Con el advenimiento del capitalismo las relaciones sociales
de modificaron sustancialmente, relegando a las mujeres a roles reproductivos y de cuidado, tareas no remuneradas ni reconocidas como la base de la acumulación capitalista.

Sin embargo, durante siglos, las mujeres parieron acompañadas de otras mujeres más experimentadas, que eran parte de su comunidad, como parteras y comadronas.

Hasta el periodo clásico y medieval, los médicos solamente intervenían en los partos ante casos excepcionales, por lo que todavía las mujeres disponían de cierto control sobre los procesos de parir.

Durante el siglo XVII, con la tecnificación de la asistencia en el nacimiento, los cirujanos pasaron a formar parte de los procesos de parto. Posteriormente, durante la Revolución Industrial del siglo XIX, el parto fue medicalizado e intervenido con medicamentos y recursos tecnológicos.

A partir del siglo XX, con la institucionalización de los partos se instauró la obligatoriedad de parir en instituciones, por lo que su control pasó a ser total.

Los cuerpos que paren y gestan han sido sistemáticamente relegados a un lugar
secundario, sometidos al control y la intervención. Esta intervención ha
operado tanto a nivel institucional como estatal, enmarcado en un sistema de
dominación masculino y patriarcal, impulsado desde los orígenes del sistema de producción capitalista en adelante.

Resulta urgente llevar a cabo una revisión de la esfera de la reproducción, donde la gestación, el parto y la maternidad sean revalorizados y respetados, y los cuerpos que gestan y paren puedan tener la posibilidad de elegir, decidir y de llevar a cabo estas vivencias desde un lugar protagónico.

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