Sos un animal

Sí, todes somos animales, pero algunos somos considerados “alguien” y otros “algo”. En el sistema capitalista y especista en el que vivimos, los cuerpos son vistos como mercancías. Mientras que algunos animales gozan de determinados derechos, otros quedan totalmente desplazados a los márgenes. ¿Por qué?

Por Natalia Paesky

¿Animal? ¿Yo?

Al hablar de “animales”, la mayoría de las personas humanas piensa en las demás especies. Crecemos con la idea instalada de que somos radicalmente diferentes a ellas. Sin embargo, basta consultar los aportes de la antropología biológica para tirar por tierra esta afirmación: somos una especie animal mamífera y nos diferenciamos del chimpancé, nuestro pariente más cercano, en un 1% de nuestro genoma. Sí, apenas un 1%. 

Más allá de las características diversas de cada especie que habita el planeta, entre unas y otras hay una diferencia que sí es radical: el lugar que ocupamos en la compleja dinámica de opresores / oprimides. 

La diferenciación entre animales humanos y no humanos es una construcción, como otras categorías binaristas que se instalaron a los largo de la historia para justificar la discriminación y la violencia. 

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El binarismo humano / animal

El sistema capitalista en el que vivimos está estructurado por categorías dicotómicas. Todas ellas son funcionales a las estructuras de poder y a la absurda idea de que unos cuerpos valen más que otros y que, incluso, algunos pueden ser considerados objetos, recursos, mercancía. 

Las categorías binarias abundan en un sistema que busca preestablecer qué es lo correcto: humano / animal, cis / trans, hombre / mujer, personas blancas / personas racializadas, personas con cuerpos funcionales a la productividad que demanda el sistema capitalista / personas con diversidad funcional. Podemos enumerar un sinfín de binarismos que solo permiten negar otros espectros existentes, estigmatizarlos y anular la idea de que el mundo puede ser estructurado más allá de estas categorías.

Algo queda al descubierto al enunciar estos conjuntos de personas: algunas ocupan un lugar privilegiado mientras otras quedan relegadas a los márgenes del sistema. El binarismo humano / animal no es la excepción: desde allí se marca la diferencia entre quienes serán considerados éticamente y quienes no.

Referentes ausentes 

La construcción de la diferenciación humano / animal nos invita constantemente a reducir los cuerpos de las demás especies a productos de consumo. Así como el patriarcado privilegia a los hombres, blancos, cis, heterosexuales, “sanos” y funcionales al sistema, desde la lógica de la supremacía humana nos situamos en el centro  y dejamos en los márgenes a las especies que utilizamos, torturamos, explotamos, asesinamos y desechamos para nuestro supuesto beneficio o placer.

La teoría del referente ausente nos permite explicar cómo es posible ejercer violencia sobre determinados cuerpos sin ser del todo conscientes. El referente ausente persigue el objetivo de difuminar al individuo como referente del producto final. Hablamos de “carne”, “leche”, “bife” y de esta manera invisibilizamos la violencia que implica utilizar y consumir. 

Carol Adams señala tres etapas necesarias para la puesta en práctica de la violencia:

  1. Cosificación: como objetos destinados a ser

consumidos, convertir a “alguien” en “algo”.

  1. Fragmentación: división del cuerpo a través de

los cuales la parte cobra autonomía frente al todo (“pata”, “pechuga”). 

  1. Consumo: cuerpos reducidos a productos consumibles. 

Detrás de lo que consumimos hay una ausencia: el individuo que de ser “alguien”, de pronto es “algo”.

Es hora de asumir la incómoda tarea de cuestionar nuestros privilegios, así como también resulta urgente que los movimientos de justicia social cuestionen la ausencia de la categoría de “especie” como categoría de opresión. El antiespecismo es justicia social.

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