Mi primer chico malo

Mi primer amor fue un chico malo. Malo con el poder de dejar vestigios, resabios, huecos negros.

Foto: Florencia Forchino

Por Stefania Coggiola

Tenía una belleza incendiaria y durante muchos años fue un encantador tiránico. Su piel morena y sus dientes blanquísimos brillaban con la misma fuerza con la que relucía el monstruo que, con frecuencia, se le asomaba por la garganta.

Fue con quien tuve sexo por primera vez, en el comedor de la casa de sus padres, sobre un colchón en el piso.

De esa época juvenil recuerdo la costanera, verde de árboles, inacabable, preciosa. La bravura de las tormentas de verano, los relámpagos de un cielo a punto de explotar. Las mañanas de estudio. El patio del secundario, los trabajos prácticos de ciencias. Pedirle al guardia del colegio que me deje salir a fumar un cigarrillo. Las caminatas bordeando el río después de entrenar, sintiéndome invencible, todopoderosa. Los autos paseando lento, sumidos en una nube gris abúlica.

Con mi primer amor pasé mis últimos años adolescentes y sentí cantidades infernales de dolor. ¿Quién era yo? No lo sé. Entonces, las parejas se encontraban a la mitad -o al final- de la noche en el boliche.

Una vez nos cruzamos en medio de la pista de baile y vino hacia mí apartando cuerpos. Me abrazó y me besó. Me miraba con ternura y con los ojos negros inflados como un cazador de monte. Casi de mañana, volvimos a toda velocidad en su Econo Power. Algo había cambiado. No recuerdo cuál fue la razón del conflicto, o elegí olvidarla.

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Cuando llegamos a su casa, era un lobo hambriento. No había medias tintas. Mi primer chico malo tenía altibajos, y yo aprendí a vivirlos con él. Era resuelto, inteligente, atroz. ¿Quién era yo? No lo sé. Estaba amalgamada, prendida del sabor dulce de la tristeza.

Mi primer chico malo me enseñó los desencantos del amor tradicional. Me daba dosis frecuentes de engaños, y con el tiempo, me volví adicta a ese veneno. Entonces, el azar dominaba las salidas. No teníamos teléfono móvil: no podíamos enviarnos un mensaje a mitad de la noche para ver dónde nos encontrábamos, ni ver una historia en Instagram, ni nada que diera cuenta del lugar que estaba habitando la otra persona. Se asumía que podíamos estar en tal o cual bar, boliche, antro, pero nada era demasiado previsible.

Había un factor de adrenalina que lideraba las emociones y dejaba abierta la posibilidad del no encuentro. Si esto ocurría, había que esperar al otro día para llamar al teléfono fijo de la persona a un horario decente, digamos pasado el mediodía, si es que aceptaba tomar el llamado o si daba la casualidad que atendía.

Demoré cinco años y algunas migajas de tiempo más en desprenderme de ese primer amor, de mi primer chico malo. Hay vínculos en los que no se construye nada: nada. Hay algo que no cuaja, que no prospera, que sólo provoca demoras, contratiempos, malos ratos. O fogonazos de felicidad que sólo sirven para invitar a la permanencia que rápidamente se vuelve opaca.

¿Quién era yo? No lo sé. La última vez que lo vi estaba ungido por la presencia de algún dios, en un noble intento de dominar los demonios que se lo estaban devorando.

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Entonces, en la ciudad-pueblo en la que vivía, no se ponían en cuestión los mandatos, ni el amor romántico, ni los vínculos: se vivía como había vivido quien te había precedido. La que se salía del molde y elegía otras formas era una outsider, una rara, una puta. Estar sola, sin una pareja, era impensable.

La soledad era un resultado: no te habían elegido, algo estabas haciendo mal, pocas veces se pensaba como una elección, como una posibilidad. No se hablaba de placer ni de orgasmos. Ni de derechos adquiridos. Ni de violencias.

Aún los aprendizajes del feminismo estaban lejos en la línea temporal. Salir de las burbujas en las que nos criamos puede resultar una bendición. Buscarse con garras y uñas otra vida, salva. 

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