24M: la diversidad y disidencia como posición política ayer y hoy

A 45 años del golpe cívico militar más violento de nuestra historia, redoblamos la apuesta y elegimos pensar en 30.400 desaparecides. ¿De quiénes hablamos? ¿Por qué ese número?

Este 24 de marzo nos encuentra sembrando árboles. Creciendo desde desde el pie. Fortaleciendo nuestras raíces para seguir conquistando derechos, construyendo la memoria colectiva. En un nuevo aniversario del golpe de Estado genocida del 76 levantamos la bandera de les 30.400 desaparecides, buscando escribir sus nombres en la historia para que el nunca más se tiña de arcoíris, sus memorias abran sus alas y como sociedad digamos nunca más ayer, hoy y siempre. En la búsqueda de contar esas historia, entrevistamos a Daniel Tortosa, docente e investigador de la UNC, detenido durante la última dictadura en la D2.

¿No eran 30.000? No, porque esos 400 se constituyen como una cifra representativa de quienes por ser parte de la comunidad LGTBIQ+ fueron torturades, detenides y desaparecides. En aquella época el colectivo no estaba denominado como tal, ni tampoco reconocido de la misma manera que ahora, pero actualmente se busca que se reconozca lo que vivieron durante esos 7 años.

Durante la última dictadura cívico militar, hablar de disidencia y diversidad no tenía lugar en ningún espacio. Para Daniel, “en ese momento disidencia éramos los que decíamos “¿si soy puto y qué?”, como esa cosa de salir a enfrentar cuando realmente estabas fuera de todo si decías eso”.

Como muchos podemos recordar de lo que nos contaron, o que quizás vivenciamos en carne propia, durante la dictadura hablar de homosexualidad era algo “pecaminoso”. “Homosexual ni loco, y si lo eras, no lo tenías que decir, no se tenía que saber. Y mejor si te casabas y hacías tu doble vida mejor, en ese sentido la derecha siempre fue más hipócrita”, reflexiona Daniel.

 En el ámbito artístico y social, “la palabra homosexual casi no aparecía, no había películas sobre el tema que se vieran. Era escabroso, escandaloso, a  nadie en la sociedad  eso le gustaba y era una cosa rechazada, por lo menos en el ámbito donde yo (Daniel) vivía”.

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Exceptuado por ser homosexual

Daniel hizo la colimba -el servicio militar obligatorio- en el año 1980. Durante aquel periodo, se encontró con un pequeño papel que en cierta forma lo sacó un poco de ese infierno. En la sala donde estaban los médicos de aquel servicio militar, había un cartel que decía: “enfermedades por las que se exceptúan del servicio militar obligatorio: homosexualidad”.

“Ahí no pude parar, no pude parar. Creo que no dormí y al otro día agarré a uno de mis superiores y le dije: “yo soy homosexual y esto y aquello”. El tipo se asusto tanto que me separaron y me llevaron a otra pieza, me tuvieron ahí como una semana y después me hicieron la junta psiquiátrica que se llamaba”, continúa relatando Daniel. Finalmente, lo sacaron de la colimba bajo el pretexto de que “se iba a hacer el seminario de cura”.

Para Daniel, ser homosexual no era motivo de persecución sistemática, como si a otras personas. “Entonces no, era una cosa rara, te detenían 24 horas, 48 horas. Te pedían plata, te jodían la vida, pero no era que por esa condición te llevaban a un campo de concentración te torturaban y te mataban.

La charla con Daniel continúa, en total conversamos casi dos horas. “Siempre me preguntan ¿había un plan sistemático de persecución del colectivo?  y yo creo que no. También son otras las palabras y otra la situación”, explica nuestro entrevistado. “Si hubiera sido que el plan de desaparición de personas,  de aniquilamiento, estaban los homosexuales puestos, a mi me tenían que haber agarrado y matado”, añade.

¿Qué sucede con la reparación histórica?

Entorno al colectivo LGTBIQ+ la reparación por lo sucedido avanza pero a paso lento. “Es algo que se va a ir consiguiendo, creo que la reparación tiene que ir funcionando”, reflexiona Daniel. Por ejemplo, en Santa Fe, se han otorgado algunas pensiones, cuando se ha demostrado que una persona estuvo detenida por su género. Para Daniel, este accionar del Estado “es justo, es sanador”.

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La potencia política de los 400 desaparecides permitió problematizar lo sexual de las memorias, la subversión de las identidades y les cuerpes. El aparato represivo volcado a personas por su expresión de género, orientación sexual o identidad de género se articuló dentro de una moral pública heterosexual-reproductiva que de algún modo corrió, una vez más, a estas identidades hacia los márgenes.

La convivencia social respecto a la represión y la vulneración de derechos habilitó que el hostigamiento y la persecución a la comunidad LGTBIQ+ continúe institucionalizada y penada por la moral pública hasta, incluso, nuestros días. Es por eso que es necesario y resulta urgente levantar las banderas de “30.400 desaparecides presentes, ahora y siempre” para que esas identidades no vuelvan al archivo, encuentren su lugar en nuestra historia, como parte de los caminos transitados en las conquistas de derechos ganados.

 

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