Parálisis

A veces hace falta que nos diga la verdad un extraño para sentir la certeza en el cuerpo. En gran parte, el éxito de la situación estuvo en la seguridad con la que habló.

Por Stefanía Coggiola

Esta es mi primera columna para El Resaltador. Iba a comenzar en octubre cuando decidí que le dedicaría los primeros caracteres a las tetas. El mes anterior, entre otras cosas que pasaron, fue el mes de prevención del cáncer de mama. Cuando estaba por empezar a escribir, algo pasaba: me alejaba del escritorio como si estuviera en llamas, como si al sentarme tuviera que apoyar mis pies sobre brasas humeantes. Entonces retrocedía, cobarde, y me resignaba a rumiar posibles inicios como este: no soy especialista en prevención pero vi de cerca el cáncer, lo toqué. Entonces pensé que hablar de mi madre muerta era el impedimento, que la cercanía emocional con el tema obstruía mi objetividad. Abandoné la idea y me supe incapaz de escribir sobre su enfermedad. Entonces pensé que las cosas que postergamos son las que más nos urgen y nos repelen. 

Con el editor de este medio acordamos que mis columnas tendrían 800 palabras. Esbozaba las oraciones que completarían ese espacio, pero estaba detenida como una vaca en el medio de la ruta: quieta, con los ojos infinitamente más chicos que los de ese mamífero y terriblemente más consciente sobre la vida y la muerte. Pensé en el paso del tiempo, en la parálisis que a veces nos ataca como una perra rabiosa. Me dije: claro que puedo citar a especialistas y recordar lo que debemos hacer para prevenir. Palpar las tetas, asegurarse de que no haya bultos, que no salga líquido del pezón, que no haya dureza, hacerse los controles debidos cada año. En cambio, pensaba en la ruina: en el seno tomado, comido por la enfermedad. 

La última vez que me hice un chequeo en mis tetas el hombre que me hacía la ecografía miraba la pantalla atento mientras yo respiraba entrecortado. Le pregunté si veía algo, la cosa maligna que empieza a crecer como un bicho descontrolado. Le dije: mi madre murió de cáncer de mama y quiero saber si tengo algo. Me dijo: que tu madre haya muerto de cáncer no significa que lo vayas a tener. Le agradecí en silencio, con una mueca de amabilidad. A veces, hace falta que nos diga la verdad un extraño para sentir la certeza en el cuerpo. En gran parte, el éxito de la situación estuvo en la seguridad con la que habló. 

Ya pasó el mes de prevención, no hice la columna sobre ese tema pero sí disparó otros pensamientos relacionados con la parálisis que nos producen ciertos asuntos. Y qué sucesos, lecturas, escenas o cosas de la vida cotidiana nos la quitan. Recordé un fragmento del libro Tema libre del chileno Alejandro Zambra: “Obligados al tema libre descubrimos, con una cuota de angustia, que no teníamos tema, pero quizás también sentimos que una frase llamaba a la otra y que la historia, misteriosamente, despegaba. Descubrimos que no necesitábamos un tema, que escribir podía ser una ruidosa forma de quedarnos callados; que escribir era dilatar la inmediata obligación de aportar al debate, de decir algo oportuno o inteligente; que era suspender el presente en un momento de suma intensidad, con la promesa de un diálogo picándonos los ojos y los oídos. Descubrimos que por escrito podíamos ser básicos, caprichosos, tontos, aburridos, injustos, confesionales. Descubrimos, como decía Violeta Parra, «que la escritura da calma / a los tormentos del alma»”. 

Entonces un día, cuando volvía de la terraza y suponía que no pasaría nada, que como buena perra rabiosa la parálisis me mantendría apretada con la potencia de su mandíbula, algo se soltó y pude, finalmente, sentarme a escribir. Algo percibí mientras estaba tumbada bajo el sol leyendo a Zambra, una claridad finita que se abría paso. Era la antesala, el preludio que traería la calma. 

Esta columna no tendrá las 800 palabras porque de la parálisis se sale de a poco, dando pasos de infante.