Cuando las redes sociales superaron la censura

Cuando las redes sociales  superaron la censura

De represiones y resistencia, todos conocemos un poco. Ya sea por pensar en la dictadura del 76, o en la situación que actualmente atraviesa Chile. ¿Qué diferencia a estos dos hechos? La existencia de las redes sociales, que nos permiten contarlo (casi) todo en segundos.

1042 kilómetros separan a Santiago de Chile de Córdoba, 13 horas en auto o una hora y media en avión -aunque en este momento nadie te garantiza que salga un vuelo-. Pero todas esas distancias, que a la vista parecen tan lejanas, tienden a acortarse a sólo unos segundos.

No, todavía no inventaron formas de teletransportación ni aviones súper veloces, pero hace ya un tiempo que se inventaron las redes sociales.

Para el caso, estos espacios virtuales han constituido la forma más fugaz de transmisión de ideas, muchas veces de salvación. 

Hemos encontrado en un twit, en un video de Instagram o en un vivo de Facebook, la mejor manera de transmitir lo que está pasando, sin filtros ni demasiados retoques: el hecho viaja de nuestro dispositivo hacia el mundo en cuestión de segundos, sin escalas ni aduanas. 

Y esto es lo que, de alguna manera nos despertó frente a lo que acecha a Chile hace más de una semana: represión y resistencia en tiempos de democracia.

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Porque en tiempos de Pinochet, de Videla, las Abuelas de Plaza de Mayo no podían preguntarle a sus nietos por Whatsapp por qué no volvían a casa si ya era de noche.

Porque los chilenos ahora pueden tomar sus teléfonos, y abrirle los ojos a sus países vecinos e incluso al mundo; tienen a la tecnología de su lado, aunque su propio gobierno los haya abandonado.

Porque si bien más de una cuenta de Twitter o Facebook ha sido cerrada, después de publicar lo que pasa en Chile, la situación ya es viral.

Las redes sociales nos han empoderado en tiempos de represión, nos dieron una herramienta accesible para visibilizar tales atropellos, enmarcados en democracia.

Entre tantos defectos que pudimos encontrarle a las redes, esta vez hemos sacado de ellas un gran provecho: contar nuestra propia historia, cuando el país está en llamas.

Por Carmela Laucirica

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