Morir, resucitar

Historias sobre Aurora Venturini hay miles, hay tantas versiones como uno se pueda imaginar y generalmente todas y cada una de ellas, surgieron de la propia Venturini. 

Foto: Agencia Télam.

Por Cristian Montú

Una familia acomodada que no la comprendía, un padre que nunca fue un buen recuerdo y una madre que parecía odiarla. Pero a la Venturini nada de eso la afectaba, lo único que le daba sentido a su vida era la escritura. Escribir por horas, construirse un oficio y un escape ante la vida que le tocó en suerte.

A los 19 años me fui de la casa de los dueños. No entiendo por qué coseché tantos enemigos. Mi presencia erizaba a los crueles cual al cazador la bestia en la selva (…) A veces hay que saldar culpas ajenas.”

Vivió en las sombras del desprecio y el olvido. La dejaron de lado por ser mujer, católica y peronista. Fue amiga de Evita, de Sartre y Simone de Beauvoir. Fue docente y cada vez que la derecha conservadora asumía o asaltaba el poder, ella tenía que exiliarse en París o pasar desapercibida en su ciudad: La Plata.

“En la década sangrienta de los años 70, yo vivía en la quinta de City Bell. Viajaba poco a La Plata, y cada vez que iba, me enteraba de las desapariciones y muertes de personas, sobre todo, de adolescentes.”

Se casó dos veces, y en ninguna de las dos ocasiones fue feliz.

Sobre los rieles

Esta columna no pretende ser una línea del tiempo que recorra exhaustivamente cada recoveco en la vida de Aurora, pero nunca está de más recordar que su ¿corta? pero indeleble carrera literaria profesional dio comienzo tras haber ganado el concurso Nueva novela de Página 12 con “Las primas”. Sí, la nueva novela de Argentina le pertenecía a una mujer de 85 años que había publicado más de cuarenta libros de forma independiente y en los márgenes del mercado.

Tras el éxito de su novela, Aurora sufrió un terrible accidente: se cayó, se fracturó, quedó en coma y en sus propias palabras, estuvo en el mismísimo infierno ardiendo sobre una parrilla gigante mientras el Diablo intentaba arrebatarle el alma. Sin embargo ella le ganó la batalla y sobrevivió. 

El Diablo es casi indescriptible (…) No es posible mirarlo durante largos minutos… Nadie podría…

Al volver de la muerte escribió Los rieles (2013), donde dejó constancia de aquel terrible trance por el cual tuvo que pasar. No hay metáforas, estuvo en el infierno y habló con el demonio: Por haber regresado del averno, ahí ya no volveré. No es lugar para dos temporadas.

Infiernos personales

A raíz de la experiencia de Aurora, enfrentada al castigo eterno en las llamas del infierno, ¿cuánto de lo que cargamos a diario va dejando sedimentos que terminarán por sepultarnos y hundirnos en nuestras propias miserias?

Hay, en lecturas previas que vuelven a la memoria de manera arbitraria, otros dos personajes que se enfrentan a sus demonios personales, a sus propios Diablos con “…facciones de chivo viejo, cabrón y algo humanoide; bisexuado.”

Virgilio reprocha a Dante, ilustración de Gustave Doré.

En Elena sabe (Alfaguara, 2007) de Claudia Piñeiro, la protagonista acaba de perder a su hija en lo que parece haber sido un suicidio en el campanario de la iglesia del barrio. La mujer, presa del Parkinson que poco a poco le paraliza el cuerpo, decide no creer en las versiones oficiales y salir en busca del asesino de la hija muerta. No se resigna, en algún lugar hay una explicación esperando. Ahora Elena está sola, no hay nadie más. El cuerpo se le va entumeciendo y ya no puede disponer de él, es víctima y presa de sí misma. La enfermedad la posee y a medida que se va a acercando a la verdad, intuye que a veces enfrentarse a la realidad de los hechos es el infierno mismo.

Algo parecido sucede en Un hombre bueno es difícil de encontrar que integra los Cuentos completos (DEBOLS!LLO) de Flannery O’cconor. Hay una abuela que no quiere ir de vacaciones con la familia, tiene miedo porque sabe que a la vuelta de cualquier esquina se puede topar con el peligro y la desgracia, tan propios de los seres humanos. No quiere ir, pero la obligan y durante el viaje el auto termina volcando en algún camino rural de Estados Unidos. Ahora están heridos y a merced de cualquiera. Finalmente, los demonios que atormentan a la abuela de la familia se hacen presente. 

En este punto se hace inevitable abandonar el libro, uno no se siente capaz de seguir leyendo. El infierno está ahí, en la realidad de cada día. Algunos, al igual que Aurora, lograrán resistir a las llamas y regresar para vivir un día más. La mayoría, sin embargo, arderemos en nuestros propios fuegos infernales por lo que dure aquello que se conoce como eternidad.

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