¿Cultura de la cancelación o cancelación de la cultura?

Las famosas ganas de pegar el carpetazo o de recurrir al archivo porque “del archivo no se salva nadie” viven en nosotros. La pandemia trajo con la marea esta discusión que en realidad vive en nuestra sociedad desde siempre.

Por Juan Maldo

Me gustaría que en este momento se estén preguntando qué relación tiene el título con los zapallos del escándalo de Paulina Cocina. Claro, es lógico que se cuestionen, la polémica era más una cuestión de “discriminación vs no discriminación”, pero allí fui en búsqueda de cobre y encontré oro.

Antes que nada, un breve resumen para quiénes no estén al tanto. Paulina Cocina (Carolina Cuga), la mega influencer de la cocina sencilla, inició esta semana una campaña para llamar al zapallo anco como “coreanito”. Puede que algunos estén más desconcertados que antes y otros lo entiendan: en varias provincias del país lo llaman así.

Las redes explotaron en un debate que tuvo su punto cúlmine tras un posteo de la usuaria de Instagram Ohayolily, quién habría intentado comunicarse con la influencer antes de realizar la publicación.

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Lo que me parecía quizás una apreciación un poco desafortunada (tenés una plataforma con 2 millones y medio de personas, ¿y eso querés hacer llegar? ¿Que te enteraste que al zapallo le dicen “coreanito”?) se convirtió rápidamente en una ‘CAMPAÑA’ para que todxs le empecemos a decir ‘coreanito’ al zapallo. ⁣⁣Sinceramente, al principio no me parecía lo más grave del mundo. Pero mientras más historias hacía, más alevoso me parecía el ‘coreanito’. Sumado al hecho de que empezó a agregar ‘estadísticas’ (me hace recordar a cuando los pensamientos racistas y prejuiciosos buscaban respaldo científico, como estadísticas…)

Ohayolily, en su posteo.

La usuaria culminó su mensaje diciendo que “con esta ‘campaña’ lo que hace es reproducir un discurso que ronda en Argentina hace mucho tiempo que es reducir a las personas a un gentilicio“.

Paulina salió en su defensa, y dijo que le costó ver la situación de esa manera pero aún así dio marcha atrás.

“Me cuesta un poco verlo pero también pienso que no siendo yo una persona racializada. Pero el hecho de que me cueste no es excusa suficiente para decir: ‘Ah bueno, entonces no me importa’. Y me importa. Entonces, decido suspender. Creo que nadie piensa que está hecho con una mala intención. Los gentilicios son súper utilizados en la cocina: el calabacín italiano es el zucchini, la sopa inglesa… pero igual, si molesta a alguien, prefiero suspender”

Paulina Cocina

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Podemos estar en desacuerdo o no con los ejes y posturas que tomó la problemática, o podemos dudar de la exageración de cualquiera de las partes. Lo que si se permite es entender que estos debates pueden ser reflejados en un montón de discusiones, tópicos y costumbres que en el día a día encontramos y refieren al racismo y a la estereotipación de las personas.

Propositivamente, le sugiero que la próxima campaña sea por “zapallo anquito”, como preferimos decirle en el interior cordobés.

Los dedos de la cancelación

En esta misma polémica se desprendió otra arista que, para mí, es igual de interesante. Los intentos de cancelación.

Junto a su campaña, Paulina publicó un mapa de Argentina, referenciado con las regiones en donde llaman “coreano” al zapallo anco. Ese mapa (probablemente sacado de la primera búsqueda en Google) decía que las Islas Malvinas pertenecen a Reino Unido, punto clave para los haters y fundamentalistas de los caramelos de anís.

El mapa publicado por Paulina. Distintos usuarios y usuarias acusaron a la influencer de “racista” y de “vende patria”.

La cancelación vulnera a cualquiera. Ahora vamos de lleno, ¿Qué es la cancelación? Sin esforzarnos mucho, Wikipedia resume que “es el fenómeno extendido de retirar el apoyo moral, financiero, digital y social a personas o entidades mediáticas consideradas inaceptables, generalmente como consecuencia de determinados comentarios o acciones, o por transgredir ciertas expectativas“. A veces, se produce “una llamada a boicotear a alguien -de cierta fama, que ha compartido una opinión cuestionable o impopular en los medios sociales”.

La cancelación ha existido siempre pero sufre modificaciones constantemente. Depende del contexto, los movimientos sociales, las plataformas y las temáticas de debate y consumo.

Es lo que nos lleva a concluir el por qué Tinelli podía cortar minifaldas hace 10 o 15 años. Si nos alejamos aún más, el por qué las personas en situación de esclavitud en el clásico “Lo que el viento se llevó” (1940), manifestaban un discurso de “aceptación y gusto de esa esclavitud”. Lo pudieron hacer siempre, pero las consecuencias o respuestas del público no eran las mismas.

Hace unos meses, después de 80 años del estreno de la obra de Víctor Fleming, HBO decidió agregarle un cartel donde explica que las acciones y la producción del film pertenecen a una época y coyuntura en particular. Y sí, hace casi un siglo. Pero esa decisión de HBO es justamente porque los tiempos cambiaron. ¿Debe entonces cancelarse o bajarse a una producción o una estrella porque su discurso ya no es aceptable?

Tocando de lleno el tema, hay posturas opuestas y contradictorias. Hay quienes piensan que la cancelación es un eufemismo para no decir la palabra “censura”, que tiene muy mala reputación discursiva.

En la otra vereda están quienes creen que la cancelación es poner límites no a la libertad de expresión, sino a la violencia que ejercen ciertos mensajes. “Con eso no se jode más”.

También hay posturas que hablan en contra de la cultura de la cancelación diciendo que de esa forma se invisibilizan problemáticas que deberían ser analizadas y discutidas. En respuesta, otro grupo de pensantes considera que en realidad la cancelación visibiliza problemáticas para luego ponerlas en debate social.

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“A veces veo en redes sociales que pasa algo con alguien y dicen ¿Cuándo lo vamos a cancelar a tal?, y yo digo ¿Qué estás esperando? cancelalo vos, es subjetivo. Digo, querés cancelar a este, cancelalo. ¿Qué sería cancelar? ¿Que viene alguien y pone un sello que dice “cancelado, oficialmente”?

martín garabal para caja negra

¿Al cancelar, realmente cancelamos? Los números en redes sociales se disparan en muchos casos cuando alguien es puesto bajo estos “ataques”. Se les otorga mayor popularidad, mayor prensa.

Lo mismo pasa cuando reproducimos un mensaje nefasto que antes no era tenido en cuenta, pero gracias a la noticiabilidad del tema, más personas se enteran y así, surgen nuevos adeptos, fieles o integrantes de la secta. O tal vez no adeptos, pero sí personas que con tal de estar en contra de quienes cuestionan tal discurso, se suman a su defensa.

¿Y qué pasa con el humor?

Hace unos meses hubo un caso particular con el conductor y humorista Migue Granados, que luego de que se descubran tuits xenófobos de hace algunos años, salió en su defensa y dijo amar “el humor negro, el blanco, el básico, el border, el ofensivo”. Sostuvo que tiene una banda de seguidores que lo conocen y que habitan en un clima o contexto que aceptan y es consensuado. Creado entre ellos y ellas. Consideró al ataque como “entrar a una orgía buscando gente vestida” y se excusó en que fue cambiando sus formas de reírse con el tiempo.

El ex integrante de Últimos Cartuchos pidió perdón por los chistes que en realidad fueron ofensas y dijo haberlos erradicado.

Si llegaste hasta acá, no te pierdas nuestro video: Cancelación en redes sociales | Pandemia de cancelaciones

¿Puede el humor reírse de todo sin caer en la particularidad de herir o apuntar contra una persona, comunidad o caso en particular?

Es cierto que hoy en los medios de comunicación uno puede referirse y utilizar lenguajes menos formales que hace 20 años. Hay un permiso que antes no estaba. Por ejemplo, se pueden decir varios derivados de la palabra culo o nombrar a cualquier genital de cualquier forma.

Antes, eso era bajado directamente por los entes reguladores y ni hablar del rechazo de las personas más pulcras del mercado.

Hace unos días se conoció la noticia de que el influencer Santiago Maratea consiguió -además de 2 millones de dólares para el tratamiento de una bebé- más de 10 millones de pesos para que 81 atletas argentinos puedan participar en el Campeonato Sudamericano de Atletismo, en Guayaquil.

Maratea es abiertamente consumidor de marihuana. Lo dice y lo hace frente a cámara desde hace mucho tiempo. Los seguidores y seguidoras del deporte que siguieron su campaña y no aceptan el cannabis recreativo se encuentran en una encrucijada: ¿debo seguir al “fuma porro” que llevó en tiempo récord a nuestros representantes o debo cancelarlo porque eso está mal para mí?

Hoy la libertad de expresarse con palabras y mensajes anda a rienda suelta, o tal vez no tanto, pues, cancelaciones.
Lo cierto es que un chiste sin contexto puede que deje de ser chiste y pase a ser ofensa y violencia. La pregunta es, ¿Qué hacemos con el humor? ¿debe tener límites?

Hace poco escuché a Martín Garabal en Caja Negra (recomiendo) decir que “hay público para todo, hay gente que le siguen haciendo reír ciertos chistes y bueno, te tenés que bancar que tus chistes le gusten a algunos y no le gusten a otros”.

Al mismo tiempo, profundizó en algo que me pareció destacable: “Esta bien que existan (contenidos) y que vayas a eso que te hacía reír mucho y digas ‘uy, esto estaba re naturalizado’ (…) si vos lo borras, te puede volver a pasar”.

¿Cómo reciben los grupos, comunidades o colectivos víctimas de este tipo de mensajes?

¿Qué pasa con las personas que pensaban algo hace 10 años y ahora sostienen lo contrario? Las personas cambian, pueden adaptar su pensamiento y obviamente madurar. ¿Puede esto ser tenido en cuenta? Sí, pero dependerá de qué tan profundo sea el pensamiento y que tan arraigado a sus ideales sea. Allí hay una discusión muy extensa y aún así puede que cientos de usuarios aun así te cancelen.

La cultura de la cancelación nos pone entre el ocultamiento y el dejar ser, pero lejos de nosotros. La discusión se torna imprescindible. Repensar ciertos discursos permitirá visibilizar problemáticas o posturas de grupos, colectivos o personas que se están sintiendo ofendidas o al menos tienen un tema interesante para exponer en sociedad.

Traemos una cultura de querer bajar a aquel o a aquella que dice lo opuesto.

Tomar una postura es muy difícil. Si la cancelación se basa en bajar impolutos, pronto nos quedamos sin líderes. Pero si la cancelación se basa en debatir y discutir para erradicar eso que nos hace peores como sociedad, no habría mucha discusión en contra de eso.

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