Sudamérica pegó con derecha

La mesa de líderes populares latinoamericanos sufrió el domingo pasado su primer revés desde que sus esfuerzos son coordinados por la estructura gubernamental argentina y su cartera de relaciones exteriores.

Guillermo Lasso, ganador de las elecciones presidenciales en Ecuador.

Por Matías Mowszet

Con la organización del operativo para salvar la vida de Evo Morales durante el golpe de estado del 6 de noviembre en Bolivia, Alberto Fernández se convirtió en una suerte de referente de las ruinas de lo que fue aquella integración regional con políticas progresistas que copó el continente durante la década pasada.

Eran ruinas porque las figuras más importantes se encontraban fuera de la toma de decisiones de sus estados y, en la mayoría de los casos, bajo intenso fuego judicial. El estado argentino, apenas asumió el actual presidente, se puso al frente de la coordinación de esfuerzos regionales en paralelo a los organismos multilaterales existentes y a los bloques orquestados por Estados Unidos como el Grupo de Lima.

Sin relación con la aislada Venezuela de Nicolás Madura pero con fuertes lazos con el gobierno de Andrés Manuel López Obrador de México, el objetivo era reconstruir el esquema de integración latinoamericana desde sus dos extremos geográficos: sur y norte.

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Alberto Fernández junto a su par mexicano, Andrés Manuel López Obrador.

Esta sintonía tuvo sus altibajos y enfrentó algunas vicisitudes como el hecho de que México le dio la espalda a la propuesta argentina de Gustavo Béliz al Banco Interamericano de Desarrollo y votó afirmativamente la propuesta hecha por el entonces presidente Donald Trump de designar allí a su asesor, Mauricio Claver Carone.

Sin embargo y más allá de todo, la cuestión Bolivia significó siempre la plataforma de mayor unidad. Por eso, el aplastante triunfo del Movimiento Al Socialismo en las elecciones presidenciales de 2020, con la candidatura de Luis Arce, marcaron una línea de llegada importantísima a ese esfuerzo coordinado. Evo Morales volvió a su patria con una administración popular y se sumó un tercer gobierno al esquema que aspiraba a la reconstrucción.

En el “superdomingo electoral” había dos carreras en las que el grupo de naciones tenían sus apuestas realizadas. Alberto Fernández se reunió en enero con Andrés Arauz, el joven candidato del correísmo en Ecuador que buscaba instalarse como primera opción en la primera vuelta, y con Verónika Mendoza, la joven candidata de la centroizquierda peruana que buscaba sobresalir en un contexto de caos y destrucción total de ese país, con dispersión de candidatos y de apoyos populares.

Mirá el informe que realizamos previo a la elecciones en Perú.

En el caso de Arauz, ese apoyo fue más concreto. Había tenido una reunión con él durante el 2020, cuando la Cámara Nacional Electoral todavía no resolvía si le permitía la participación. La reunión fue publicada por Alberto denunciando un intento de proscripción al candidato correísta, posterior a la proscripción concretada del propio Rafael Correa, que se había postulado a vicepresidente en fórmula con Arauz (a lo Cristina con Alberto) pero, en esta ocasión, la CNE no se lo permitió.

En uno de los debates presidenciales del Ecuador, Andrés Arauz contó que, en la reunión que tuvieron, Alberto Fernández le había prometido proveerle 4 millones de vacunas covishield de Oxford-AstraZeneca a ese país, que es de los más atrasados del continente en materia de vacunación.

Inmediatamente, y por el revuelo que se armó en Ecuador, con otros candidatos y medios de comunicación descreyendo de los dichos de Arauz, Alberto Fernández tuvo que salir a aclarar que él no le prometió 4 millones de vacunas, sino que prometió interceder ante el fondo Covax para que 4 millones de dosis de ese programa internacional puedan llegar al Ecuador. 

Hizo esa aclaración a través de una carta enviada a Andrés Arauz en la que reiteraba su apoyo y sus “mejores deseos” de cara a la elección de primera vuelta que iba a tener lugar el 7 de febrero.

Alberto Fernández enfrentó el problema de que le coincidan los roles de presidente argentino y de coordinador de esfuerzos de movimientos populares regionales. Debía tener un activo rol de ayuda en materia de campaña pero, a su vez, tenía que gobernar y mostrar mesura en el marco de las relaciones internacionales cordiales que debía sostener.

Incluso, tuvo un incidente cuando, en una entrevista en la que sugirieron de una posible pelea con Cristina dijo “yo no voy a traicionar, yo no soy Lenin Moreno”. Estas palabras motivaron una dura carta de la cancillería ecuatoriana repudiando la declaración.

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Ese problema no lo tuvo Bolivia, que supo estructurarse para actuar con comodidad ante esa dicotomía de roles: Luis Arce gobierna, Evo Morales se encarga de la parte operativa en la región.

Con esa comodidad, Evo pudo apoyar de manera activa y sin pruritos a la candidatura de Andrés Arauz, con expresiones mucho más contundentes y una participación mucho más entregada a la causa de la victoria.

Andrés Arauz ganó aquella primera vuelta pero no pudo evitar un ballotage, que estaba programa para el domingo pasado y en el que fue derrotado por el banquero Guillermo Lasso, el candidato de la derecha tradicional que ya había perdido dos elecciones presidenciales, en 2013 contra Correa y en 2017 contra Lenin Moreno.

La victoria de Lasso implica, a nivel internacional, una continuidad de la gestión de Lenin Moreno y uno de los pilares de la consolidación derechista en el norte de Sudamérica, un espacio geográfico muy importante porque es a través del cual pretenden decirle a Maduro “entregate, estás rodeado”.

Arauz es, de los candidatos progresistas que fueron a las urnas desde la ruptura institucional de Venezuela y la situación de “doble comando”, el único con apoyo abierto e irrestricto a Nicolás Maduro.

Lasso le ganó a Arauz 52,5% a 47,5% y la primera felicitación que recibió, aun cuando el triunfo todavía no estaba confirmado, fue de Mauricio Macri a través de Twitter. Si bien pecó de precoz, el ex presidente argentino quiso señalar, rápidamente, que aquella victoria de Lasso significaba una bocanada para la derecha latinoamericana y un golpe al esquema de coordinación y unidad llevado adelante por Alberto Fernández.

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Guillermo Lasso, presidente electo en Ecuador.

La otra candidata que recibió la confianza en las apuestas de esta mesa fue Verónika Mendoza, que buscaba la presidencia de Perú tras haber quedado fuera del ballotage de 2016 por apenas dos puntos. Verónika llevaba adelante la agenda progresista, la promesa de integración latinoamericana y, sobre todo, la agenda feminista. Era la única candidata feminista que había en la nómina. Hay que decir que el feminismo tuvo un importante auge en Perú durante estos últimos años.

Alberto tuvo una reunión con Verónika, publicada por ella, en la que, según la versión de la candidata, le expresó su apoyo de cara a los comicios.

Evo Morales fue más contundente otra vez. Protagonizó un acto virtual de campaña con ella y con su partido Juntos por el Perú. A través de una videollamada, declaró su apoyo irrestricto a su candidatura.  

Sin embargo, el resultado de Veronika fue decepcionante. Salió sexta con el 8% de los votos y ni siquiera pudo ganar el liderazgo del espectro izquierdista, que fue copado por otro candidato, un candidato difícil de descifrar en cuanto a su postura regional.

El que resultó más votado fue Pedro Castillo, de la ultraizquierda, que sacó el 19% de los votos entró al ballotage que disputará el 6 de Junio frente a Keiko Fujimori, la ultraderechista hija del ex dictador, Alberto Fujimori, que obtuvo el 13%.

Castillo es un profesor que representa al campesinado peruano y defiende una agenda de conquistas sociales, con estatización de capitales y muchas otras propuestas extremas en materia ideológica. También sostiene, a diferencia de Mendoza, una postura conservadora en materia de género. Se opone al aborto legal, al matrimonio homosexual y a la perspectiva de género en las escuelas.

Una semana antes de los comicios, Castillo figuraba séptimo en las encuestas, bastante por debajo de Verónika. La posibilidad de que estos presidentes puedan establecer una sintonía con este eventual presidente, como podrían haber establecido con Verónika si ganaba, todavía es incierta. Esa incertidumbre está dada, sobre todo, por el hecho de que nadie lo imaginó en una disputa real por la presidencia.

El escenario de Perú desconcierta a todos y, ante la alta posibilidad de un triunfo de Keiko Fujimori, se espera una unión de movimientos progresistas detrás de la figura de Castillo. Quizás aquí entre también el apoyo de dirigentes regionales.

El desafío es el de buscar un horizonte de optimismo ante un domingo negro, que mostró que la idea de “ola progresista apoderándose otra vez de Latinoamérica” era sólo una ilusión. Cada país tiene sus propias dinámicas y vota de acuerdo a sus propias realidades y narrativas.

Más allá de los apoyos y de la previsión que suceda fronteras afuera de una elección, los pueblos votan realidades locales, y es allí, en esas realidades locales, donde se encuentran los campos de batalla que determinarán si tendremos una región integrada defendiendo intereses comunes, o una región disgregada al servicio de potencias injerencistas.

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