Los pueblos originarios y la muerte

Las diferentes culturas e identidades que conforman al territorio nacional nos llenan de riqueza simbólica. Hablar sobre el final, sobre lo que sucede cuando dejamos el mundo terrenal, es algo que atraviesa a todas las comunidades.

Crédito: https://redambientalcba.net/

En dialogo con El Resaltador, Fernando Guzmán, investigador e integrante de la comunidad sikiman, pueblo nación kamiare, profundizó sobre la relación de su pueblo con la muerte.

Explicó que los pueblos originarios nunca tuvieron la idea de la propiedad privada, sino de territorios comunitarios, donde el concepto de territorio incluye a lo que es lo concreto y también lo abstracto, lo inmaterial, guardianes, seres mágicos, elementales, y los espíritus.

“Dentro de las ceremonias y ofrendas se convoca a la presencia de algunos para que acompañen, guíen y eleven los rezos. El Kutur (Condor) o los Jotes son los que se elevan más alto y por eso son los encargados de llevar los espiritus cuando dejan este plano terrenal”, relató Guzmán.

Memorias de Ancestros Kakanes

El integrante de la comunidad Sikiman, contó que las Abuelas y Abuelos Kakanes narran que cuando alguien moría se llevaba su cuerpo al cerro en una urna, sin nombre, sin nada, a la que le faltaba la base, para que por ahí los líquidos se vayan.

¿Qué sucedía luego de ese inicio de ritual? Guzmán agregó- siguiendo las historias de sus ancentros- que al año lo llevaban en procesión, abrían la urna y hacían un proceso de descarnado con cal, limpiando la carne pegada a los huesos.

“A la carne que quedaba la enterraban y a los huesos los vestían, les ponían la ropa, los enterraban en cuclillas, como si estuviera en el vientre de la madre, o también acostados como durmiendo, en la misma casa, en la habitación que había vivido”, detalló.

En relación al punto anterior, Fernando explicó que como ya no tenía carne, ni órganos, ya no había mal olor. Esta ida y vuelta con los huesos duraba 3 años.

Cuenta que el primer año era un difunto nuevo, pero al segundo ya se le hacía el despacho, es decir, “se hacía una mesa de difuntos con comidas y cargueros con alas, se le ponía buena ropa, buenos zapatos, por si tenia que ir muy lejos y quería volver, hasta cuando decidiera irse a vivir a las Kakas (altas montañas) y no volver, así ya no hubiera problemas”.

Guzmán dijo que luego de ese despacho se hacía una ceremonia de limpieza y se lavaba todo en la casa.

Se cree que estos muertos vuelven en distintos momentos a hablar con nosotros en sueños, pueden prevenirnos de cosas y auxiliarnos en otras. Sentimos cuando parten, que pronto van a volver a nacer y pedimos que sea entre nosotros, pero sabemos que pueden volver en cualquier espacio”, expresó.

Crédito: https://redambientalcba.net/

Otras culturas impactaron sobre sus rituales

El tiempo del despacho de los espíritus era a principios de Mayo y se marca a orillas de ríos, con morteros ceremoniales, representando el salto hacia el otro lado, del río de estrellas.

“En estos territorios, con la llegada de la invasión europea y las pestes y luego con los crímenes de Estado, para quedarse con las tierras, hubo muertes masivas, fosas comunes, o lugares que funcionaron como cementerios”, señaló Fernando.

Sobre esto último, agregó que la iglesia católica llenó de cruces las cimas de los cerros y de santos o vírgenes, donde se hacían las ceremonias ancestrales, para apoderarse de los lugares sagrados y evangelizarnos.

“Se establecieron santorales en fechas ceremoniales como la del 8 de Diciembre, día de la Virgen del Valle, que celebrábamos desde mucho antes y es nuestra ‘Surumana’ diosa madre de la naturaleza, que aparece en troncos de árboles o piedras y los curas cambiaban por figuras de la virgen”, profundizó Guzmán sobre el impacto negativo de la invasión cultural.

Te puede interesar: “Ventanas abiertas y colchas: ‘es cada vez más difícil enseñar'”

No solo la Iglesia o los conquistadores alteraron los rituales de los pueblos originarios, también lo hicieron los capataces quechuas, en relación a las ceremonias que en tiempos de siembras o cosechas, ofrendas como el de la “Telkara” (Pacha Mama), pasaron a ser pagos al Cuzco.

En relación al párrafo anterior, estas exigencias no contemplaron los vientos, direcciones y animales territoriales generando un desequilibrio en todo el territorio.

“Los Incas incluyeron sacrificios humanos en los cerros más altos para marcar los territorios que querían dominar y muchos confundieron que eramos nosotros los que las realizábamos, pero esto nunca fue así, ya que tanto los diaguitas Kallchaki, como los Chelkos Jerú, kamiares y toda la Confederación kakana, respetan la vida y también respetaban la muerte”, aclaró el especialista.

En esa línea, afirmó que si bien se encontraron niñas y niños llenos de ofrendas, no eran sacrificios sino muertos por la gripe o la viruela.

“El cerro Charalqueta (cerro de la alegría), un canto de vida, fue testigo del salto de un pueblo que no quiso ser esclavo y prefirió saltar hacia su libertad, el cerro pasó a llamarse Colchiqui, que es un canto de lamento, cerro de las lechuzas, que son las que guían el camino de las Almas al despegar de sus cuerpos”, concluyó Fernando.

Compartí la nota