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Jóvenes y Reforma Laboral: ¿Cómo vivimos el mundo del trabajo?

Publicado por:El Resaltador

A pesar de sus medidas regresivas, un sector importante de la juventud no se siente interpelado por la Reforma. Más allá de la apatía, ¿qué cambió en el mercado laboral?

jóvenes y reforma laboral

Por Anouk Rubini

Un sector importante de las y los jóvenes argentinos no se siente interpelado por la Reforma Laboral, ley recientemente ratificada en el Senado y que introduce una serie de modificaciones profundamente regresivas sobre derechos adquiridos.

La reforma, bautizada por el oficialismo como «Ley de Modernización Laboral», nada tiene de moderna: deja fuera de la discusión el trabajo remoto y la irrupción de la Inteligencia Artificial, legaliza la precarización de «prestadores independientes de plataformas tecnológicas» sin reconocer la relación laboral; a la par, retrocede en aspectos como la jornada máxima de 8 horas, el pago de horas extra, restringe el derecho a huelga, sanciona medidas de fuerza y a quienes las ejecuten.

Lo mencionado es solo parte de todo lo que la Reforma Laboral modifica en perjuicio de las y los trabajadores. No obstante la gravedad de la situación, la conducción de la CGT directamente tiró la toalla con las medidas combativas y optó por la vía judicial. Mientras empresas históricas continúan cerrando sus puertas, el rechazo social contra la Reforma careció de fuerza suficiente, cruzando sin pena ni gloria un vacío enorme de representación tanto política como sindical, que pueda canalizar tan agotado y disperso descontento.

El mundo político está jugando con reglas que no son las mismas de fin de siglo, que resquebrajan el consenso democrático a pasos agigantados. El mundo laboral también cambió, y con ello las formas de entender el trabajo, de exigir sus condiciones y de pensarlo en relación a nuestras posibilidades y aspiraciones vitales.

El fin del trabajo en blanco como horizonte: 77% de los jóvenes están en negro

En noviembre de 2025 se publicó un informe titulado “Jóvenes y Trabajo”, de las consultoras Reyes-Filadoro y Enter Comunicación, que sirve como disparador para pensar por qué tantas personas sub 40 no acusan recibo respecto a la Reforma Laboral.

El estudio arrojó un dato más que contundente: sólo el 23% de los jóvenes entre 18 y 35 años tiene un empleo registrado.

En otras palabras el 77% restante no tiene trabajo en blanco: no realiza aportes previsionales, no accede a los beneficios del trabajo formal, no tiene aguinaldo ni vacaciones pagas. Hay una mayoría notable de fuerza laboral joven que percibe el trabajo registrado como algo totalmente ajeno, en algunos casos deseable pero inalcanzable, en otros indiferente o incluso desventajoso.

Por genuino deseo o única posibilidad, muchos jóvenes reivindican el emprendedurismo, el ser «tu propio jefe» y la falta de horarios fijos como rasgos positivos contra la rigidez de un marco legal que durante años no se aggiornó al nuevo escenario (y desgraciadamente, tampoco lo hace con esta reforma).

Atravesamos un ejemplo paradigmático de profecía autocumplida: el mundo se siente constantemente al borde del colapso entre crisis económicas, ambientales y una escalada represiva local y belicista global, y esa sensación paraliza cualquier posibilidad de tomar colectivamente las riendas de nuestro destino. Solo pensar en un orden diferente, post capitalista, está fuera del imaginario colectivo.

Sin embargo, el tan mentado colapso nunca llega. Ahí está lo efectivo de la estrategia. Su clave es mantener la ansiedad y el sentido de un apocalipsis inevitable, precisamente porque son sensaciones desmovilizantes políticamente. Entre el pánico y la resignación dejamos que otros futuros posibles se nos escapan de las manos.

¿Qué potencia tiene en este orden seguir leyendo los conflictos laborales pensando en estructuras del siglo XX? ¿Qué capacidad de interpelación tiene la crisis del sistema previsional, por vaciamiento intencional y baja natalidad, en jóvenes que ni siquiera aportan y que pueden proyectar poco más que el día a día? Planificar nuestra vejez parece una idea no solo lejana sino imposible y hasta absurda.

Solo el 30% de los jóvenes aspiran a un trabajo en blanco

Cada vez son menos los jóvenes argentinos que aspiran a una carrera estable, escalonada, con sueldo fijo y previsibilidad, para empezar porque esas oportunidades son muy pocas.

En algunas provincias, es el sector público la única manera de obtener un puesto con estas características, aunque resignando una buena remuneración.

El informe «Jóvenes y Trabajo» proporciona un dato revelador: ante la pregunta por el «trabajo ideal», sólo el 30% de las personas jóvenes aspiran a un empleo en blanco. La mayoría de los encuestados prefiere esquemas flexibles, híbridos o remotos y pone en el centro de sus preocupaciones el equilibrio entre la vida personal y el empleo.

Cobra protagonismo el trabajo en plataformas, aunque es un arma de doble filo: sin jefe, organización sindical ni presencialidad, es una opción que se presenta como «libre» pero que esconde otras formas de explotación: la ausencia de derechos laborales, la lucha contra el algoritmo, la extensión de las jornadas de trabajo que capilarmente invaden otras dimensiones de nuestras vidas, la imposibilidad de pensarse como «trabajador» en el sentido colectivo de la experiencia. Ser un prestador de servicios deslocalizado de todo tiempo, geografía y relaciones laborales reconocidas tiene sus propias desventajas.

El capital hoy se ve mucho mejor representado en flujos globales desterritorializados y digitales que en grandes fábricas. El mundo laboral no se organiza como en el siglo pasado: ya no siempre podemos hablar de vínculos claros entre empleadores y empleados, lugares de trabajo establecidos, compañeros y jornadas. Necesariamente han de cambiar también las formas de organización y reclamo por derechos, así como el lugar que ocupa el Estado dirimiendo esas relaciones.

Por qué a los jóvenes debería importarnos la Reforma Laboral

Más allá de que el trabajo en blanco no sea la figura más representativa de este sector etario, sigue siendo una vara en relación a la que medimos otras posiciones laborales.

La situación de quienes trabajan en variados niveles de informalidad ha sido históricamente más vulnerable, por carecer de aquel marco de protección legal que constituye el mejor rasgo del trabajo en blanco (más allá del monto de remuneración). Si las condiciones del trabajo formal se degradan, ¿qué le queda al resto de las y los trabajadores?

En el caso de, por ejemplo, los miles de jóvenes que trabajan en plataformas digitales, la Reforma Laboral hizo que pasaran de ser invisibles a formalizar su precarización, como autónomos explícitamente fuera de la Ley de Contrato de Trabajo. El Estado reconoce que esta forma de trabajo existe, pero no reconoce su obligación y responsabilidad de amparar a esos trabajadores.

Si millones de personas viven su actividad laboral de forma desvinculada y global la respuesta no puede ser protección para unos pocos y vacío para el resto, o igualar la cancha para abajo empeorando la situación del registrado, ni menos aún hacer ley el abandono.

¿Qué Reforma Laboral nos hace falta?

A muchos jóvenes no les interpela la Reforma Laboral porque habla de un mundo al que no tienen ni tendrán acceso. La transformación que necesitamos no es la que obtuvimos, sino una que reformule el contrato social extendiendo derechos laborales más allá de la relación de dependencia, que incluya y comprenda las nuevas formas de trabajo, que aborde de lleno los desafíos que introduce la digitalidad. Que estimule una genuina generación de empleo, se replantee el sistema jubilatorio y que en lugar de fingir ignorancia sobre los motivos detrás de la baja natalidad, genere las condiciones para que la vida sea vivible.

Otras formas de organizar el trabajo ponen el desarrollo personal y en sociedad en el centro: desde la implementación de jornadas de cuatro días hasta la reducción de la carga horaria diaria, vacaciones más extensas, licencias de paternidad coherentes con el cuidado de un hijo, salarios mínimos que permiten cubrir las necesidades básicas, impuestos a los súper ricos para una distribución más justa de la riqueza, por mencionar solo algunas disposiciones que han probado su éxito sin siquiera una disminución de la productividad.

Más que nunca es urgente preguntarnos para qué y para quiénes trabajamos. La distribución de la riqueza se concentra cada vez más en un ínfimo grupo de multimillonarios. El tiempo de vida es lo único que tenemos y dejamos una gran porción trabajando: ¿quiénes se llevan las ganancias que generamos, los frutos de ese sacrificio? Necesitamos una reforma laboral, sí. Una que redireccione el propósito del trabajo hacia el buen vivir. Contra todo relato fatalista, aún no hemos muerto y otros futuros son posibles: solo nosotros podemos llevarlos a cabo.

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