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Un 12 de julio de 1780 nacía Juana Azurduy, flor del Alto Perú

Un 12 de julio de 1780 nacía Juana Azurduy, flor del Alto Perú

Mujer rebelde y comprometida con la revolución, Juana Azurduy es una de las tantas invisibilizadas por la historiografía patriarcal. La amazona de la libertad tuvo un papel fundamental en las guerras por la independencia del Alto Perú –Simón Bolívar llegó a nombrarla teniente coronel–, pero aun así murió en la indigencia. En el aniversario de su nacimiento, un 12 de julio de 1780, conmemoramos el Día de la Confraternidad Argentino-Boliviana.

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Nace una flor

Juana Azurduy nació en Toroca, poblado ubicado en la Intendencia de Potosí del Virreinato del Río de la Plata, hoy departamento de Potosí, actual Bolivia-, el 12 de julio de 1780. Sus padres fueron don Matías Azurduy, un rico blanco dueño de muchas propiedades y doña Eula­lia Bermudes, una chola de Chuquisaca.

Creció y se educó en Chuquisaca, una población contigua tradicionalmente conservadora. Según cuenta la historiadora María Paula García en su libro Libertadoras de la Patria Grande, allí estuvo expuesta a un verdadero hervidero, donde el deseo de libertad política y social ya se encontraba en plena ebullición.

A sus siete años, ella y sus hermanas quedaron huérfanas. Una vez bajo tutela de sus tíos, el intento por enviarla a un convento fracasó: en su adolescencia, su comportamiento rebelde le significó la expulsión. Las reuniones clandestinas que organizaba junto a otras internas para aprender sobre la vida de Tupac Amaru, fue uno de los principales motivos.

Ya había leído a Voltaire y Rousseau cuando conoció a Manuel Padilla en 1805. Junto a él, fortaleció sus ideas republicanas, la lucha por la libertad y la confraternidad. Después de casarse, participaron juntos de la Revolución de Chuquisaca en 1809. Si bien el célebre levantamiento popular logró destituir al presidente de la Real Audiencia de Charcas, finalmente fue sofocado. Todas las propiedades de la pareja fueron confiscadas, y Juana y sus cuatro hijos, apresados. Aunque Padilla logró rescatarlos, la familia entera debió refugiarse en las alturas de Tarabuco, al calor de la revolución.

El matrimonio no dudó en unirse a los ejércitos populares, donde Juana comenzó a desarrollar una impecable técnica de combate con el sable, que la hizo destacar en las múltiples batallas en las que participó.

Poniendo el cuerpo en la batalla

Tanto en el frente como en la logística, fueron muchas las mujeres que participaron en los ejércitos durante la guerra gaucha. Fundamentalmente, eran afrodescendientes y mujeres originarias. Mientras que algunas asumían tareas más tradicionales de espionaje y operaciones políticas, otras, como Juana, organizaban batallones y comandaban tropas patrióticas.

Luego de la Revolución de Mayo, Juana y Padilla se unieron al Ejército Auxiliar del Norte enviado desde Buenos Aires y lograron reclutar una milicia de diez mil soldados, con quienes libraron distintas cruzadas que contribuyeron a la independencia de Perú y Bolivia.. Los triunfos le valieron el reconocimiento como teniente coronel.  

Sin embargo, en un intento por salvarla de una bala, Padilla fue herido de muerte en 1816. Espada en mano, Juana debió robar la cabeza de su marido de la plaza de La Laguna, donde había sido expuesta por el ejército realista.

La flor del Alto Perú siguió combatiendo bajo las órdenes del militar durante varios años, hasta que se vio reducida a la indigencia. Al igual que muchos próceres regionales libertadores de la patria, Juana murió en el olvido, sin ninguna reivindicación acorde a la gesta que había protagonizado.

En una carta que envió a la coronela Manuela Sáenz, ella misma relataba las angustias y dolores producto de una vida cruenta: “Llegar a esta edad con las privaciones que me siguen como sombra, no ha sido fácil; y no puedo ocultarle mi tristeza cuando compruebo como los chapetones contra los que guerreamos en la revolución, hoy forman parte de la compañía de nuestro padre Bolívar”.

Aun cuando Simón Bolívar la visitó, le dio una pensión y le otorgó el grado de coronel por los servicios prestados a la libertad de América, Juana fue enterrada en una fosa común. Casi un siglo después, su cuerpo fue exhumado y pasó a un mausoleo en Sucre, donde fue homenajeada por los presidentes de Argentina y Bolivia, quienes instauraron en honor de su natalicio el Día de la Confraternidad Argentina-Boliviana.

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