Reflexiones de un comunicador trans no binario sobre cómo el lenguaje de los medios locales alimenta las lógicas que matan y cómo el incumplimiento de la Ley de Identidad de Género se convierte en complicidad estatal y mediática para la re-normalizacion de la muerte trans.

Por: Manuel Nomikarios – Comunicador Trans Social
No escribo hace tiempo. No escribo porque me espanto. Hoy por ese espanto escribo, escribo desde la profesión, el espanto y el cuerpo . Un cuerpo trans no binario que, como el de Vica, habita este suelo cordobés que se pretende «inclusivo» pero funciona como laboratorio de la segregación.
Escribo para denunciar que mientras el cuerpo de unx compañerx es violentado en la calle, en las redes, en los stream de noticias, en las “columnas de especialistas”, mientras Vica se desmenuza ahí afuera en tiempo real; en las redacciones de nuestra provincia se comete un segundo acto de consensuada violencia: el borramiento simbólico a través de la “correcta” gramática del odio.
I. La Taxidermia del Relato
Para Preciado, el género no es un dato biológico, sino una tecnología de control, una prótesis semántica que el periodismo —actuando como cirujano del régimen— intenta suturar a la fuerza sobre cuerpos que ya han decidido ser libres. En las redacciones digitales de Córdoba, esa tecnología se ha vuelto un artefacto de domesticación que estalla cada vez que una identidad como la de Vica se nombra a sí misma, reclamando un territorio que ninguna crónica policial podrá jamás colonizar.
Cuando un medio decide titular usando el nombre “registrado” de una persona disidente, o se graban columnas de opinión masculinizando los restos simbólicos de Vica, en nombre de la “corrección semántica” y la “información objetiva”, los comunicadores no están informando: están realizando una autopsia política, taxidermica y epistemica para devolver el cuerpo de Vica al orden binario que desafió en vida, vaciarlo de sus propios sentidos y rellenarlo con lo que suponen ese cuerpo les estaba debiendo.
La narrativa mediática es el intento desesperado del sistema por «corregir» la disidencia incluso en la muerte. Hoy el asesinato de Vica no es tratado como un crimen de odio, sino como un documento que debe ser «leído» de cierta forma para que el orden social no se altere, intentando arrebatarle a Vica una vez mas, su derecho a producir verdad sobre su propia vida.
Esta violencia no nace en la escena del crimen, ni en las oficinas de los medios provinciales de la docta; se gesta en el silencio de nuestras calles y en las maquinarias transodiantes que organizan los discursos oficiales. Se vive acá, en el aula de un colegio secundario donde un docente sentencia ‘parecés una nena’ frente a la risa cómplice de la clase; en la oficina pública que se detiene porque ‘el sistema no admite tu identidad’, recordándote que para la administración local tu existencia es un error de registro. Se inscribe en el curriculum vitae cuando buscás trabajo y el aviso pide personal ‘femenino/masculino’, obligándote a apostar en la ruleta de la violencia: o tu derecho al pan o tu derecho a la identidad. Son estas micro-violencias soberanas las que nutren las narrativas de odio que luego los medios, por omisión o convicción, terminan de validar para que una mañana cualquiera como tantas otras, desayunemos con la cara de unx compañerx más muertx en manos de la violencia transodiante.
II. Necropolítica y Discurso Nacional
Asistimos a un cambio de paradigma brutal. Lo que antes era un código de ética construido de abajo hacia arriba, de la lucha colectiva hacia las oficinas, hoy es desmantelado por una retórica nacional que señala a la identidad de género como un «enemigo ideológico».
Cuando un colega decide ignorar la Ley 26.743 que tantísimas vidas nos costo conseguir, no está ejerciendo su «libertad de expresión»; está operando como un engranaje de la necropolítica.
Si la jerarquía política deshumaniza la diferencia, el comunicador que replica esa lógica se convierte en un operario del odio. La noticia «mal contada» es la validación social que le asegura al agresor que su odio es, en el fondo, compartido por el sentido común.
No respetar la identidad de Vica es decirle al resto de la sociedad que nuestras vidas son negociables, que nuestra existencia es un error gramatical que puede ser borrado de un plumazo o de un titular.
III. El Imperativo Ético: Comunicar la Insurrección
El periodismo de nuestra provincia debe dejar de ser el notario de la muerte trans y empezar a ser el inquisidor de la norma. Hacer caso omiso a la identidad de género es una violación a los derechos conquistados y un retroceso democrático imperdonable. La pregunta que cada colega frente al monitor debería hacerse antes de publicar es: ¿Estoy honrando la verdad de esa vida o estoy escribiendo el prólogo de la próxima muerte?
Y si no se sienten capacitados para ello, y si son de “otras épocas”, o les cuesta “aggiornarse a tantos cambios”, si su propia singularidad es el obstáculo para el ejercicio ético de su profesión, hagan lugar señores!
Despues de todo, no era una exageración hablar de perspectiva de genero en las universidades, no es un capricho batallar hasta el cansancio por la inclusión de voces disidentes en los medios de comunicación, los centros de salud, las fiscalías, las escuelas, los clubes de deportes, los estudios de arquitectura y de abogados.
No da lo mismo, nuestras vidas y sus crónicas, no son lo mismo.
La comunicación social es una herramienta de transformación Y un arma de opresión. A Vica le quitaron la vida una vez; no permitamos que la negligencia de nuestra profesión le quite su identidad por segunda vez. Quienes habitamos la profesión desde la perspectiva del cruce, quienes existimos y sobre-vivimos de este lado de las carátulas policiales, exigimos un periodismo que no sea cómplice, una palabra que no sea tumba, y una mirada que, por fin, se atreva a reconocer que la identidad no es una concesión del poder, sino la trinchera innegociable de nuestra libertad.

