En la Patagonia, la resistencia del pueblo nación mapuche no se limita a las comunidades tradicionales. Muchos viven en ciudades y desde allí mantienen viva su identidad, su lengua y sus saberes ancestrales. Mientras enfrentan invisibilización y presión institucional, quienes permanecen en el territorio lidian con desalojos, judicializaciones y la explotación de sus recursos.

En la Patagonia, hablar de comunidades mapuche es reducir un pueblo a un concepto simplificado y reduccionista. Betiana, activista mapuche y educadora popular, insiste en aclararlo desde el inicio: “Yo soy parte del pueblo nación mapuche».
«No somos solo comunidades aisladas, somos un pueblo originario con historia, lengua y territorio”. Su voz se eleva con firmeza contra décadas de invisibilización histórica.
Betiana nació y creció en Wallmapu, el territorio ancestral mapuche que hoy se extiende entre Argentina y Chile. No reside dentro de lo que los sistemas estatales reconocen como comunidades, sino en ciudades de la región, donde una gran parte de la población mapuche vive dispersa. Esta dispersión no es una elección, sino la consecuencia de procesos históricos de despojo y genocidio. La mal llamada «Conquista del Desierto».
“La base de nuestra organización social siempre fue comunitaria”, explica Betiana. Sin embargo, el avance estatal fragmentó la vida en comunidad, obligando a muchas familias a adaptarse a nuevas formas de existencia urbana y a asumir identidades que les eran impuestas. “Quienes lograron mantener la vida comunitaria lo hicieron en territorios hostiles. Pero eso no quiere decir que quienes vivimos en la ciudad seamos menos mapuche”, aclara.
Hoy, una gran parte del pueblo mapuche vive en ciudades patagónicas. Allí enfrentan un doble desafío: mantener su identidad cultural mientras lidian con un sistema educativo, de salud y social que no siempre reconoce sus derechos. Betiana destaca que la vida urbana no borra la pertenencia: “Estamos recuperando el mapudungun, nuestra lengua, y construyendo espacios de resistencia en la ciudad. Nuestra identidad no desapareció; estamos reivindicándonos”.
La urbanidad, un espacio de resistencia
Esta experiencia urbana también implica una reconstrucción del tejido social y cultural. Betiana organiza talleres de lengua, educación intercultural y conocimiento ancestral, para niñeces y adultos. “No todos tenemos un territorio físico al que volver, pero sí tenemos la posibilidad de vivir nuestra cultura en la ciudad, de transmitirla y sostenerla. La urbanidad también es un espacio de resistencia mapuche”, explica.
El contexto político y social actual agrega otra cuota de complejidad. Betiana denuncia que la situación de vulnerabilidad histórica del pueblo mapuche se profundiza con las políticas de recorte y represión implementadas por distintos gobiernos, incluido el de Javier Milei. “El retroceso en derechos afecta a toda la población, pero a nosotros en mayor escala: salud, educación, territorialidad, todo está en riesgo”, dice. Recuerda también los procesos violentos durante el gobierno de Alberto Fernández, cuando hubo presas políticas mapuche y judicializaciones por la defensa de los territorios.
Entre los casos más urgentes se encuentra el de la machi Betiana Colhuan Nahuel, quien enfrenta una judicialización por defender su rehue, el espacio espiritual y comunitario. Similarmente, comunidades en Villa La Angostura y Neuquén sufren desalojos, cortes de servicios básicos y la amenaza constante de la explotación extractiva de recursos, como el fracking y el aprovechamiento del Mari Menuco. “Estamos defendiendo nuestro territorio, nuestra agua y nuestra vida frente a políticas que despojan y criminalizan”, afirma Betiana.
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Además, el cambio climático y los impactos ambientales agravan la situación. Incendios, sequías y contaminación del agua afectan la vida cotidiana de las comunidades y de quienes viven en el territorio ancestral disperso.
Vida que brota
A pesar de la adversidad, la esperanza persiste. “Somos un pueblo luchador. Seguimos vivos, seguimos brotando, y estamos reconstruyendo nuestra vida mapuche desde distintos lugares y estrategias. La invisibilización histórica no nos define; nuestra identidad sigue viva”.
La historia del pueblo mapuche en la Patagonia es también la historia de la reconstrucción cultural urbana: de personas que, pese a vivir fuera de las comunidades tradicionales, mantienen su lengua, sus saberes, sus ceremonias y su identidad.
La experiencia urbana es un acto de resistencia silenciosa y colectiva, que complementa la defensa territorial. Betiana encarna esa lucha y nos recuerda que un pueblo nación no se reduce a comunidades dispersas: sobrevive, resiste y se reivindica.

