Una cumbre histórica luego de una derrota que EE.UU. todavía no digiere. ¿Por qué el viaje China? Dialogamos con Ignacio Michel, licenciado en Relaciones Internacionales, especialista en Estudios Chinos.

La última vez que una gran delegación estadounidense desembarcó en China, Donald Trump también presidía la potencia norteamericana. Era otro mundo. Corría el año 2017 y el gigante asiático todavía miraba desde un escalón abajo varios rubros estratégicos de la economía global.
Casi una década después, los CEO’s del imperio estadounidense llegaron a Pekín a sentarse con sus competidores directos. El mapa cambió y ahora China domina varios estamentos del mercado mundial.
En el Gran Palacio del Pueblo se habló de Tucídides y también se citó a Lao Tse:
«El que vence a los otros es fuerte; el que se vence a sí mismo es poderoso», le dijo Xi Ping a Trump.
En diálogo con este medio, el analista Ignacio Michel asegura que se trata de la cumbre más importante de las últimas décadas.
Más allá de los acuerdos comerciales concretos, Pekín logró un propósito largamente perseguido: forzar a Washington a mirarla de igual a igual.

Antes que todo: ¿Por qué ya no se habla de Irán?
Antes de arrancar, repasemos cómo llega Estados Unidos a esta cumbre. No es menor. Marzo 2026. Por pedido de Israel, Donald Trump -aún con la negativa de algunos socios republicanos- decide comenzar una guerra contra Irán. En doce días, EE..UU asesina a la máxima autoridad política y religiosa iraní, a parte de su dirigencia política gobernante, bombardea una escuela con 146 niñas y ataca la infraestructura crítica iraní, no sin la ayuda del Reino Unido y obviamente la entidad sionista.
Irán, civilización con herencia milenaria, preparado hace décadas para esta guerra, ataca a todas las bases yanquis en Oriente Próximo, vulnera las defensas que los yanquis les aseguraron a las monarquías petroleras árabes como Arabia, Qatar, Emiratos, Bahréin, etc, y defiende el Estrecho de Ormuz a rajatabla. Una defensa que para traerla a estas tierras, podría ser comparable con la Guerra del Paraná hace dos siglos atrás.

Días después, se acuerda la paz tras la negativa iraní de ceder en puntos cruciales. Estados Unidos retrocede en su ofensiva; Israel tensiona hasta donde puede, pero la perseverante defensa persa, que no solo demostró un poderío militar subestimado, sino el amor soberano de su gente haciendo cordones humanos sobre infraestructura estratégica, logra imponerse.
No lo van a aceptar, mucho menos comunicar como tal en estos lugares de la tierra. Pero Estados Unidos se comió una derrota humillante que la historia, ojalá, mañana ponga en su justo lugar. Y si no lo hace, la realidad geopolítica se va a explicar en gran parte por estos primeros meses de 2026.
Lo dicho hasta aquí no es determinante. La realidad geopolítica actual es dinámica. Israel no va a dejar las cosas así y es probable que vuelva a presionar a Trump para nuevas amenazas y, porque no, ataques a Irán.
Pero volvamos al objetivo de esta nota. Desentrañar los cambios visibles y no tan visibles de la histórica cumbre sino-estadounidense.

De visitante
La delegación norteamericana arribó a Pekín en condiciones poco habituales para su diplomacia. Trump arribó al aeropuerto visitante y no fue recibido por Xi. El magnate, investigado por pedofilia, viajó acompañado por una veintena de los máximos directivos empresariales de su país. Los líderes corporativos de firmas de peso global debieron sentarse frente a sus pares de la potencia asiática.
«Trump viaja a China en un momento muy particular, posteriormente a la guerra que inició junto con Israel contra Irán. No lo hace desde un lugar victorioso. Por más que la narrativa norteamericana intenta instalar eso en el propio Estados Unidos y en la opinión global, la impresión no es que hayan vencido. Todo lo contrario», advierte Ignacio Michel.

Por otra parte, en sintonía con Michel, el analista Gabriel Merino remarca un quiebre en las directrices económicas de la Casa Blanca previo al viaje a China.
Washington abandonó los planes de retornar las industrias a su territorio nacional, advierte el especialista. También quedaron de lado las intenciones de desacoplar los sectores tecnológicos de la producción china.
El presidente estadounidense realizó una solicitud directa a Xi Jinping para que permita el libre funcionamiento de las corporaciones norteamericanas en suelo oriental. Para Merino esto es clave:
«Con este viaje, Trump decretó el fracaso de EE.UU. en la guerra comercial y tecnológica que él mismo inició en 2018, luego profundizó Biden en su aspecto tecnológico en 2022 (Ley de Chips) y finalmente escaló Trump en la dimensión comercial en 2025. El verdadero núcleo de poder de EE.UU., representado en esas grandes compañías transnacionales, reconoce que no pudo frenar al gigante asiático en su ascenso económico y tecnológico. Ahora, negocia el establecimiento de una nueva relación. Saben que no pueden estar fuera de China para tener competitividad mundial. La competencia estratégica se desarrolla en un marco de cooperación necesaria (en su sentido estructural) e interdependencia sistémica», señala Merino.

¿El tecnocapitalismo copa la agenda?
La comitiva incluyó a los directores ejecutivos de firmas de la magnitud de Tesla, Nvidia, Apple, Blackrock, Citi, Boeing, Qualcomm, GE Aerospace, Cargill, Micron y Blackstone. En el viaje de 2017, el agro y la megaminería tenía más lugar
El diseño formal de los encuentros evidenció la nueva paridad de condiciones entre ambos Estados. Los organizadores distribuyeron los asientos de la cena oficial de manera estratégica. El director ejecutivo de Apple compartió espacio con la máxima autoridad de Huawei. El titular de Tesla ocupó la misma mesa con el representante de la firma automotriz BYD. La disposición protocolar funcionó como una manifestación de poder por parte del gobierno local.
Ignacio Michel resalta la importancia de la nueva modalidad de interacción propuesta por la conducción de Xi Jinping. El especialista define la cumbre como un espacio de reconocimiento mutuo entre potencias soberanas sin subordinación.
«China con todos estos años buscó este momento. El reconocimiento del oponente. Un reconocimiento de parte de Estados Unidos que China es la potencia con la que tiene que discutir», afirma Michel.
El especialista advierte que el mandatario estadounidense validó esta posición al referirse al vínculo bilateral en términos de paridad. En este sentido, China consolida de esta manera una meta estratégica construida durante años de crecimiento y desarrollo económico, variables que en este lado del planeta suelen estar desacopladas.

¿Histórico cambio de postura de EE.UU. con Taiwán?
Donald Trump optó por un enfoque ciertamente pragmático con respecto a un tema crucial en China: Taiwán. Sugiriendo que el apoyo militar a Taipéi podría estar supeditado a las negociaciones bilaterales con el gobierno de Xi Jinping, el magnate confirmó que mantiene «en suspenso» una venta de armas a Taiwán valorada en 14.000 millones de dólares.
En claro contraste, el secretario de Estado, Marco Rubio, asumió el rol de garante del orden diplomático tradicional de los EE.UU.. Advirtió explícitamente que un intento de unificación por la fuerza o mediante coerción económica constituiría un «error terrible» con repercusiones globales.
La contraparte china, por su parte, mantuvo una línea inflexible durante los encuentros.
El presidente Xi Jinping advirtió formalmente a la comitiva estadounidense que cualquier desvío en el principio de «una sola China» o un mal manejo de la cuestión de Taiwán podría provocar choques directos que pondrían en grave peligro la estabilidad de toda la relación bilateral.
En este tema, el desenlace de la cumbre deja un escenario complejo que sin embargo exhibe una posición estadounidense debilitada. Tambien aquí China se anota una victoria relativa. En Taipéi nadie festeja.
*Foto de portada: El presidente Donald Trump posa junto al presidente chino Xi Jinping en el Templo del Cielo en Pekín, el 14 de mayo de 2026. Foto: Gobierno de la República Popular de China.

