A un mes del bombardeo estadounidense sobre Venezuela y el secuestro del Presidente Maduro y la “Primera Combatiente” Cilia Flores, conversamos con el sociólogo e investigador del CONICET, Gabriel Merino, quien nos ayuda a pensar los desafíos y oportunidades de un mundo en desorden global y en permanente transición geopolítica.

Hace un mes, el mundo amanecía con una noticia infame que marcaba un precedente histórico: Estados Unidos se convertía en el primer Estado en bombardear una capital sudamericana y secuestrar a sus máximas autoridades.
El 3 de enero de 2026, Venezuela y el chavismo sufrieron una agresión que trascendió la mera intervención militar; este funcionó como el acto bélico inaugural de una renovada Doctrina Monroe encabezada por Trump.
Aquella calurosa madrugada, las bombas instalaron por la fuerza una nueva y violenta etapa en la historia americana del siglo XXI, donde el control territorial y el descabezamiento político enterraron a las presiones económicas y a cualquier atisbo de diplomacia.
Tan rápido como los festejos de ciertos sectores venezolanos en el exterior, llegaron los análisis que sugerían una «repartija» del mundo en zonas de influencia entre los tres grandes: China, EE. UU. y Rusia. Estas lecturas apresuradas equiparaban a Taiwán, Ucrania y Venezuela como platos en un banquete de consenso entre potencias, sintetizados en el meme que verán a continuación.
Para muchos, hay un nuevo orden mundial en juego donde incluso las normas internacionales no son más que simple cotillón.
Pero ¿Qué lectura podemos hacer desde uno de los confines geopolíticos de la tierra? ¿Acaso desde Argentina realmente podemos tener categorías propias para comprender mejor la realidad del vecindario o nos limitamos a entender el mundo todavía desde ópticas foráneas?

Soberanía cognitiva, caos sistémico y ¿transición sin fin?
Venezuela cumple 30 días sin presidente, tras una operación que dejó más de 100 muertos en las ciudades bombardeadas. A esto se suman los cientos de latinos caídos en aguas caribeñas bajo el fuego de la Armada de EE..UU. en sus operaciones contra el «narcoterrorismo». ¿Es este un escenario de guerra híbrida en pleno corazón del continente?
Para Gabriel Merino, Dr. en Ciencias Sociales, Lic. en Sociología e Investigador Adjunto del CONICET, no estamos ante un nuevo orden, sino ante un desorden global donde las guerras híbridas se multiplican y la transición sistémica sigue en disputa.
Merino estudia hace años las nuevas configuraciones mundiales atravesadas centralmente por el avance chino y el declive estadounidense. Lo hace desde una perspectiva situada; se sabe parado en lo que define como la «periferia del Occidente geopolítico». Desde ese lugar analiza y se propone nombrar la realidad con los ojos arraigados a la tierra que camina, casi un ejercicio de cartografía propia en mapas muchas veces diseñados por otros.
Esta postura rescata una tradición fundamental del pensamiento estratégico argentino. Ya a comienzos de los convulsionados años treinta del siglo pasado, un tal Arturo Jauretche advertía la imperiosa necesidad de una mirada propia. Su tesis sigue vigente; resulta imposible construir una nación soberana utilizando los «anteojos» que imponen los centros de poder. Para Jauretche, la «colonización pedagógica» era el primer eslabón de la cadena; para Merino, quien recoge el guante de esta tradición, la «soberanía cognitiva» es una tarea clave, más no urgente si queremos comprender y actuar en el siglo XXI.
«Hay que entender que ese «Occidente» es solo el 15% de la población mundial. Y también que es en estos momentos de transiciones geopolíticas donde las periferias tienen oportunidades», sintetiza el investigador.
Para construir una «soberanía cognitiva», primero, es necesario reconocer que no somos parte del «Occidente geopolítico», sino su periferia. Pensar con categorías importadas solo conduce a diagnósticos errados sobre lo que ocurre en el 85% restante del mundo que no es Europa ni Estados Unidos.

El «Corolario Trump», desafíos y oportunidades
El bombardeo sobre Venezuela es un punto de inflexión de un proceso que ya venía madurando, entiende Gabriel; y lo define como la consolidación de la Guerra Mundial Híbrida y Fragmentada en dicha zona de Latinoamérica, un concepto que desarrolla en sus últimas publicaciones. Ya no se trata de una guerra convencional de ejércitos frente a frente, sino de un despliegue multiforme que combina sanciones económicas, ciberataques, manipulación informativa y, también la intervención militar directa.
«Venezuela venía siendo el foco central de esta guerra mundial híbrida desde 2016 o 2017, pero esto ya es otra instancia, acá hay un antes y un después», advierte.
Merino conecta este «antes y después» con antecedentes inmediatos de intervención que ya habían erosionado la soberanía regional en la renovada era Trump.
«Ya lo vimos con las intervenciones en las elecciones de Argentina y de Honduras; hay una injerencia directa y sin tapujos», explica Merino. En Venezuela la máscara del imperialismo estadounidense ha caído por completo: el control de los recursos naturales se admite como el objetivo principal, sin la necesidad de utilizar excusas democráticas, ni siquiera el desgastado argumento del «Clan de los Soles».
La avanzada estadounidense en Venezuela y Latinoamérica pone a la región frente a un dilema crucial: caracterizarse definitivamente como «patio trasero», tal como prefieren gobiernos como el argentino; aceptar una subordinación negociada, o construir una estrategia nacional de desarrollo articulada regionalmente.
«Al primer ciclo nacional-popular de este siglo le faltó unidad y profundidad estratégica», reflexiona. Para el sociologo es necesario consolidar estructuras como un Banco del Sur o una moneda común que permitan regionalizar cadenas de valor y no solo vender materias primas a los centros industriales del Norte o de Asia.
En este tablero, el rol de China aparece como un factor de «asimetría positiva» frente a la dominación de Estados Unidos. Merino destaca que, a diferencia del garrote militar de Washington, Pekín ofrece «zanahorias» económicas: inversiones en infraestructura y compras masivas sin imponer golpes de Estado ni recetas políticas.
«Con China vas a crecer, aunque sea de forma dependiente, porque ellos necesitan desarrollar fuerzas productivas y comprar insumos», explica el investigador.
Sin embargo, el riesgo de una «neodependencia» con Asia sigue latente si no se construye una estrategia regional.
Para tener envergadura de potencia emergente, es vital la articulación de un eje entre Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Bolivia. Solo desde esa plataforma de la Cuenca del Plata se puede vertebrar una Sudamérica con capacidad de negociación frente a las potencias continentales. Lo mismo con Chile de cara al Atlántico Sur, como en esta nota detallan Jorge Berredo y Edgar Calandin, generales retirados, ex Comandante Operacional de las FFAA y ex Comandante Antártico.
A pesar del bombardeo y la gravedad del presente, Merino concluye que estamos ante una «oportunidad histórica» nacida del propio desorden mundial. Tal como ocurrió durante las Guerras Napoleónicas o las «Guerras Mundiales», los momentos de caos sistémico permiten a las periferias romper sus cadenas, como se dijo anteriormente. «Es el momento en que el tablero se rompe y permite a naciones subordinadas dar un salto».

«Internacionalismo Soberano»: ¿la respuesta de los emergentes?
Frente al avance del «internacionalismo globalista» de Occidente —que Merino define como una estatalidad impuesta para subordinar a las naciones—, surge el «internacionalismo soberano». Los actores emergentes, con China, Rusia, e India a la cabeza (entre otros), están proponiendo reglas de juego que, aunque les convienen por intereses propios, buscan la coexistencia pacífica, el beneficio mutuo y respetan la integridad territorial, diferencia sustancial con respecto al mismo EE.UU., y/o a las potencias europeas.
En esta disputa, los actores antes nombrados no buscan simplemente reemplazar a una potencia por otra, sino proponer una filosofía política distinta: el internacionalismo soberano.
Merino es enfático en la diferencia con el modelo previo: «A diferencia del internacionalismo globalista, que construye instituciones multilaterales desde el poder occidental para imponer una estatalidad a los factores subordinados, el internacionalismo soberano busca construir reglas que refuercen la soberanía de los Estados».
En este esquema, los Estados no son meras «poleas de transmisión» de intereses globales, sino actores con capacidad de decisión propia.
Un ejemplo concreto de este cambio de paradigma es el Banco de Desarrollo de los BRICS. Merino destaca que, a diferencia del FMI o el Banco Mundial, esta institución «no te impone una política ni una receta de lo que tenés que hacer en términos económicos»
«Es un principio que incluso ordena la competencia o las rivalidades entre los propios emergentes, como entre India y China. No es una cuestión de ‘qué lindo el mundo’, lo hacen porque les conviene para aguantar el declive agresivo de Estados Unidos, que no se quiere acomodar a la nueva situación de fuerza», explica el analista.

Las «Líneas Rojas» y la falacia de la comparación con Venezuela
Uno de los puntos más agudos del análisis de Merino es su rechazo a comparar la situación de Venezuela con los conflictos en Ucrania o Taiwán. Según el sociólogo, en Europa y Asia existen «líneas rojas» vinculadas a identidades fracturadas y herencias de guerras civiles que no aplican al territorio sudamericano.
En Ucrania y Taiwán existen disputas territoriales e identitarias históricas (como la presencia de la Séptima Flota de EE. UU. protegiendo al Kuomintang en Taiwán o la fractura lingüística y religiosa en Ucrania). Allí, Rusia y China marcan límites de seguridad nacional frente a lo que consideran una «expansión de facto» de la OTAN o de Occidente en sus fronteras.
«Venezuela no tiene nada que ver», sentencia Merino. No hay una fractura étnica o lingüística donde la mitad de la población se sienta estadounidense. «Venezuela es un país soberano de América del Sur donde claramente sobre la mesa está el petróleo y el oro. No hay un conflicto de identidades o una herencia de la Unión Soviética; hay una intención de subordinar a la región por la fuerza»».
Bajo esta luz, el bombardeo a Caracas y el secuestro de sus líderes se lee como el último intento de Washington por imponer, mediante la violencia física, un modelo de dominación que ya no puede sostener mediante el consenso económico o la diplomacia multilateral.

(*) Gabriel Merino es Dr. en Ciencias Sociales y Lic. en Sociología. Investigador Adjunto del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET-Argentina), con lugar de trabajo Instituto de Investigación en Humanidades y Ciencias Sociales (IdIHCS) de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) ?en el Centro de Investigaciones Socio Históricas (CISH) y en el Centro de Investigaciones Geográficas (CIG). Profesor Adjunto de la UNLP en las cátedras de «Identidad, Estado y Sociedad en Argentina y América Latina» y «Geografía de Europa y Rusia» y profesor Adjunto invitado de la Universidad Nacional de Mar del Plata (UNMDP) en la cátedra «Estado y Políticas Públicas». Director del proyecto de Investigación y Desarrollo: «Transición histórica-espacial del sistema mundial y América Latina», radicado en CIG-IdIHCS-UNLP. Coordinador del Departamento de Eurasia del Instituto de Relaciones Internacionales (IRI). Co-coordinador del grupo de trabajo de CLACSO «China y el mapa del poder mundial». Profesor de posgrado en distintas universidades de las materias «Crisis de hegemonía y geopolítica mundial: procesos políticos latinoamericanos, integración y estado.», «Geopolítica y Desarrollo», «Análisis de la Geopolítica Mundial y Latinoamericana en el Siglo XXI», «Eurasia y la transición histórico-espacial contemporánea», «China en la Geopolítica Mundial», entre otras.

