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Los ambientes periglaciares, el gran ausente del debate ambiental argentino

Publicado por:Agustina Bortolon

Son las reservas de agua de montaña más extensas del país, responden rápido al calentamiento global y son fundamentales para sostener ecosistemas y poblaciones río abajo. No obstante, casi nadie los conoce, y esa invisibilidad tiene consecuencias concretas en las políticas públicas.

Zona periglaciar en los Andes Fueguinos. Gentileza Nahuel Huentemilla

Cuando se habla de glaciares en Argentina, la imagen que aparece en la cabeza de casi cualquier persona es la del Perito Moreno. Imponente, fotogénico, accesible.

Esa imagen tiene un peso enorme en la conciencia colectiva y ha sido, en buena medida, la que organizó el debate ambiental en torno al hielo. Pero existe otro territorio (mucho más extenso, menos espectacular a simple vista, y quizás más urgente) que permanece casi por completo fuera del mapa: los ambientes periglaciares.

No son únicamente las zonas que rodean a los glaciares, aunque el nombre pueda sugerirlo. Son algo más amplio. Comprenden todas las áreas sometidas a ciclos de congelamiento y descongelamiento, en las que el suelo permanece parcial o totalmente congelado. No tienen grandes masas de hielo visibles en superficie; el hielo está ahí, enterrado entre rocas y sedimentos.

Lo que no se ve, no se protege

La pregunta de por qué estos ambientes son tan desconocidos tiene una respuesta casi obvia una vez que se la escucha. «Estos ambientes son poco conocidos dado la ausencia de rasgos superficiales fáciles de identificar que los distingan», explica Nahuel Huentemilla, geólogo y becario doctoral en el Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC – CONICET) en Ushuaia, Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur (AeIAS).

«El hielo permanece casi completamente enterrado.» A eso se suma que son zonas remotas, de altitud, con pocos accesos y escasa vegetación. Lugares que la mayoría de la población nunca visita.

Si no podemos identificarlas, ni tampoco tenemos presente cuál es el rol que tienen estas áreas, es muy difícil darles valor y por lo tanto encontrar motivos para protegerlas.

La consecuencia directa de esa invisibilidad es política. Lo que la sociedad no conoce no genera demanda de protección, y lo que no genera demanda rara vez aparece en la agenda legislativa. Durante el debate por la Ley de Glaciares, la discusión fue dominada por actores económicos y no por especialistas. Se habló de impactos sobre la minería, sobre las inversiones, sobre el modelo productivo y no sobre el rol hidrológico de estos sistemas ni sobre las señales de cambio climático que ya registran.

La importancia de los ambientes de montaña

Hay algo que los ambientes de montaña tienen en común, ya sean glaciares, periglaciares o simplemente suelos de alta cordillera: de ahí viene el agua. Toda el agua. Las nacientes de los ríos, los arroyos, los caudales que sostienen el agro, las ciudades y los ecosistemas de las tierras bajas tienen su origen en estas zonas.

Huentemilla es enfático en este punto. Todos los ambientes de montaña son críticos en términos hidrológicos, y los periglaciares cumplen una función reguladora específica que se vuelve esencial en las regiones de clima árido y semiárido.

«Son los encargados de regular el agua para atravesar los períodos más secos», describe Huentemilla. En términos simples, diríamos que cuando no llueve o no nieva, y los caudales superficiales bajan, es el deshielo gradual de las zonas periglaciares el que sostiene el flujo de agua.

Señales del cambio

El calentamiento global no actúa igual en todos los ambientes. En los periglaciares, sus efectos son tempranos y mesurables. Según Huentemilla, las señales más visibles son las caídas de rocas, los deslizamientos y los flujos de detritos (procesos comunes en la montaña, pero que se intensifican cuando el permafrost pierde su cohesión). El permafrost es la porción de suelo que permanece a una temperatura menor que 0° durante más de dos años consecutivos.

«El hecho de que se degrade el permafrost genera inestabilidades porque ciertos sectores congelados pierden esa condición», señala. El resultado es doble. Mayor riesgo de remociones en masa y menos reserva de agua para las estaciones secas. Este proceso se observa globalmente, en nuestra cordillera de los Andes como también en el Ártico y Antártida.

Estos ambientes responden a los cambios relativamente rápido en tiempos geológicos. En las regiones montañosas altas suelen ser lugares con poca a nula intervención humana directa, lo que permite atribuir los cambios a variables climáticas.

Laboratorios naturales con poco financiamiento

Estos territorios tienen además un valor científico que pocas veces se menciona en el debate público. Son sensibles a los cambios y registran señales con una resolución temporal que otros ambientes no permiten. Huentemilla estudia el retroceso de los últimos 150 años a través de las formas del paisaje -morrenas, valles, depósitos-y eso es posible precisamente porque los ambientes periglaciares guardan memoria de los cambios recientes con notable detalle.

Pero para aprovechar ese potencial hace falta investigación sostenida, financiamiento estatal y, ante todo, voluntad política de poner estos sistemas en la agenda. Hasta ahora, ninguna de esas tres condiciones se ha dado de manera consistente.

Durante la discusión sobre la Ley de Glaciares, el concepto de «ambiente periglaciar» generó confusión incluso en los medios de comunicación. «Vi en distintas noticias y también en redes sociales, personas y medios diciendo que el ambiente periglaciar se trata únicamente de zonas que rodean a los glaciares y no es así», señala Huentemilla. Esa confusión conceptual no fue inocente. Permitió achicar artificialmente el área bajo debate, reducir la presión regulatoria y dar más margen a los intereses económicos que buscaban limitar el alcance de la ley.

El investigador es claro sobre el rol que debería cumplir el conocimiento técnico-científico en estas decisiones: «Creo que es muy importante que quienes toman decisiones se informen desde todas las partes posibles. Principalmente desde los organismos públicos que están sostenidos por el Estado y generando información por y para nuestra sociedad.» El CIEMEP, el IANIGLA, el CICTERRA, el CADIC, hay instituciones que producen conocimiento riguroso sobre estos ambientes -en general dependientes de CONICET y universidades públicas-.

El problema no es la ausencia de información; es la falta de canales efectivos para que esa información llegue a quienes deciden.

Glaciar de escombros – Cerro Francisco Seguí, Ushuaia. Gentileza Nahuel Huentemilla

Lo urgente

La montaña no produce agua para las mineras ni para los agricultores ni para las ciudades de manera selectiva. Produce agua para todo y para todos. Proteger esos ambientes no es una agenda verde de nicho, es una cuestión de soberanía hídrica, de planificación territorial y, en última instancia, de supervivencia de los ecosistemas que sostienen la vida en gran parte del país.

El hielo enterrado no genera titulares. No tiene la fotogenia del Perito Moreno ni la espectacularidad de un alud. Pero regula el agua que bebemos, que riega los campos y que mantiene los ríos cuando el cielo no da más. Ignorarlo es una decisión. Conocerlo, también.

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