Un poder capital

Ciertas imágenes del pasado suponen un dilema. Mantenerse en la superficie, o calar hondo, esa es la cuestión.

Por Stefania Coggiola

Mi madre encendía el primer cigarrillo del día a las siete de la mañana. Fumaba apoyada en la mesada de la cocina, en completa oscuridad. La llama del encendedor iluminaba su rostro y los azulejos con flores y frutas que odiaba, ubicados detrás. A las siete y media sonaba el despertador de mi padre, entonces le llevaba un té al cuarto, que mi padre sorbía lentamente, recostado en la cama. Mientras él se daba una ducha, ella ponía el lavarropas, o alguna cosa por el estilo tendiente al orden, difícil de mantener con cuatro hijos. La casa tenía pinta de hogar y algunos problemas de humedad que arrastraba desde su mera construcción, lejos en el tiempo. En esa época los créditos del banco Hipotecario, a bajísimas tasas de interés, permitían que una familia naciente cumpliera la expectativa de tener un techo propio. Así que mi padre, junto a mi tía, arquitecta de profesión, diseñaron y levantaron las paredes de ese lugar que aún existe, treinta y cinco años después.

Cuando mi padre estaba por irse, mi madre le recordaba que le dejara el dinero para la comida. Funcionaba así. Mi padre trabajaba afuera y mi madre, adentro. Cada día, él le dejaba diez pesos en su mesita de luz. A veces cinco, a veces quince. Cuando él se iba, mi madre volvía a tumbarse en la cama un rato más. Alrededor de las diez de la mañana salía a hacer las compras. Antes de salir, anotaba la lista en un pedazo de papel, con letra grande y fileteada. Entonces nos movíamos en un fitito celeste al que se le había roto el arranque; para encenderlo había que juntar dos cables expuestos. En la despensa se compraba todo: leche, harina, verduras, carne, pan. A eso de las once y media, empezaba a preparar el almuerzo. La salsa tenía su tiempo de cocción, las milanesas tenían su tiempo de empanado. El amor tenía su tiempo. Entonces la vida transcurría de otra forma. En parte, por la constitución inherente a la infancia, donde las horas se presumen infinitas. Podríamos pensarlo como una imagen de otra época que muestra el ritmo que tenía la vida tres décadas atrás, donde los eventos en una casa familiar, la mayoría de las veces, sucedían de manera previsible.

Aún así, es una imagen superficial. En La nostalgia feliz, Amélie Nothomb, dice: “Quedarse en la superficie de las cosas requiere un talento del que carezco”. No solo carezco de ese talento, sino que voy en dirección contraria. Me sumerjo en los asuntos sin pruritos, aunque los costos puedan ser devastadores, como la crecida de un río serrano, cuando arrastra cosas que están en el camino que no estaban previstas que desaparecieran. Las imágenes que van en la línea de la profundidad, son más ásperas, más opacas. Pero hay en la oscuridad un encanto. Quién se atrevería a negarlo. Dice Amélie: “¿Cómo sabemos que una persona anciana no está bien de la cabeza? Hay como una vacilación. No es ella la que está perdida ante nosotros, somos nosotros los que estamos perdidos ante ella. Está en posesión de un poder capital: domina el arte de no asimilar aquello que rechaza”. Sé que dentro de unos años, lo necesitaré. Por ahora, elijo saber.

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