Conversamos con Julio Zucaría, Lic. en Psicología y Docente de la Facultad de Psicología-UNC, sobre la coyuntura actual, el cansancio de los cuerpos, el sostenimiento de las redes afectivas, la angustia, la soledad y todo un cúmulo de sensaciones, emociones y situaciones que afectan nuestra salud mental en estos tiempos.

En tiempos donde la crisis económica, el pluriempleo y la incertidumbre marcan el pulso cotidiano, hablar de salud mental no solo es necesario: es urgente. El licenciado en Psicología Julio Zucaría, docente de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), reflexiona sobre cómo impactan las condiciones actuales en el bienestar emocional y colectivo de las personas.
El trabajo como eje
“La sobreexplotación y la sobreexigencia son dos caras de una misma moneda”, plantea Zucaría. Mientras la primera viene impuesta desde afuera, la segunda se internaliza como mandato personal. Ambas, dice, generan un efecto visible en la salud mental: agotamiento físico, mental y emocional, lo que hoy se conoce popularmente como burnout.
“Se usa mucho el término estrés, pero muchas veces detrás del estrés lo que hay es angustia —ese afecto primario que atraviesa todas nuestras emociones. Estar angustiado no es otra cosa que ser humano”, explica el psicólogo.
En un contexto donde la exigencia laboral se multiplica y los ingresos no alcanzan, el trabajo deja de ser un proyecto de vida para transformarse en una forma de supervivencia. “Vivimos para trabajar, en lugar de trabajar para vivir. Esa es una estafa emocional”, resume.
El ocio y el derecho a disfrutar
Para Zucaría, el ocio no es un lujo, sino un indicador de salud. “Todos necesitamos ese tiempo de disfrute, de vínculos sociales. El trabajo organiza la vida, sí, pero hay que preguntarse cuál es el límite. No todo puede girar en torno a producir”, sostiene.
La pérdida del ocio, advierte, no solo agota, sino que rompe los lazos sociales que sostienen a las personas. Y sin red, la vulnerabilidad se multiplica.
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Vulnerabilidad socioeconómica
“La precarización y la vulnerabilidad económica llevan a aceptar condiciones indignas. Quien no tiene garantizado lo básico, termina aceptando cualquier cosa”, explica Zucaría. Esa fragilidad palpable en tiempos de crisis, repercute directamente en la salud mental y profundiza el aislamiento.
En los sectores más golpeados, donde faltan recursos y también redes afectivas, las consecuencias son más duras: soledad, depresión, ansiedad y consumos problemáticos. “Son distintos nombres para lo mismo: tristeza y angustia. Muchas veces las drogas, legales o ilegales, se vuelven un modo de paliar el malestar”, reflexiona.
Pero el problema, aclara, no se agota en lo individual. “Hay una dimensión colectiva que pocas veces se dimensiona: la crisis económica y la ausencia del Estado generan subjetividades que viven el día a día como único horizonte. Cuando el día a día se convierte en un proyecto de vida, el consumo aparece como una salida inmediata”.
El silencio no es salud
Zucaría también advierte sobre el miedo a expresarse políticamente, una forma de silencio que, según él, también enferma. “Nunca fue sano quedarse callado. La libertad de expresión no es solo para los medios: es la posibilidad de decir lo que uno siente, todos los días, con respeto hacia el otro. El silencio no es salud”, dice, recordando el lema de un congreso nacional sobre salud mental.
Cuidarse con otros
Pese al panorama, Zucaría rescata un dato esperanzador: pese al contexto y a la crisis, hay una creciente conciencia social sobre la salud mental. “La gente se cuida más, busca ayuda, valora el acompañamiento. En los últimos años se crearon redes solidarias que hoy funcionan como colchón frente a la crisis”, explica.
De hecho, el psicólogo coordina una red de atención social y solidaria en la Facultad de Psicología que logró acompañar a más de 450 personas en dos años, con un 84% de adherencia a los tratamientos. “Eso demuestra que la salud mental es una demanda real y urgente. La gente quiere sostener su bienestar, incluso en contextos adversos”, destaca.
Por último, resumió que en este panorama hay que tener en cuenta que “tenemos un cuerpo para vivir, para gozar, y no para explotarlo» y que en este contexto hay que “cuidarse con otros. Nadie se salva solo».

