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Malí, Níger y Burkina Faso van por su independencia económica

Publicado por:Rodrigo Andrada Savoretti


A más de un año y medio de la fundación de la Confederación de Estados del Sahel (AES), Malí, Burkina Faso y Níger dan un paso crucial hacia su emancipación financiera. Con la creación de un banco confederado y el anuncio de una moneda común, la región profundiza su liberación del yugo francés occidental. Dialogamos con Kevin Bryan, analista y creador de @geograficahistoria1.

Hacía tiempo que esta columna no se asomaba al Sahel. La trastienda latinoamericana —con sus urgencias y sus vértigos— nos mantuvo ocupados. Pero volvemos a África, ese continente espejo con el que compartimos más de lo que solemos admitir. Y volvemos, precisamente, a la región que protagoniza uno de los procesos de liberación nacional y regional más profundos, y también de los menos mediatizados, del último lustro.

Si hay un argentino que en los últimos años tendió un puente hacia esa otra orilla del Atlántico, ese es Kevin Bryan. Joven trabajador, santafecino, profesor de historia y geografía, creador del sitio de geopolítica más influyente para su generación. Autor de La revolución de las boinas (Laborde Editor, 2025), Bryan ejerce una suerte de diplomacia pedagógica donde nos acerca África con curaduría de archivo y diálogo Sur-Sur.

En este artículo viajamos al futuro que imaginaron Lumumba, Sankara y Cabral. De la mano de Kevin, exploramos lo que dejó la segunda cumbre de la Confederación del Sahel, realizada meses atrás. Los desafíos, las oportunidades, y eso que los propios líderes definieron como la «segunda fase» de un proceso revolucionario que, sin borrar las particularidades de cada nación, teje una trama colectiva que hasta hace poco se creía imposible.

Lo que nació como una alianza militar defensiva contra el avance yihadista y la injerencia francesa se ha convertido en uno de los procesos políticos más audaces del África del siglo XXI.

Malí, Burkina Faso y Níger —naciones que hasta ayer eran sinónimo de «Estado fallido» en la narrativa occidental— celebraron hace poco tiempo atrás una cumbre histórica en Uagadugú (capital de Burkina Fasso). ¿El resultado? la puesta en marcha del Banco de Desarrollo de la AES y la hoja de ruta definitiva para enterrar al franco CFA, esa herencia colonial que hace décadas mantiene a las economías sahelianas atadas al tesoro francés.

Kevin Bryan.

La «fase dos» de una revolución panafricanista

Cuando los titulares internacionales se ocupan del Sahel, suele ser para hablar de hambrunas, desestabilizaciones o terrorismo. Sin embargo, bajo esa superficie de crisis perpetua, se gestan desde la postpandemia nuevas realidades que los medios occidentales eligen no narrar o, en su defecto, tergiversar.

La cumbre de Uagadugú fue, en palabras de Kevin Bryan, «el inicio de la segunda etapa de este proceso rupturista».

«Ya se puede decir que se rompieron las cadenas en términos militares y en términos de control de los recursos, pero falta la última cadena, que es la parte financiera, nada más y nada menos», explica el analista.

Y esa cadena está a punto de soltarse. Burkina Faso acaba de asumir la presidencia de la UEMOA, el organismo que regula el franco CFA en África Occidental. Una maniobra que ningún analista había previsto y que coloca a los países de la AES en una posición inmejorable para conducir su propia salida del sistema monetario colonial.

Uagadugú, Capital de Burkina Fasso. Foto: Humbo.

Si hay un anuncio que concentró las miradas en esta cumbre, fue la institucionalización del Banco de Desarrollo de la AES. Una herramienta que, según Bryan, «otorga una capacidad propia que le permitirá a la Alianza empezar a planificar, con medidas concretas, la transición hacia una moneda propia».

Durante décadas, los países del Sahel dependieron del financiamiento externo para cualquier proyecto de envergadura. Ya sea con el FMI, del Banco Mundial o de la Agencia Francesa de Desarrollo, los condicionamientos políticos terminaban por vaciar de contenido cualquier iniciativa soberana, si es que la había.

Ahora, con un banco propio y una estrategia de acumulación de oro que Malí y Burkina Faso vienen desarrollando, el escenario cambia radicalmente.

«La centralidad del banco confederado radica en la posibilidad de tener una agenda soberana donde los tiempos los maneje la Alianza y no tanto la agenda internacional», subraya Bryan.

En un mundo donde las tasas de interés las fija la Reserva Federal y los plazos de pago los impone el Club de París, tener capacidad financiera propia no es un lujo: es una cuestión de supervivencia.

Los líderes panafricanistas del Sahel. Foto:

¿Qué puede aprender el Sur de esta experiencia?

La pregunta que surge, inevitablemente, es si este modelo puede replicarse en otras latitudes. Para Bryan, «el formato de confederación es probablemente uno de los más disruptivos y novedosos que tenemos, al menos en este contexto tan particular y adverso».

Y el contexto importa. Porque lo que está ocurriendo en el Sahel más que fenómeno aislado, es una respuesta a las mismas presiones que enfrenta buena parte del denominado Sur Global.

«Ante la política de mayor agresividad que muestra, por ejemplo, Estados Unidos en su hemisferio, el reacomodo de determinados factores del sistema internacional y una especie de reparto de zonas de influencia, la confederación surge básicamente como un espacio de supervivencia y construcción», explica el analista.

La clave está en la tan nombrada y pocas veces ejecutada unidad. Países que, individualmente, no tendrían peso geopolítico suficiente para negociar de igual a igual con las potencias, adquieren una masa crítica cuando actúan en conjunto. Y lo hacen sin renunciar a sus particularidades nacionales, pero proyectando un horizonte común.

Para América Latina, donde los proyectos de integración naufragan una y otra vez ante los embates de la coyuntura, la experiencia saheliana debería ser objeto de estudio.

Amílcar Cabral y Fidel Castro.

El «invierno» que viene: la advertencia de Traoré

El joven presidente de Burkina Faso, Ibrahim Traoré, eligió un tono sincero para dirigirse a sus colegas y a la población. Habló de un «invierno que se avecina».

Bryan interpreta las palabras del mandatario burkinés con la gravedad que merecen:

«Lo que Traoré quiso decir con esa frase sobre la llegada de la ‘noche invernal’ es que se avecina una época donde cada avance en términos de soberanía y cada intento de emancipación o de romper ataduras tendrá una respuesta hostil».

Esa respuesta ya tiene nombre y apellido y Traoré ha sobrevivido a ella en más de tres oportunidades, siendo la última el pasado febrero, cuando golpistas intentaron hacer un magnicidio. Desestabilización, organización del caos, fricciones internas son las mismas herramientas que, en el pasado, truncaron experiencias como la de Thomas Sankara o Patrice Lumumba y que en el presente resurgen como resabios de una resaca que no se extingue.

Traoré lo sabe. Por eso insiste en que la unidad con Malí y Níger no es una opción, sino la única estrategia posible para sobrevivir.

En esa línea, Goita, líder de Malí, reconoció en la Cumbre que el apoyo crucial de Níger y Burkina Faso fue fundamental para evitar la intervención extranjera tras las amenazas de los «imperialistas» de la CEDEAO.

«Traoré mencionó ejemplos como el propio Thomas Sankara o Patrice Lumumba, señalando que la Alianza de Estados del Sahel ha tomado nota de esas experiencias», expresa Bryan.

La diferencia, esta vez, es que el proyecto no es en soledad, tal como lo habitaron los líderes de las revoluciones de los sesenta, sino colectivo. Con el mandato de completar la independencia, los líderes del Sahel avanzan hacia la liberación política y económica.

Mientras el orden mundial se reconfigura en medio de guerras y disputas hegemónicas, esta pequeña confederación de países empobrecidos le demuestra al mundo que la historia todavía puede ser escrita con manos propias.

Traoré
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