Las esperas

Las hay individuales y colectivas. Hoy, tal vez, las esperas colectivas sean las que nos mantienen en pie.

Por Stefanía Coggiola

La primera espera de la que tengo registro fue a los seis años. No es una rareza, se trata más bien de un superclásico de la etapa escolar que un sujeto puede haber llegado a experimentar. Una tarde, mi padre olvidó buscarme a la salida del colegio. Este tipo de espera es sorpresiva y a medida que pasa el tiempo, se experimentan diferentes sensaciones. Al inicio fue incomodidad. Luego pasé a la etapa de incredulidad, era imposible que se olvidaran de mí, porque nunca antes había sucedido. Tenía mis razones para descreer: históricamente, mi madre estaba apostada en la calle principal minutos antes del toque de campana. Cuando no hubo más nadie, sentí desesperación. Hasta que apareció, extrañada, la señorita Raquel, preguntando quién debía buscarme. Fuimos juntas hasta la dirección y llamamos a casa. Mi madre, horrorizada ante el olvido de mi padre, se apresuró a rescatarme.  

Esperas hay de las más variopintas: en la verdulería, en el banco, en una terminal de aeropuerto. Algunas pueden volverse insostenibles y provocar el abandono de la situación, otras no permiten el escape y sólo resta ser paciente. Pero tal vez, una de las más insoportables, sea la espera del ser amado. En Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes, la define: “Espera. Tumulto de angustia suscitado por la espera del ser amado, sometida a la posibilidad de pequeños retrasos (citas, llamadas telefónicas, cartas, atenciones recíprocas)”. Si aggiornamos el canal de comunicación, hoy sería un WhatsApp. 

Imaginemos una situación impracticable por el Covid-19: si estuviéramos en un auditorio y alguien dijera: levante la mano quien alguna vez esperó a un ser amado. ¿Alzarían su mano? Barthes dice: “Se espera una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético”; “Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los efectos de un pequeño duelo”; “La espera es un encantamiento”; “El ser que espero no es real”; “¿Estoy enamorado? ‒Sí, porque espero”. 

Con la llegada de las fiestas, también llegan otro tipo de esperas. Los infantes esperarán con ansia los regalos que los adultos dispondrán en el árbol de navidad. Padres y madres, tíos, madrinas, hermanos, inventarán excusas para mantenerlos entretenidos mientras algún miembro de la familia hace el injerto de paquetes en el arbolito enclenque, medio ladeado, y corre, transpira, se atraganta. Circulará en el aire la sensación extraña que indica que algo está por pasar, o se sentirá extrañeza porque la familia se puso a discutir, una vez más, sobre un tema que divide aguas. 

Aún así, a las doce chocarán las copas y se dirán feliz navidad y podrá haber angustia inexplicable en el fondo, pero se sobrellevará, porque el momento excede cualquier emoción. Los niños desenvolverán los regalos y serán felices, con artículos de plástico que escupen burbujas, o cualquier otra cosa, que a los minutos dejarán olvidada. Al cabo de unos días, vendrá la espera que trae esperanza: un nuevo año, que deja atrás el garrafal vivido. Pero aún falta para ese momento. Ya llegaremos allí. 

Existen, además, las esperas colectivas. Y existen, en particular, las esperas de las mujeres. Alicia D’Amico, fotógrafa, argentina, nacida en 1933 en Buenos Aires, fue crucial para el movimiento feminista en nuestro país junto a Sara Facio, Ilse Fuskova, entre otras. Tamara García Iglesias, documentalista española, además de hacer un documental sobre su vida, monta una instalación fotográfica en un museo. Hace esto: reproduce una fotografía del local de fotos del padre de Alicia. La imagen muestra una larga cola de mujeres esperando por su foto carnet. No es cualquier escena: acababa de ser sancionada la Ley Evita de sufragio femenino. 

Mientras la fotografía se reproduce en gran tamaño sobre una pared, imitando el tamaño de la realidad, es decir: un local comercial, la calle, los espacios transitables, le pide a mujeres contemporáneas de ese momento que formen una fila, tal como lo habían hecho años antes tantas mujeres que ella con sus propios ojos vio, mientras su padre tomaba las fotos que luego colocarían en el carnet electoral para expresar el voto. 

Hay otra espera de las mujeres que es histórica, profundamente brutal: chicas continúan muriendo al intentar poner fin a un embarazo no deseado. Casi siempre falla, una infección bestial se las come y mueren en una guardia de hospital. Por eso ahora esperamos que un grupo de personas tome las decisiones correctas. 

Por lo pronto, seguimos en la espera. Tal vez, las esperas colectivas sean, precisamente, las que nos mantienen en pie.