Historias de acoso callejero: Capítulo Agostina

El acoso callejero en Córdoba sigue siendo una constante, pero a la vez algo de lo que no se habla lo suficiente. En un ciclo de 5 historias (una por día) las propias víctimas nos darán su versión.

La tercera historia de este ciclo la cuenta Agostina, oriunda de Carlos Paz, mientras se acuerda de los episodios de acoso que le tocaron vivir. A raíz de estas situaciones, Agostina tiene que controlar los horarios en los que se toma el colectivo.

Un recuerdo que sigue latente en su cabeza, es cuando esperaba el colectivo con una amiga: de repente llegaron cuatro hombres en dos motos, ofreciéndoles llevarlas a donde quisieran. Ante la negativa, la respuesta fue pura insistencia y risas. Agostina agradece que haya llegado el colectivo que más esperó en su vida.

Después de este episodio, Agostina recuerda haber sentido miedo y vergüenza: “no solo fue desubicado el ofrecimiento, sino que no les bastó con que dijéramos que no varias veces, nunca dejaron de insisitir”, expresa ella con total impotencia.

En este caso, los adultos decidieron tomar cartas en el asunto: a pesar de que “ya no podían hacer nada”, los papás de Agostina decidieron hablar del tema en familia, aconsejándola sobre su seguridad y los horarios acordes para tomarse un colectivo. ¿En serio hay que elegir horarios “acordes” para tomarse el bondi?

Ya van tres historias, y las tres coinciden en la posible solución: la educación, que se haya ausente en estos casos. Además, Agostina particularmente piensa que no debería esperarse a que ocurra un acto violento o de robo para poder denunciar, “deberían haber más medidas de protección”, exige la entrevistada.

Si le pregunto por su sensación de inseguridad, Agostina remarca que es muy incómodo estar alerta todo el tiempo, más aún cuando está en la calle y se empieza a hacer de noche. Además, ella considera que los “piropos” mientras va por la calle son innecesarios e incómodos. Siempre es importante recordar que el acoso callejero, también es violencia de género.

Una debería poder ir por la calle sin preocuparse ni por cómo está vestida o si pasa por una obra donde hay albañiles, o simplemente si es tarde y necesitas tomarte un colectivo”, lamenta Agostina

Por Carmela Laucirica