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Foros para violar: la pedagogía de la crueldad que el patriarcado nunca dejó de enseñar

Publicado por:Emilia Urouro

La investigación de CNN sobre redes digitales donde varones comparten prácticas para cometer abusos sexuales no revela algo nuevo, sino algo más incómodo: la violencia sexual sigue siendo estructural, ahora amplificada por la tecnología. La investigadora Gabriela Bard Wigdor advierte sobre la masividad del fenómeno y la falta de respuestas políticas a la altura.

La noticia circuló con el impacto de lo aberrante: foros online donde miles de hombres comparten consejos, experiencias y estrategias para violar. Una suerte de “academia” digital de la violencia sexual que opera de forma global, anónima y sostenida en el tiempo.

Para la doctora en estudios de género e investigadora del Conicet, Gabriela Bard Wigdor, el fenómeno no irrumpe como novedad, sino como síntoma.

“Cuando hablamos de cultura de la violación es porque atraviesa clases sociales, cuestiones raciales, cuestiones etarias”, plantea, y agrega: “tiene que ver con una forma en que socializamos a la masculinidad hegemónica en nuestras sociedades”.

Y va más a fondo: “No es que hay algo nuevo para decir sobre esto. Esto lo vienen diciendo hace demasiado tiempo los feminismos”.

No es en los márgenes: es en el centro

Una de las trampas más persistentes es creer que la violencia sexual habita en los extremos: en desconocidos, en casos excepcionales, en sujetos desviados.

Pero los datos y la experiencia social dicen lo contrario.

“Las violaciones de extraños son mínimas al lado de las que se ocasionan entre personas del círculo inmediato”, advierte Bard Wigdor. “Padres hacia hijas, abuelos hacia nietas, maridos hacia esposas”.

Lejos de ser anecdótico, esto obliga a mirar el corazón de la estructura social: “Hay que pensar doblemente sobre las familias patriarcales y la influencia sociocultural que eso genera en torno a la masculinidad y la femineidad”.

La referencia no es abstracta. Casos como el de Gisèle Pelicot en Francia —violada sistemáticamente durante años con la complicidad de su entorno— muestran que la violencia no necesita anonimato digital para existir. Lo digital, en todo caso, la potencia.

“Estamos hablando de un fenómeno relevante. Un aproximado de 230 mil mujeres entre 18 y 74 años son violadas al año”.

De la cultura a la red: cuando la violencia se organiza

Si algo cambia con estos foros no es la existencia de la violencia de género, sino su escala y su forma de circulación.

“En esta era de las relaciones digitales a escala global, es mucho más sencillo organizarse de manera anónima y transnacional”, explica. Y eso no es un detalle: “da una sensación de impunidad mucho mayor que la presencialidad”.

Pero el punto más inquietante no es solo la acción, sino el discurso.

“El solo hecho de pertenecer a estas comunidades, de hacerse parte, de reproducir estos discursos, ya produce un daño”, subraya.

Y agrega una advertencia que desarma cualquier minimización: “Tenemos que empezar a hacernos conscientes del daño que tienen las palabras y los discursos en la vida material”.

En un ecosistema digital donde todo circula sin fricción, el lenguaje deja de ser solo expresión y se vuelve habilitación: “Por cada uno que no lo haga, hay otro que sí lo lleva a cabo”.

Un fenómeno difícil de abordar

La expansión digital no solo amplifica el problema: también lo vuelve más complejo de enfrentar.

“No hay control sobre la edad, sobre quiénes participan, de qué manera. No hay forma de controlar el impacto que tiene”, señala.

Y concluye: “Se vuelve muy difícilmente abordable en términos pedagógicos, sociales e incluso penales”.

En ese contexto, las redes no solo conectan: producen condiciones de posibilidad para la violencia.

Hijos sanos del patriarcado

Frente a la masividad del fenómeno, la tentación es patologizar: pensar en enfermos, desviados, monstruos.

Bard Wigdor lo desarma de raíz: “No estamos trabajando con hombres enfermos, locos o depravados. Estamos con hijos sanos del patriarcado”.

La cifra no deja lugar a la excepcionalidad: “En una de estas redes en Argentina había 3.000 hombres involucrados”.

La pregunta es inevitable: “¿Cómo hacés para administrar semejante volumen?”.

Y la respuesta incomoda: “Esa masividad te habla de que hay un aprendizaje radical de una masculinidad que ejerce su autoridad a través del poder y de la dominación sobre las mujeres”.

El pacto que no se nombra

La violencia sexual es masiva, pero su reconocimiento no lo es.

“Si todas las mujeres hemos vivido o conocemos a alguien que ha vivido violencia sexual, ¿por qué los varones no conocen a uno de su entorno que la haya ejercido?”, interpela.

“Todos dicen ‘yo no soy’. Ahí hay un problema”, señala Gabriela. No es solo negación individual. Es un pacto social que invisibiliza y sostiene la violencia.

Pedagogías de la crueldad

Estos espacios no solo organizan prácticas: enseñan. Funcionan como dispositivos pedagógicos. “Son pedagogías de la crueldad y dispositivos de género”, define Bard Wigdor.

¿El objetivo? “Aleccionar a las mujeres sobre cuál es su lugar en las relaciones de género y familiares”.

Ese lugar no deja dudas: “Una vuelta a la idea de que los cuerpos de las mujeres son a disposición de la masculinidad”.

Y en paralelo, se construye un clima de impunidad: “Esta constante difusión sin seriedad lo que hace es multiplicar la información, pero tratarla con total superficialidad”.

Mucha difusión, poca reflexión

En ese punto, la investigadora también apunta al tratamiento social y mediático del tema.

“Se difunde de manera viral pero poco se reflexiona. Y eso genera el efecto contrario de una reflexión crítica”, advierte.

La espectacularización del horror, sin profundidad, no transforma: reproduce.

Una sociedad que no interpela a los varones

Para Bard Wigdor, hay un punto ciego que atraviesa todo: “No estamos encontrándole la vuelta a la interpelación política a la masculinidad”.

Mientras los feminismos avanzaron en derechos, lenguajes y conciencia, el proceso del otro lado no acompañó.

“Los varones no han podido avanzar en ese sentido y los nuevos referentes son cada vez más conservadores, más reaccionarios”,dice.

Y no se trata solo de discursos marginales: “Son figuras idealizadas en el mundo empresarial, del fitness, de las redes sociales. Hombres blancos poderosos con discursos machistas y misóginos”.

Disputar la cultura, no solo castigar el delito

Frente a un fenómeno de esta magnitud, la respuesta punitiva aparece como insuficiente.

“No van a alcanzar las cárceles del mundo para apresar a todos los hombres que cometan delitos sexuales”, advierte.

Por eso insiste: “Cuando la situación es de esta escala, de lo que se trata es de debates políticos”.

La salida no es simple, pero sí urgente: “Hay que hacer una fuerte campaña de referencias masculinas diferentes”. Mostrar que existen otras formas de ser varón: “más empáticas, más convivenciales”.

La disputa es ahora

Esa transformación no ocurre en abstracto: se construye en lo cotidiano. “Estos espacios se tienen que dar en la comunidad, en las escuelas, en las universidades, en las iglesias”, explica la investigadora.

En Argentina, la Educación Sexual Integral aparece como una herramienta clave.

“Es una gran oportunidad para discutir estos temas”, sostiene. Pero advierte: “ha sufrido una gran derrota de recursos y de implementación”.

Y lo mismo ocurre con otras políticas: “Todas las leyes de avanzada que tenemos han sufrido una franca derrota”.

La incomodidad que queda

Los foros que enseñan a violar no son una anomalía. Son una consecuencia. “La masculinidad hegemónica muestra sus peores garras cuando tiene que ejercer el poder”, dice Bard Wigdor.

Y el núcleo del problema sigue intacto: “el sustrato es la idea de que el cuerpo de las mujeres les pertenece y pueden hacer con él lo que quieran”.

La pregunta ya no es solo cómo cerrar esos espacios. Es qué hacer con la sociedad que los produce, los tolera y, muchas veces, los niega.

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