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“Para hacer una película solo hace falta un arma”: las latas que el terror no pudo borrar

Publicado por:El Resaltador

Hay una imagen que persiste. Una Bolex de los años sesenta —la misma que usaron los estudiantes de cine de la UNC para filmar en los años más convulsionados de la historia argentina reciente— vuelve a encenderse el 24 de marzo de 2024 para registrar una marcha. Sesenta años de historia cargados en ese mecanismo de engranajes y película, apuntando otra vez a una juventud en la calle. Es quizás la síntesis más precisa de lo que este documental viene a decirnos: que hay cosas que no se pudieron destruir del todo.

Por Ana Medero

En 2019, Santiago Sein, docente de la Facultad de Artes, rescató del descarte decenas de latas con películas estudiantiles de la Escuela de Cine de la UNC, realizadas entre 1964 y 1974. Material que se creía destruido por la dictadura. Cortometrajes de ficción, documentales, ensayos: el registro incompleto de una generación que filmaba mientras el país se incendiaba.

El trabajo de recuperación, preservación y restauración fue realizado sobre archivos del CDA de la Facultad de Artes y de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la UNC —una tarea silenciosa y sostenida de resguardo del patrimonio audiovisual universitario que, sin este documental, muy pocos habrían conocido.

Y lo que hace el equipo realizativo no es simplemente mostrar ese hallazgo. Lo que hace es algo más complejo y más honesto: construir una película desde los fragmentos, sin disimular que son fragmentos.

«Mientras estudiaba cine un relato se repetía: las películas filmadas en los años 60 y 70 por los alumnos fueron destruidas durante la última dictadura militar», cuenta Sein al finalizar la proyección. «Años después, encontré en un depósito de la UNC cientos de latas con fílmico. Eran parte de las películas que se creían desaparecidas.»

Ese descubrimiento lo llevó a un doble rol —archivista y realizador— que la obra no intenta ocultar sino que convierte en su propio motor narrativo. La cámara muestra el depósito, las latas, el proceso de digitalización. Muestra también la incertidumbre: no saber qué se tiene, hacia dónde va, si el material va a aguantar.

Uno de los gestos más notables es la disposición a mostrar la duda. La montajista Lucía Torres Minoldo explica cómo tomaron esa decisión: «Este inicio de la película es donde nosotros entendimos que como no sabíamos cómo empezar, lo más saludable era sacarnos de encima ese problema y decir: ‘en realidad no sabemos qué hacer con todo esto’. Y era real, era un sentimiento real que teníamos.»

Esa honestidad estructural es también una posición ética. En un momento histórico donde la certeza se vende como mercancía y la memoria se administra políticamente, asumir las propias fisuras es casi un acto de resistencia.

El material recuperado no está intervenido ni retocado. Las rayaduras, las veladuras, los saltos de cuadro: todo pertenece al original. Lucía es precisa: «Nosotros hicimos un procedimiento opuesto a la intervención en material, que era tratar de imitar la forma del material original en los casos donde teníamos que cortar y montar”.

El resultado es una obra que respira tiempo. Que hace de la materialidad fotográfica misma una forma de duelo y de amor.

El cine como pregunta

El título retoma una frase atribuida a Godard —»para hacer una película, no es necesaria otra cosa que una mujer y una pistola»— cuenta Santiago. El gesto no es caprichoso: transforma una máxima cinéfila en una declaración política. La figura de Godard sobrevolaba todo el proceso de investigación, ligada a las preguntas que ese grupo de jóvenes cordobeses se hacían en los años setenta: ¿Qué cine queremos hacer en Córdoba? ¿Un cine que sea de autor, individual y burgués? ¿O un cine colectivo, militante y anticolonialista?. 

Los estudiantes de aquella promoción de la Escuela de Cine de la UNC debatían entre la ficción y el documental político, entre la cinefilia y la militancia, entre el arte y la trinchera. Entre los rollos aparecidos hay registros de manifestaciones y represión ocultos bajo otro nombre, filmados por realizadores que abandonaron la ficción para dedicarse al documental político. Algunos terminaron presos. Otros en el exilio. Algunos no volvieron. Sus películas tampoco.

Santiago insiste en que «en un momento de la historia argentina en que sectores de ultraderecha han llegado al poder reivindicando a la dictadura y cuestionando los consensos logrados en democracia, es necesario rescatar del olvido la historia de estas películas y de sus autores.»

No es una declaración retórica. Es el nervio de todo. Porque el documental no habla solamente del pasado. Habla de lo que el pasado nos dice del presente. De cómo ciertos mecanismos —borrar el arte, desaparecer a quienes lo hacen, instalar el miedo como política cultural— se repiten con distintas formas. Y de las personas desaparecidas que todavía no sabemos donde están. Las latas guardadas décadas en un depósito universitario es también, en ese sentido, un acto de desobediencia involuntaria que sobrevivió.

El oficio invisible

Hay algo más que la película recupera, y que hoy se vuelve urgente nombrar: el pulso del oficio, del trabajo docente, de todo lo que se mueve en silencio para que algo exista. Esa trama de maestros, ayudantes, archivistas, técnicos —gente que pone el cuerpo a diario en espacios que hoy nos quieren hacer creer que son prescindibles— atraviesa la película como una corriente subterránea. La educación pública, la cultura, el arte: todo eso que ciertos discursos presentan como un lujo o un gasto aparece acá como lo que siempre fue, el tejido que sostiene una comunidad y la transmite a la siguiente.

Es una película sobre el cine hecha con amor al cine. Sobre la memoria hecha con respeto a los que la vivieron. Sobre la dictadura hecha con la rabia justa y sin grandilocuencia. Y es, también, profundamente cordobesa: sus espacios, su universidad, sus calles, su historia particular aparecen con una densidad que solo pueden tener los lugares que te formaron.

Mientras se nos pide que miremos para adelante sin mirar atrás, esta película hace exactamente lo contrario. Y demuestra, con imágenes de más de medio siglo, que mirar atrás es la única forma de entender por qué estamos acá, parados en este presente.

Dónde verla
Cineclub Municipal Hugo del Carril

  • Lunes 1/6, 20:30 h.
  • Martes 2/6, 17:30 h.
  • Miércoles 3/6, 20:30 h.

En julio, vuelve al cine.

Ficha técnica

Para hacer una película solo se necesita un arma / All You Need to Make a Movie Is a Gun | País: Argentina | Año 2026 | Duración: 146′ | Dirección: Santiago Sein | Guión: Santiago Sein | Fotografía: Marcos Rostagno | Edición: Lucía Torres Minoldo | Sonido: Atilio Sánchez, Santiago Aguirre | Producción: Eugenia Monti | Producción ejecutiva: Ana Lucía Frau, Eva Cáceres | Compañía productora: Punto de Fuga.

Para hacer una película solo hace falta un arma – Trailer | IFFR 2026 

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