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Cuba, un faro de la izquierda latina que titila incertidumbre

Publicado por:Rodrigo Andrada Savoretti

Entre los apagones, las amenazas imperialistas y la profundización del bloqueo, todo un pueblo pelea día a día contra sus históricos verdugos pero también con sus propias contradicciones, desafíos y debilidades. Enfant dialogó con «Pepe», joven trabajador cubano.

Foto: YAMIL LAGE / AFP.

No son muchos los países que resisten seis décadas de un bloqueo económico feroz por parte del hegemón mundial. Menos aún los que lo hacen a pocos kilómetros de la cúspide del capitalismo occidental.

Pasó Guevara. Pasó Castro. Queda Raúl, pero se va despidiendo; DíazCanel continúa. Pero más allá de los apellidos: ¿Cuántas revoluciones latinoamericanas pueden mirar al pasado, volver al presente, y comprobar que su idea sigue viva después de tanto tiempo?

Resiliencia, resistencia, solidaridad, valores que el pueblo cubano -no solo su conducción política- ha ofrecido al mundo. Desde el Sur Global ofició de faro para tantas otras revoluciones, exitosas y no. Una nación a la que no pudieron doblegar su rebeldía. Que no vendió su sustancia al veneno encantador de las democracias liberales y que soportó cuanto intento de desestabilización y envenenamiento de líderes pueda imaginarse.

Hoy, la Cuba que soñó Martí y materializó Castro está golpeada. En gran parte por la perseverancia del bloqueo, la intensificación de las presiones y un tablero geopolítico que lleva al verdugo a replegarse sobre lo que identifica como “su hemisferio” y por consiguiente, a hegemonizar la dominación imperial sobre toda América. 

Pero también hay que decirlo -y ahí se mete esta columna-: existen ciertos agotamientos. Faltas de respuestas reales; mesas chicas enredadas; lugares donde la revolución no estaría respirando

Para eso entrevistamos a «Pepe», joven cubano, antiimperialista, amante de Cuba y con críticas constructivas de cara al gobierno actual.

Foto: EFE.

“Cuba es un paìs en guerra”

«A toda persona que me pide explicar lo que sucede en mi país, le digo lo mismo desde un principio: Cuba es un país en guerra», señala José, cubano, residente en la isla, guía de turismo. «Cuba es un país que prácticamente vive en una trinchera. Es así. No se puede comparar a Cuba con un país normal. No se puede hablar de libertades políticas en Cuba cuando se está en guerra».

Hace semanas, los titulares internacionales anuncian el colapso energético de Cuba. «Combustible para quince días», repiten agencias y perfiles de oposición en el exilio. Desde algunas usinas del progresismo latinoamericano salieron a explicar que el desabastecimiento se acrecentó tras la invasión y secuestro del presidente venezolano, Nicolás Maduro.

José tiene otra perspectiva. «Ya Venezuela hace muchos años que no nos suministra el combustible que nos debía suministrar por contrato. No es regalado el petróleo, hay convenios, pagos con servicios. Eso no es novedad». Y aporta un antecedente que pocos recuerdan: «En septiembre de 2019, antes de que Trump dejara el mandato, varios barcos con combustible contratado por Cuba se negaron a tocar aguas cubanas. Ya hubo un cerco petrolero. No es inédito lo que vivimos pero si hay más presiones».

La pandemia agudizó aquella crisis. Pero el origen es anterior. Y más estructural. «Es más mediático que real», advierte José, en referencia a la guerra psicológica que asedia a los cubanos. El sentido común construido por los llamados «gusanos» -cubanos anticomunitstas- dicta que Cuba es una dictadura, un Estado autoritario donde las libertades democráticas y los deseos de consumo están atados a lógicas tiranas del Partido Comunista. La realidad, como siempre, es más incómoda y compleja.

«Hay que reconocer que Cuba vive bajo asedio ideológico, político y mediático constante, especialmente en Internet. En Cuba no hay nada censurado. El joven cubano está consumiendo de todo. Aquí se ve a Agustín Laje. Mucho joven cubano consume a Laje. Y entonces ocurre la trampa perfecta: si estás en crisis, le crees a Laje, porque él te dice que eres pobre por culpa del comunismo», advierte.

Estados Unidos y Cuba, solo a 150 km.

¿Una herida que no termina de cerrar?

Si hay una fecha que debilitó la relación entre gobierno y pueblo, esa es el 11 de julio de 2021. Ese día, el pueblo cubano se movilizó por los apagones, la escasez, la pandemia y las reformas económicas. Más que complot gusanero, fue una demanda legítima y real.

«Nunca en Revolución había pasado algo así. Ni a Fidel le tocó lidiar con esa circunstancia», recuerda José.

La respuesta del gobierno fue la coerción: «El gobierno, como mecanismo de protección, pasó a reprimir. Y el cubano nunca había visto eso. Ustedes los argentinos están acostumbrados a que les den palo en la cabeza, pero el cubano no». Esa represión, admite, «conllevó una visión de ruptura entre el poder y la Revolución».

Represión del 11 de julio. Foto: Ramon Espinosa/AP.

A los dos meses, como cierta válvula de escape, el gobierno legalizó la empresa privada en Cuba. Un giro histórico que poco se esperaba.

«De una economía donde el Estado controlaba todo, pasamos a un actor privado que importa de Estados Unidos y vende a precio de lucro. Eso ha empezado a crear brechas sociales. En los noventa éramos todos iguales en la crisis. Ahora no».

José reconoce el bloqueo criminal, la guerra mediática y que Cuba sigue siendo la gran estaca que Estados Unidos no puede arrancar del Caribe. Pero también señala las grietas internas, las que duelen más porque vienen de adentro. Porque, como él mismo dice, «la Revolución nos educó para pensar, para ser críticos». Y eso incluye criticar al gobierno sin entregar la bandera. Una lección que, en tiempos de polarización fácil, cada vez cuesta más entender.

Raúl Castro y Díaz Canel. Foto: Cuba Debate.

Una trinchera en la trinchera, el rol de Díaz Canel, los días que vendrán

«A Díaz Canel le ha tocado todo lo malo que le puede pasar a Cuba en un mandato. A los dos meses de presidente, se cae un avión en el aeropuerto, todos muertos. En 2019, un tornado en La Habana, algo nunca visto. Luego la pandemia, Trump, el 11J…», enumera Pepe.

Pero el problema de fondo, para el entrevistado, es otro: «Díaz-Canel no estuvo en la Revolución. Fidel era la Revolución. Raúl también tiene liderazgo. Díaz-Canel no. Y en América Latina tenemos ese pecado de endiosar a alguien, y cuando vemos a otro nos parece que no sirve».

«Hay que aprender a separar gobierno de Revolución. Porque Díaz-Canel no es la Revolución. La Revolución es un proceso que trasciende a él. Entonces, si de pronto lo hace todo mal… la Revolución sigue. Él es solo una figura», señala.

Marcha de las Antorchas en homenaje a Martí. Foto: Jorge Cruz Fraga.

El dato que confirma la magnitud de la crisis interna evidencia también que Díaz Canel, a diferencia de Fidel, es más vulnerable a la infiltración:

«El último gran golpe para Díaz-Canel es el ex Ministro de Economía, Alejandro Gil. Condenado a cadena perpetua hace un mes por espionaje. Era amigo personal de Díaz-Canel. El que tenía adentro del gobierno era un traidor».

Frente a esa crisis interna en el gobierno, José reclama lo que llama un parlamento en la trinchera.

«La trinchera no puede ser la justificación para cerrarse. La Revolución nos educó para pensar, para ser críticos, para cuestionar lo que no funciona. Hay que aprender a lidiar con las opiniones. Identificar quién de verdad quiere aportar al país, aunque no pensemos igual, pero que quiere defender la soberanía y el desarrollo colectivo».

Díaz Canel, presidente cubano. Foto: Presidencia Cuba.

Los desafíos de ayer, los problemas de hoy

«De una economía donde el Estado tenía el control total de la producción y la capacidad de fijar precios sociales, pasamos a un escenario donde el actor privado importa y vende bajo una lógica de lucro. Ya no hay precios protegidos», explica José.

Esta transición ha fracturado la histórica homogeneidad cubana, creando brechas sociales que antes eran inexistentes. Por un lado, emerge una clase con acceso a divisas que puede pagar productos importados desde Estados Unidos en el sector privado; por el otro, queda la mayoría que depende de un salario estatal desactualizado y de la protección de un Estado debilitado por la crisis.

«Eso ha empezado a crear distancias profundas. En los años noventa, durante el Periodo Especial, hubo una crisis muy grande, pero éramos todos iguales. Todos cargábamos con el mismo peso. Hoy, por primera vez, la crisis no se reparte de forma equitativa y eso genera un malestar social nuevo, más complejo de gestionar».

Allí radica el principal obstáculo para Cuba: el entrismo yanqui a través del consumo. «No hay manera más fácil de tumbar la Revolución que invadirnos con empresas norteamericanas», señala Pepe. En su visión, no hace falta cambiar el gobierno ni bombardeos. «Esto se llena de McDonald’s, de Starbucks y adiós Revolución. Es así».

El objetivo final de Washington, concluye, es mucho más simbólico que un cambio de régimen: «Demostrar que, si salís de su órbita, no funciona. Que Cuba tuvo que recurrir al capitalismo».

Cadetes cubanos bailan durante un mitin en apoyo a Venezuela en La Habana, el viernes 17 de octubre de 2025. (Ramón Espinosa/AP).

A diferencia de lo que dictan los tambores de guerra, José sostiene que una intervención militar no está en los planes reales de Washington. «Los norteamericanos nunca les ha interesado una explosión social en Cuba. Saben que la válvula de escape va a ser la migración masiva. Y Florida es clave electoralmente», explica, sugiriendo que el caos en la isla es un bumerán político para cualquier presidente estadounidense.

Esa reticencia a la fuerza bruta también responde a una realidad estructural del aparato de seguridad cubano que los analistas suelen ignorar y es lo que se denomina cohesión interna.

Ramón Espinosa/AP.

A diferencia de Venezuela, donde el propio gobierno chavista sufrió filtraciones internas que allanaron el camino para la intervención, José cree que una invasión a gran escala en Cuba es improbable.

«En Cuba no hay traición. Ellos pudieron intentar sacar a Maduro porque adentro hubo traiciones en Venezuela. En Cuba es distinto. Saben que no es tan fácil comprar a alguien. Lo más alto que llegaron fue al Ministro de Economía, y lo cogieron».

Para José, esa lealtad todavía tiene un anclaje popular que se manifiesta en las calles. La Marcha de las Antorchas funcionó para él como un termómetro político. «A pesar del descontento por los apagones, todavía existe un sentimiento de defensa del país», asegura.

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