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La persistencia de las cosas

Publicado por:Agustina Bortolon

En las excavaciones que se realizan en el predio del ex centro clandestino de detención La Perla apareció una medalla con un nombre grabado. Pertenece a la sobreviviente Graciela Geuna, pero quien la llevaba cuando fue asesinado era su compañero, Jorge Omar Cazorla. A casi cincuenta años del terrorismo de Estado, el hallazgo evidencia y reafirma que la memoria también se inscribe en los objetos.

En los procesos de violencia extrema, los objetos suelen tener una capacidad inesperada para sobrevivir a las personas.

Permanecen cuando los cuerpos ya no están. Persisten cuando las biografías han sido interrumpidas. Y a veces, décadas después, vuelven a aparecer como si cargaran todavía una parte de esas vidas.

Hace unas semanas, en las excavaciones que se realizan en el predio del ex centro clandestino de detención La Perla, apareció una pequeña medalla religiosa. En el frente tiene la imagen de la Virgen Niña. En el dorso, una inscripción sencilla: “Graciela | 3-9-1974”.

Ese nombre pertenece a Graciela Geuna. Hoy vive en Europa, pero sigue viajando periódicamente a la Argentina. Desde 1980 da testimonio sobre lo que ocurrió en La Perla. Fue secuestrada en 1976 y permaneció detenida hasta 1978. Después pasó un tiempo bajo libertad vigilada hasta lograr salir del país.

El nombre grabado en esa medalla pertenece a una sobreviviente. La medalla, en cambio, estaba allí por otra historia.

Había sido un regalo de cumpleaños que sus padres le hicieron cuando cumplió 19 años. Durante un tiempo fue apenas un objeto personal. Algo pequeño, probablemente usado con la naturalidad con que se usan las cosas que acompañan la vida cotidiana.

En algún momento previo al secuestro, Graciela decidió darle esa medalla a su compañero, Jorge Omar Cazorla. El gesto tenía algo de protección simbólica, un rastro de esos amuletos domésticos que aparecen en momentos de peligro. Un catalizador de la esperanza.

El 10 de junio de 1976 ambos fueron secuestrados. Durante el traslado hacia La Perla, los represores asesinaron a Cazorla. A Graciela le mostraron el cuerpo. Después nunca más volvió a saber qué había pasado con él. Como con miles de víctimas del terrorismo de Estado, el destino final de sus restos fue deliberadamente ocultado.

El dispositivo represivo argentino no se limitó a matar. Buscó producir una ausencia sin rastro. Sin cuerpo, sin tumba, sin evidencia. Una muerte administrada de tal manera que impidiera tanto el duelo familiar como la posibilidad de establecer una verdad material sobre el crimen.

En ese contexto, los objetos adquieren un estatuto particular.

La vida social de las cosas

En la antropología de la cultura material se habla frecuentemente de la vida social de las cosas. La manera en que los objetos circulan, cambian de manos y acumulan significados a lo largo del tiempo. Pero en situaciones de violencia política extrema, esa vida social adquiere otra dimensión. Los objetos se transforman en indicios.

Cuando los cuerpos han sido destruidos o dispersados, cuando las identidades han sido sistemáticamente borradas, las pertenencias personales pueden convertirse en las pocas huellas materiales de una existencia.

Fragmentos mínimos capaces de afirmar algo fundamental. Que alguien estuvo allí.

Las excavaciones realizadas en La Perla por el Equipo Argentino de Antropología Forense forman parte de ese esfuerzo por reconstruir las huellas materiales del terrorismo de Estado. Es un trabajo paciente, hecho de capas de tierra removida y de fragmentos recuperados.

Recientemente, ese trabajo permitió identificar a doce personas que, hasta ahora, estaban desaparecidas.

Entre los materiales recuperados apareció también la medallita. La noticia llegó a Graciela a través de un mensaje. En el informe se mencionaba un pequeño objeto religioso con su nombre grabado. La respuesta llegó casi de inmediato. Sí, era suyo.

Durante muchos años, Graciela había estado enojada con esa medalla. No había cumplido la función para la que había sido entregada. No había protegido a quien debía proteger.

El hallazgo produjo otro desplazamiento

La medalla no protegió a Jorge de la violencia que lo asesinó. Pero terminó cumpliendo otra función, inesperada. 50 años después, señaló su presencia en ese lugar. Confirmó materialmente que pasó por La Perla.

En los sitios donde funcionaron centros clandestinos de detención, la tierra todavía guarda innumerables retazos de esas historias.

La fragmentación de los restos habla también de la crueldad del dispositivo represivo. La violencia no terminó con la muerte. Continuó en el tratamiento posterior de los cuerpos. Enterramientos clandestinos, traslados, destrucción de evidencias.

Cada hallazgo, por pequeño que sea, interrumpe ese proyecto de desaparición.

La medallita permaneció casi cincuenta años bajo la tierra de La Perla. Durante todo ese tiempo siguió existiendo como objeto material, incluso cuando su historia parecía perdida. Ahora vuelve a circular como parte de otra trama.

El cuerpo de Jorge Omar Cazorla todavía no pudo ser identificado. Pero ese pequeño objeto que comenzó siendo un regalo familiar y terminó convirtiéndose en evidencia forense volvió a salir a la superficie para inscribir nuevamente su nombre en la historia.

A menudo la memoria colectiva se piensa en términos de archivos, sentencias judiciales o conmemoraciones públicas. Pero también existe otra dimensión, más material y más silenciosa. La persistencia de las cosas.

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