Desde 1947, sanción del voto femenino, las mujeres argentinas podemos elegir rumbos políticos. ¿Cómo se caracteriza hoy nuestra participación democrática?

Por Anouk Rubini
Este 23 de septiembre, se cumplen 78 años desde la sanción del voto femenino a través de la Ley 13.010, también conocida como «Ley Evita» en honor a la militancia de la dirigente por este derecho.
«Las mujeres argentinas tendrán los mismos derechos políticos y estarán sujetas a las mismas obligaciones que les acuerdan o imponen las leyes a los varones argentinos», reza el Art. 1° de la Ley. En aquel septiembre del ’47, se reconoció por vez primera a las mujeres de nuestro país como sujetos de derecho político.
Lo que hoy damos por sentado costó decenas de años. Socialistas, anarquistas, radicales, peronistas y librepensadoras de todo tipo, con esfuerzo y en distintos momentos de la historia, llevaron adelante el deseo y la necesidad de participar de la cosa pública como ciudadanas plenas.
Desde El Resaltador conversamos sobre el voto femenino con la historiadora, docente de la UNC y becaria doctoral de CONICET María Eugenia Sánchez.
En esta entrevista historizamos la lucha por el voto femenino para pensar sobre sus características hoy y la creciente polarización política entre géneros, fenómeno creciente en Argentina y en el mundo.
Un vistazo a la historia: medio siglo de lucha
En 1821, Argentina estableció el voto directo, que contemplaba como electores a ciertos sectores de la población masculina, excluyendo otros tantos y por completo a las mujeres.
Hacia fines del S. XIX, regía un Código Civil que calificaba a las mujeres como «jurídicamente incapaces». Así, la mitad de la población argentina no tenía derechos económicos, educativos, patria potestad sobre sus hijos ni el derecho a decidir sobre la vida pública, entre otras restricciones profundamente discriminatorias.
En 1912, se sancionó la Ley Saénz Peña: voto secreto, obligatorio y «universal» masculino. Por supuesto, de universal no tenía nada. Ese universo se concebía desde la hegemonía e incluía solo a los hombres. Por fuera del universo, las mujeres continuaban excluidas de la democracia.
Eugenia Sánchez destaca el trabajo de historiadoras como Dora Barrancos en la recapitulación de la lucha por el sufragio femenino: en nuestro país, socialistas y librepensadoras como Virgina Bolten, Alicia Moreau de Justo, Julieta Lanteri y Cecilia Grierson incorporaron este reclamo en el feminismo de fines del S. XIX y continuaron con esta lucha entrado el S. XX.
Sin embargo, no sería hasta después de la Primera Guerra Mundial cuando las sufragistas alcanzaron mayor organización y madurez.
«La lucha por el voto tuvo avances y retrocesos. En 1919 lograron presentar el primer proyecto de ley y recién en 1932 la Cámara de Diputados trató el tema y le dio media sanción, pero fue desestimado en la Cámara Alta. Si bien existieron experiencias excepcionales, como la de San Juan que en 1928 le otorgó el voto a las mujeres, la cuestión no lograba avanzar en el Congreso«, explica Eugenia.
Internacionalmente, durante la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial los feminismos redirigieron sus luchas hacia el anti fascismo. Esto permitió expander la participación femenina en el espacio público, y crear condiciones fértiles para concretar el derecho al voto.
¿Y en Argentina?
Entre los reclamos globales y locales, el derecho al voto femenino ganó tanto terreno en la discusión que, para 1946, la lucha feminista había logrado instalarlo en el debate político. En las elecciones nacionales de ese año, casi todos los partidos prometieron el voto a las mujeres.
Sánchez retoma el rol clave de Eva Perón en esta conquista: «Eva se colocó al frente de la cruzada y militó la medida en fábricas y sindicatos femeninos. El día de la sanción en Diputados, el 9 de septiembre de 1947, logró movilizar a miles de mujeres hacia la Plaza de los dos Congresos y esperó junto a ellas la decisión. Los hombres que debatían sobre el destino de nuestra ciudadanía no podían obviar lo que sucedía en las calles».
La Ley fue promulgada el 23 de septiembre de ese año. «Con la sanción de la ley las mujeres accedíamos a una ciudadanía hasta entonces negada. No solo podíamos votar, sino ser candidatas y ocupar espacios de poder», remarca la historiadora.
Sin embargo, por supuesto que no fue fácil: el ingreso de las mujeres a la política como candidatas fue costoso y desigual, y algunos partidos ni siquiera llevaron mujeres a las listas.
La legislación para igualar la cancha vendría muchísimo mas tarde: «Recién en 1991 se promulgó una Ley que estableció que en las candidaturas legislativas las mujeres debían representar un mínimo del 30%. Unos años después, en 2017, la norma fue ampliada elevando el piso de la participación femenina en cargos electivos a un 50%«, destaca Eugenia.
Formando parte de los órganos legislativos las mujeres hemos podido tener voz y voto en debates tan trascendentales para nuestros cuerpos y proyectos de vida como el de la Interrupción Voluntaria del Embarazo.
Con gran esfuerzo y muchas veces pagando altos precios, desde el escarnio hasta la prisión o incluso la muerte, mujeres argentinas y de otros rincones del mundo lograron el voto femenino.
«Mujeres y feminidades fueron y van transformando sus vidas y las de otrxs en la lucha por la igualdad y contra la opresión», subraya la becaria doctoral.
¿Estamos viviendo una brecha electoral de género?
La polarización en las elecciones políticas de hombres y mujeres jóvenes se ha extendido en los últimos años, no solo en nuestro país sino globalmente.
El voto en las generaciones más jóvenes se encuentra notablemente dividido: más hombres se inclinan por opciones de derecha y más mujeres, por gobiernos de izquierda o progresistas.
¿Cuáles son las causas de este hecho social y político? Sánchez responde que es complejo generalizar, puesto que se trata de un fenómeno global articulado con múltiples expresiones locales, pero vale la pena ensayar respuestas.
Masculinidad en crisis, una explicación posible
La historiadora ofrece algunas vías para empezar a entender este fenómeno: «Acuerdo con los análisis que ubican el nudo de la cuestión en la propia crisis en la que nos coloca el sistema capitalista y patriarcal«.
«En un contexto de extrema vulnerabilidad son sobre todo los varones jóvenes quienes encuentran serias dificultades para responder al mandato de la masculinidad hegemónica de ser proveedores, procreadores y protectores», comenta Sánchez.
En esa vulnerabilidad, precaria y precarizante, donde «los discursos de la ultraderecha han logrado hacer mella porque presentan cierta esperanza en el futuro y capacidad de difusión«, analiza.
En ese sentido, son los partidos políticos de ultraderecha los que han conseguido capitalizar la desorientación y angustia para redirigirla, en lugar de contra el sistema capitalista y el patriarcado, contra feministas y diversidades sexogenéricas.
Además de construir enemigos, las opciones fascistas prometen la restauración de ese orden roto, en la que cada quién tenía un lugar establecido en la jerarquía y «los varones» ocupaban indiscutiblemente el poder.
El entrecomillado relativiza: ¿los varones ocupan el poder, como un bloque? o más bien, ciertos varones, algunos, pocos.
Y es que construir en las mujeres y feminidades al enemigo refuerza la solidaridad de clase masculina, el sentido de pertenencia a un grupo privilegiado, la adulación a los hombres considerados el pináculo del éxito por ser multimillonarios.
Enfocarse en las feminidades como enemigas a la vez que desvía el foco, crea identificación entre hombres pobres y los ricos más ricos, y así enturbia desigualdades de clase, interiorizadas como fracasos personales.
Los feminismos como chivos expiatorios
Profundizando en lo anterior, Sánchez comenta que las derechas «convierten a los feminismos en el chivo expiatorio de la crisis que sufre esa masculinidad y prometen restaurar un orden donde se tendrían garantizados los privilegios perdidos».
Desde narrativas individualistas propias del neoliberalismo postulan a un sujeto ideal, el emprendedor, capaz de salir de las penurias económicas solo a fuerza de la propia voluntad y esfuerzo. Así, el individualismo y la meritocracia se les presentan como medios para restaurar un orden que los feminismos y los progresismos habrían destruido.
Sánchez comenta que esa construcción de un otro que funciona como chivo expiatorio moviliza odios y fideliza un núcleo duro atraído «no solo por el contenido, sino también por las formas de la ultraderecha».
«Como señala Gabriela Mitidieri, la construcción permanente de chivos expiatorios por parte de estos grupos permite generar un ruido constante que desvía la atención de lo importante: los resultados económicos de su plan» sintetiza la historiadora.
El poder de las redes sociales
Eugenia Sánchez destaca el rol de las redes sociales y tecnologías «fuertemente entrelazadas con el poder económico», un aparato de enorme impacto puesto al servicio de expandir estos mensajes.
«Recuerdo una conversación con estudiantes donde uno de ellos me respondió: “y bueno profe, es lo único que nos llegó”, refiere la docente respecto a esa polarización y a los contenidos de ideología ultra conservadora que alcanzan gran difusión en redes sociales.
El voto femenino hoy: ¿por qué las mujeres jóvenes se vuelcan al progresismo?
Las mujeres y feminidades hemos sido interpeladas de una u otra forma por el feminismo y sus luchas por la igualdad, lo colectivo y contra la opresión, contrasta Sánchez.
La historiadora analiza cómo esas interpelaciones, pero también paradójicamente el propio rol que nos asigna el patriarcado de empáticas cuidadoras, contiene el germen de su desestabilización.
«El rol que nos asigna el patriarcado como madres y cuidadoras propicia que seamos reactivas ante las violencias de la ultraderecha. No es que no estemos en situaciones vulnerables, de hecho objetivamente la crisis del capitalismo nos coloca en peores lugares, pero fuimos y somos interpeladas por otros discursos y construimos subjetividades diferentes«, observa Sánchez.
Las feminidades pueden no sentirse convocadas por la ultraderecha porque reaccionan contra su violencia y discursos regresivos en materia de derechos, y/o por pensar otras salidas a las crisis, bajo modos colectivos e igualitarios.
Los feminismos, el «antídoto» a las ultraderechas
Más allá de la complejidad del fenómeno, «es necesario ensayar respuestas que nos ayuden a entender la realidad en la que todxs vivimos», subraya la historiadora.
Sánchez recupera a Julia Mengolini para pensar en los feminismos no como la causa de los males sino precisamente como una solución.
La interseccionalidad presente en muchos movimientos feministas entendió que el sistema patriarcal no puede desvincularse de otras formas de opresión estructuradas por el capitalismo.
«Frente a la exaltación de un individualismo funcional al neoliberalismo, los feminismos nos muestran la potencia de lo colectivo para disputar sentidos y proyectar una sociedad más igualitaria» concluye la historiadora.
Las perspectivas feministas proponen modos de ver, pensar y hacer al mundo que van a contramano de las lógicas del mercado y el individualismo, cuyo sujeto son las personas solitarias, desvinculadas de lo social, temerosas del Otro y reactivas por ese temor.
Es en este punto en donde las luchas de las mujeres y feminidades funcionan como antídotos a las ultraderechas: ofrecen otros modos de vivir y producir, de relacionarnos entre nosotrxs y con los demás seres vivos, ubicando en el lugar que corresponde al cuidado en su sentido amplio, a la empatía y al hecho ineludible de que nadie se salva solx.

