Este 11 de febrero se conmemora el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. Pese a los avances logrados en las últimas décadas, los escalafones más altos en ámbitos científicos siguen ocupados mayoritariamente por varones. Dialogamos con María Dolores Rivero, investigadora de CONICET, sobre los obstáculos que presentan las mujeres que deciden hacer ciencia.

Desde 2015, mediante la resolución 70/212, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) celebra el 11 de febrero como el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia.
La fecha destaca y promueve la igualdad de género en el campo científico y los desafíos del siglo XXI en el desarrollo, tecnología, creatividad e investigación sociocultural.
Según la UNESCO, “a pesar de los avances logrados en las últimas décadas, todavía hoy solo una de cada tres investigadores a nivel mundial es una mujer”, disparidad que se adjudica a las numerosas barreras que las científicas siguen enfrentando y que pueden obstaculizar su progreso en el campo o disuadir a las niñas de seguir carreras científicas.
¿Qué sucede en Argentina?
Acercando la óptica a nivel local, en el ámbito científico argentino la igualdad de género continúa siendo un desafío. «Creo que es importante resaltar que no me estoy refiriendo al acceso a carreras de posgrado: en efecto, podríamos decir que no hay brechas que indiquen profundas diferencias entre varones y mujeres en cuanto a las posibilidades de cursar, por ejemplo, maestrías y doctorados», aclara María Dolores Rivero -investigadora de CONICET y docente de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC)-.
A lo anterior, la investigadora agrega: «En todo caso, aquí sí es posible advertir que la línea divisoria se establece a partir de las condiciones socioeconómicas de quienes desean acceder a este tipo de formación (no es lo mismo cursar y solventar los gastos de un posgrado con becas o ayudas económicas provistas por entidades públicas o privadas, a tener un trabajo de 8 más horas y, en paralelo, continuar con los estudios)».
Te puede interesar: «En Córdoba, 47 de cada 100 personas trabajan en la informalidad»
De acuerdo a la entrevistada, las trayectorias en el sistema científico nacional suelen seguir un patrón: tras obtener un título de grado, se compite por una beca doctoral de cinco años; luego, una beca posdoctoral y, finalmente, el ansiado ingreso a la Carrera del Investigador Científico y Tecnológico (CIC) (el equivalente a esta expresión sería el ingreso a planta permanente).
«Este concurso es, a mi criterio, uno de los más difíciles de afrontar para quienes desean ser parte del engranaje del sistema científico argentino; no solo por los años de formación requeridos, sino también por la gran cantidad y variedad de criterios de evaluación que, como es sabido, se van modificando casi que año a año, junto con los/las integrantes de las comisiones evaluadoras», expone Rivero.
Pese a que podría pensarse que una vez “ingresados/as” los investigadores e investigadoras gozan de una suerte de beneficio (asociado, en general, a la idea de que “este trabajo es para siempre”), lo cierto es que las evaluaciones no cesan.
Para ir «subiendo» de categoría, los criterios «se definen a partir de cierta trayectoria en investigación, pero, fundamentalmente, considerando ciertos niveles de productividad».
Entre ellos, «publicaciones en revistas académicas de alto impacto, presentaciones en congresos nacionales e internacionales, formación de RR. HH., direcciones/ participación activa en proyectos de investigación financiados, publicaciones de libros, docencia universitaria, son solo algunos de los ítems revisados por las comisiones que encaran los procesos de evaluación de los y las postulantes», asegura la investigadora de CONICET.
Los escalafones más altos del sistema científico están ocupados mayoritariamente por varones
En el ingreso a carrera es donde la desigualdad se manifiesta con claridad: aunque la cantidad de mujeres en la CIC ha crecido desde los años 80, especialmente en áreas tradicionalmente feminizadas como Ciencias Biológicas y de la Salud o Ciencias Sociales y Humanidades, los escalones más altos del sistema siguen ocupados mayoritariamente por varones. Este aspecto lejos está de asociarse a una cuestión de «inteligencia» o «capacidad intelectual». ¿Por qué sucede?
Según Rivero, una de las principales barreras es la maternidad y las tareas de cuidado. Muchas investigadoras deben planificar su vida familiar en función de viajes de formación, estancias en el extranjero o concursos.
Algunas, incluso, postergan la maternidad hasta haber alcanzado ciertas metas académicas, conscientes de que los criterios de evaluación pueden ser excluyentes para quienes deben equilibrar la ciencia con la crianza.
Si bien el CONICET -mayor organismo científico público de nuestro país- ha implementado algunas políticas de género—como salas de lactancia, ayudas económicas para guarderías y cupos específicos en proyectos—las cifras muestran que la brecha persiste. Ni siquiera el hecho de que el organismo haya sido presidido por una mujer, Ana Franchi, ha sido suficiente para revertir la tendencia.
A este panorama se suma la incertidumbre política actual. La amenaza de desfinanciamiento y desmantelamiento del sistema científico argentino genera alarma, pero también refuerza la necesidad de defender los avances logrados en materia de equidad de género.
Porque, más allá de la coyuntura, garantizar que las mujeres puedan acceder y permanecer en las posiciones jerárquicas de la ciencia sigue siendo una deuda pendiente no solo en Argentina, sino en todo el mundo.

