En el Día del Jubilado alzamos las banderas de quienes, habiéndolo dado todo, aún ponen el cuerpo en la lucha contra la crisis: acá no se rinde nadie.

Por Anouk Rubini
«Esta sociedad es terriblemente prejuiciosa contra los viejos. Si reencarnara, me gustaría que fuera en esos lugares donde a la gente grande se la respeta mucho», me dice enojada una tía abuela.
Mi primera reacción mental es defensiva: ¿y por casa como andamos? Ustedes los viejos le echan la culpa de todo a la gente joven, también. Cuántas veces habremos oído que somos vagos, tarados o nuestros problemas poco importantes.
Por suerte en lugar de hablar, la escucho. En resumen, se siente descartable y sola en un mundo que le dio la espalda en cuanto dejó de ser «productiva».
(El entrecomillado es para hacer una digresión. Sería lindo e interesante pensar qué es ser productivo y por qué permitimos colectivamente que el sentido que le dio el capital a esa palabra se vuelva el único posible, con lo triste que nos pone).
Meses más tarde, en una actividad en el Museo de Antropologías, me encuentro con una señora de unos 65 años que se acerca a preguntarme por el evento que estaba teniendo lugar. Le cuento de qué se trata y la propuesta le encanta. Como hablar con ella es un gusto la conversación se extiende.
Me cuenta que se jubiló (se corrige con bronca, «me jubilaron») hace dos semanas. Ahora está como perdida, dice, pero después se vuelve a corregir: «estoy buscando qué hacer».
Estar buscando es muy distinto a estar perdido. Estar buscando es una actitud vital. En la charla me cuenta su irritación contra la gente que, con buenas intenciones, la manda a descansar. «Yo no quiero descansar. Mi vida sigue». Ella quiere involucrarse en mil cosas que le gustan. Se resiste a ser colocada en la pasividad de ver Netflix en la cama, me dice.
La escucho admirada. Se nota que está triste, pero aún así le pone onda y sale a descubrir qué puede hacer. Le cuento del Museo, de la Comisión de Personas Mayores, hacemos lluvia de ideas juntas: cosas por aprender, espacios por ocupar. Nuestro encuentro termina cuando la presento a mujeres y hombres que estaban participando de la actividad y veo con gratitud cómo la integran velozmente. Se va con ellos sin parar de sonreír.
Hoy es 20 de septiembre, el Día del Jubilado. Pienso en mi tía abuela, pienso en esa mujer y en los jubilados de los miércoles.
La efeméride se celebra en honor a la ley que habilitó las jubilaciones de empleados estatales, pero hoy toca pensarla en clave de interpelación: ¿qué lugar ocupan los viejos en la coyuntura que vivimos? ¿qué sentidos y formas particulares adquiere el envejecer, en este tiempo y sistema económico?

Luche como un jubilado
Lejos de estar por fuera de la discusión, las generaciones +60 están en el ojo de la tormenta. Resisten palos todos los miércoles defendiendo su derecho a vivir. A juzgar por los tremendos operativos policiales, el Gobierno Nacional los eligió como principales contrincantes.
Si algo caracteriza a esta gestión es ser débil con los poderosos y fuerte con los débiles. Pero también, a la par, esa violencia estatal desatada es un reconocimiento: la tesonería de los viejos amenaza su proyecto.
Los jubilados, que a menudo ni siquiera consideramos parte de la arena pública. Es que no son «productivos» en un sistema que coloca a la productividad en el centro del valor humano y descarta sin miramientos los cuerpos que ya no le sirven.
Los jubilados, que a menudo desoímos, pensando que lo que vivieron es pasado y que ahora las cosas son simplemente distintas, como si la historia no fuese un espiral lleno de analogías.
Los jubilados que pusieron su vida en los cimientos de este presente. Que por biología y sapiencia hablan lento, andan lento, en un mundo vertiginoso.
En el Día del Jubilado quiero pensar en esos que se plantan. Nos vienen a mostrar que la resistencia popular no se retira y que no hay lugar para el derrotismo, que mientras haya vida, hay contestación.
Este 20 de septiembre observe, tome nota y aprenda a luchar como un jubilado.
Para fabricar la resistencia hay que ser creativo
Desafiar al sentido común no es solo útil, es también urgente y necesario. Si bien sus categorías nos guían en la navegación de fenómenos complejos, fijarlas demasiado limita nuestra comprensión.
Por ejemplo, asociamos la juventud a: pulsión de vida, cambio, movimiento, contestación, rebeldía, romanticismo, ímpetu, utopía, arrebato… y la lista continúa. Si seguimos esa línea, nos inclinamos a pensar fundamentalmente en las personas jóvenes como agentes de cambio y resistencia frente a las ultraderechas.
De este lado del mundo, acostumbrados a pares binarios y opuestos, le queda a la vejez ser pensada como todo lo contrario: descanso, quietud, muerte, antigüedad, conservadurismo, pasado, inacción, sabiduría y calma son algunas de las ideas que sobrevuelan cuando pensamos en «lo viejo». A priori, no los vemos protagonistas.
Pero si tomamos distancia y miramos las noticias: ¿Los viejos argentinos están realmente quietos? ¿Los jóvenes somos tan utópicos? ¿Qué nos perdemos cuando sometemos lo vivo a los lentes de la generalización? ¿Y qué podemos ganar cuando nos animamos a verlo en acción?
Para fabricar la resistencia social a los males que nos someten, hay que pensar creativamente qué pasa con aquellos grupos que el sentido común coloca bajo el radar.
Dónde están los jóvenes que no activan
Hoy se suman otros significantes para pensar lo joven. Sentidos menos ligados a la potencia y la rebeldía, o potencia y rebeldía paradójicamente conservadora, reinstalando con violencia órdenes viejos.
Ansiedad, desesperanza, hastío y desorientación son otros buitres que sobrevuelan la juventud.
las minas en onlyfans y los chabones metidos en las apuestas. la generación que se venía a replantear todo volvió a las tradiciones de los abuelos, la prostitución y el casino
— Fuego 🇦🇷 (@fuegotenes) June 26, 2023
Muchos jóvenes estamos entrampados: imaginar otra cosa que no sea un colapso económico y ecológico inminente es cada vez más difícil y es ésta una de las grandes conquistas del «realismo capitalista» del que habla Mark Fisher. Nuestra capacidad de imaginar otros mundos posibles, otras formas de organización social, se encuentra de momento colonizada. El capitalismo tal y como lo conocemos se nos presenta como la única forma realista y posible de existir, incluso para quienes no lo quieren.
Cada generación es hija de su respectiva era. ¿Qué anda pasando entonces, con los jóvenes de esta era?
Acá, algunos ejes. Se cayeron las grandes narrativas que otrora daban sentido colectivo a las derivas sociales. La desigual distribución de la riqueza es cada vez más acentuada, somos incapaces de lograr los mismos hitos materiales que nuestros padres o siquiera poder vivir dignamente con un solo trabajo. La masculinidad entró en crisis y las ideologías de ultra derecha han sabido hincarle el diente a estas flaquezas para direccionar la frustración a clases subalternas. Además, como lo explica Geert Lovink, las redes nacieron para convertirse en la nueva esfera pública. Ellas son lo social y sostienen una relación amorosa con la subjetividad capitalista: su fruto es la proliferación de individuos aislados, distraídos, consumidores ansiosos, narcisistas y depresivos.
La socialidad digital estimula lo que Byun Chul Han explica como una asimilación mental de la opresión bajo la figura del emprendedor. Somos nuestro propio jefe en el peor de los sentidos: nos obligamos constantemente a producir, nos entregamos a lo veloz sin contemplación, el dinero o su ausencia definen nuestro valor humano y los fracasos sociales de un modelo económico excluyente se vuelven fallas personales, interpretadas como vagancia y mediocridad.
Tales son algunos de los signos de época que atraviesan a la juventud.
Los jóvenes estamos cansados, y las razones son válidas. Una parte importante de la juventud languidece apática y entregada a lo que percibe como un «ya fue» global. Para qué perder tiempo pensando en algo colectivo, los esfuerzos son fútiles, mejor que cada quien intente vivir —y explotar— su vida como pueda. Por supuesto, sale mal.
Habrá quienes juzguen ese estado de ánimo como debilidad o falta de carácter. Otros afirman que no hubo peores momentos que el actual. Quizás lo más pertinente sea, sin establecer comparaciones absurdas, tratar de comprender los fantasmas de este tiempo para elaborar el contraataque.
Los rebeldes de los miércoles
Ahora bien, allí donde muchas personas jóvenes se despolitizan entregadas al doomscrolling y al alivio escapista que ofrece el consumo, los viejos vienen a mostrarnos lo contrario: mientras haya vida hay cosas por hacer.
Nuestros jubilados son ejemplo de resistencia popular. Al escritor José Saramago se le atribuye la frase «Ni la juventud sabe lo que puede, ni la vejez puede lo que sabe». Pero los viejos argentinos sí que pueden lo que saben. Cada semana enfrentan con bastón a los poderes más rapaces. En toda su vulnerabilidad, con toda su fuerza, estos rebeldes ponen el cuerpo y la organización colectiva contra un modelo que los empuja a la muerte.
Lo vivieron todo: dictaduras (muchas), noches de bastones largos y de lápices, carpas blancas, trueques, hiperinflación, crisis, días prósperos de democracia, días felices que supieron conseguir. Y es por esto que saben que la puja nunca está dada. Precisamente, nunca está dada: tiempos oscuros y felices se alternan, gracias a la misma lucha tenaz que exhiben hoy.
Si ellos continúan, si ellos no tienen miedo, o lo tienen y aún así salen a la calle lo cual es mayor coraje, ¿cómo no recoger la antorcha? ¿Con qué cara nos entregamos tan dócilmente a que hagan lo que quieran con nuestra oportunidad de vivir?
Claro que ojalá hubiera menos lacras tan deseosas de robarnos la alegría. Pero simplemente no es el caso y actuar no es opcional. Nos toca a las hijas e hijos de la democracia sostener colectivamente los tiempos prósperos que conocimos y cometimos el error de dar por sentado.
Pienso en la frustración de las y los jubilados que se sienten ignorados, apartados, dejados a su suerte en los márgenes de un sistema económico y social que se los quiere sacar de encima.
Pienso en la tristeza y la bronca de mi tía abuela, la señora del Museo y de tantos otros. Pero también pienso en sus alegrías, su lucha contra el olvido y el abandono, en la testarudez hermosa con la que reclaman lo que les pertenece por derecho.
En el Día del Jubilado, recuperemos lo que nos enseñan: hay que saber dar la pelea desde lugares cotidianos; cuidarse cuando abruma o lastima; cuidarnos entre todxs, amorosamente, solidariamente. Entender que somos muchísimxs, pero que desunidos no somos nada; que si no nos ordenamos, si no actuamos agentes de nuestras vidas, nuestro país, nuestra casa común, otros vendrán a determinar nuestro destino en su beneficio.
Cuando nos sintamos perdidos busquemos el norte en esos viejos. Hoy, más que nunca, luchemos como un jubilado.

