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Celebrar la amistad: lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida

Publicado por:El Resaltador

El tono de época está signado por la producción de una subjetividad liberal cada vez más atomizada. Habitamos la paradoja de estar hiperconectados e hipercomunicados, para afectiva —y efectivamente— no estarlo. Pareciera que cada vez nos cuesta más salir afuera, estar presentes, sostener encuentros y espacios, compartir el mundo. Cada vez resulta menos pesaroso pensarse en soledad: “es muy difícil vincularse”, me dijo hace algún tiempo entre risas y cara de horror una amiga. 

Por Lucrecia Yedro, Licenciada y Profesora en Psicología

Toda forma de hacer política recoge algo de lo que comienza a caldearse en lo social para entonces ponerle un nombre, ordenar el discurso y crear un símbolo.

Un partido que gana las elecciones es también un aparato frente al cual las mayorías se han sentido —al menos en parte— interpeladas, contenidas y representadas. Al mismo tiempo, toda forma de hacer política propone una forma de vida y de hacer comunidad.

Es muy distinto decir que la patria es el otro, a construir un enemigo interno para todos los argentinos de bien. Es muy distinto convocar a un nosotros que señalar a quienes sobran.

Presenciamos un desmantelamiento acelerado de las instituciones que sostienen nuestro entramado social. Se nos comunican más las medidas de ajuste y recorte que aquello que  se está promoviendo o construyendo. Vemos caer la actividad económica y el salario. Mi sensación es que los ánimos andan cansados y entristecidos: alicaídos, esa es la palabra precisa.

En este contexto, encontrarse es tan urgente como difícil. Se nos dice que las relaciones cercanas y significativas dan sentido, abrigan nuestra salud mental y prolongan la vida. Yo pienso que son un antídoto contra el aburrimiento y el pesimismo cínico y pedante que paraliza. Para un sur empobrecido, la amistad se vuelve proyecto, aspiración y tesoro. En efecto, algo inapropiable: lo que queda cuando incluso queda poco.

La amistad es un encuentro azaroso y alegre. Un pacto sin mucho marco reglamentario ni estructura. No necesita un momento fundante para su origen ni tampoco para su fin. Después de la infancia dejamos de preguntar: “¿querés ser mi amiga?”. Acontece y deja de hacerlo: “No sé cómo nos hicimos amigas y tampoco sé por qué dejamos de juntarnos”. Tampoco exige ni pregunta por la medida de su reciprocidad, o no al estilo de otros vínculos, o se siente un poco extraño cuando lo hace. Quizás por esto da más lugar a la invención y a la construcción de algo nuevo, algo propio: cada amistad construye su código y lealtad.

Pareciera ser el vínculo que más practica la aceptación. Nos presiona poco con expectativas y demandas. Sus signos de amor son extraños y eventuales: un mensaje, una invitación, algunas palabras, un regalo gracioso, un abrazo. Formas de atención: me detuve para mirarte

Los feminismos y los movimientos queer pusieron en cuestión muchas formas instituidas de vincularidad, esas que precisamente merman el sentido común y se presentan como: naturales, universales, esenciales.  Profanaron la sacralización de la pareja, el matrimonio, la maternidad y la familia. Pero, para mí, lo más interesante es que respecto a la amistad vinieron a decirnos: acá también hay algo importante y valioso.

Pienso que las amistades tienen una particular capacidad de sacarnos del ensimismamiento. Se fortalecen en la conversación que entretiene, anuda y revela cosas. Nada parece tan terrible cuando se lo contamos a una amiga. Los dolores suenan a anécdotas, y entonces comienza a tramitarse el embate. Nos ayudan a pensar y decidir de otra manera; pensar y decidir mejor. A veces, solo son una pausa, una huida, una bocanada en el naufragio. Están ahí, sabemos que están ahí, incluso cuando no están ahí.

La amistad es el refugio que hospeda nuestra extrañeza y también nuestras miserias. Nos permite mostrarnos; en definitiva, nos tolera. Y por esto mismo, quizás, no es una zona libre de conflictos: esa alteridad nos deja perplejas, nos decepciona, nos irrita. Nos obliga a movernos y mutar, nos ejercita en la porosidad.

La amistad necesita ciertas condiciones para surgir: no es accesible ni inmediata, como cosa otra. También necesita ser nutrida y cuidada para que subsista y crezca. Contra todo pronóstico favorable, pareciera ser condicional y fatalmente frágil. Lejos de la racionalidad acumulativa, es un lugar que invita a poner y dar inútilmente (el resultado, con seguridad, da pérdida: de energía, tiempo, dinero): “siento que no me suman en nada” Claro, definitivamente. 

Pienso entonces, que es un compromiso —en su sentido etimológico: prometer juntos— mutuo y tácito de no daño y cuidado. Nos sujeta a una afirmación, a una verdad. Es una suerte de amarre a la incertidumbre de la vida, a querer vivir, a querer seguir viviendo, pese a todo.  

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