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La memoria persistente

Publicado por:El Resaltador

El documental de Santiago Sein tendrá un reestreno especial en el Cineclub Municipal. A partir del hallazgo de películas estudiantiles que se creían perdidas desde la última dictadura, Para hacer una película solo hace falta un arma reconstruye la historia de una generación de cineastas que el terrorismo de Estado intentó borrar.

Santiago Sein, director de Para Hacer una película solo hace falta un arma

Por Cecilia Oliveras

Marta Dillon escribe en Aparecida que los nombres y los cuerpos que ella guardó en su memoria desde niña «no eran una comparsa de fantasmas sino historias y cuerpos animados, capaces de sufrir, de resistir y de morir; no sólo de desaparecer». Esa frase podría ser el epígrafe de la película de Santiago Sein, porque Para hacer una película sólo hace falta un arma es exactamente eso, un acto de resistencia contra la desaparición, una demostración de que la memoria tiene una obstinación que supera la voluntad de borrarla.

Durante años, quienes pasamos por la carrera de cine de la UNC creímos lo que nos habían contado, que durante la dictadura la escuela había sido cerrada y todo el material producido antes de esa fecha había sido destruido. Era una certeza triste, pero asumida. 

Esa versión comenzó a resquebrajarse cuando, tras unas reformas edilicias, unas latas fueron encontradas en un aula. El centro de estudiantes, creyendo que era material publicitario sin valor, las repartió. Importaban las latas, no su contenido, y muchas películas terminaron descartadas. Que algo sobreviviera se debe a que la noticia llegó a tiempo a Sein, quien hace un trabajo fundamental como director del Centro de Conservación y Documentación Audiovisual de la UNC y supo enseguida que ahí había algo para rescatar. Recuperó lo que quedaba, algunos pocos cortos y muchos fragmentos, rastros, escenas sueltas, y entendió el peso de lo que tenía entre manos. Que algo haya sobrevivido es casi un milagro, o algo más terco todavía, la resistencia de la materia.

Este año, mientras la película circula por cines y festivales, el suelo de La Perla, el centro clandestino de detención que operó a pocos kilómetros de la ciudad, sigue entregando restos óseos de desaparecidos que el Equipo Argentino de Antropología Forense identifica y devuelve a sus familias. La coincidencia no es menor. Al igual que esos cuerpos, las películas aparecieron. Y gracias a ellas podemos intuir qué pensaban, qué anhelaban, qué filmaban esos jóvenes que la dictadura quiso borrar.

Lo que hace notable a Para hacer una película sólo hace falta un arma no es sólo el valor del archivo recuperado sino lo que Sein hace con él. Entre esas latas hay imágenes inéditas del Cordobazo, de Ezeiza y también el registro de la liberación de los presos políticos en 1973, con primeros planos de manifestantes que ningún noticiero de la época se hubiera permitido mostrar. Hay además una pieza, «Estudiantina» de 1965, que funciona casi como una cápsula de la vida cotidiana de jóvenes universitarios, despreocupada y luminosa. Todo ese material, por sí solo, ya sería un hallazgo invaluable para la historia política y social de esos años. Pero Sein no se queda en el inventario, a partir de esos fragmentos, reconstruye la experiencia  de una generación de estudiantes y realizadores que intentaron hacer cine en condiciones muy complejas. 

El sonido de esas filmaciones no llegó a nuestros días. Las cintas magnéticas se deterioran mucho más rápido que el celuloide y frente a ese vacío, Sein toma una decisión: imaginar y escribir la voz de Rudy Wratny, sonidista y figura central de ese grupo, y montarla como un diario sonoro, sobre esas escenas silenciosas.  La película no disimula ese gesto, lo deja a la vista, y eso es justamente lo que le permite ser fiel sin caer en la impostura, lo que falta también se vuelve parte del relato. La  presencia de Rudy  vertebra la película y le da un espesor humano y concreto a lo que de otro modo podría quedarse en la abstracción del documento histórico.

Detrás de esa decisión hay años de trabajo casi detectivesco. Identificar quién era cada uno de esos rostros jóvenes que aparecían filmando, riendo, discutiendo, llevó entrevistas, archivos, testimonios cruzados. Y cuando los nombres empezaron a aparecer, lo que se reveló fue un mapa mucho más amplio de lo esperado, gente como Rudy, Oscar Moreschi o Roberto Videla, conviviendo con Pierre y Gerard, cineastas franceses que habían llegado a la Córdoba de esos años y que después pagaron ese paso con cárcel y exilio. La película elige no detenerse en todas esas historias por igual, pero las deja asomar lo suficiente como para que el espectador entienda que lo que tiene delante es apenas la parte visible de algo mucho más grande.

Esa misma lógica de revelación progresiva es la que estructura buena parte del relato. Hay escenas que al principio parecen anodinas, un grupo filmando algo cotidiano, y que después, cuando se entiende el contexto en el que fueron tomadas, cambian completamente de sentido. Esa es la verdadera tensión de la película, ir descubriendo, junto con quienes la hicieron, qué es lo que realmente se estaba mirando.

El film también tiene su contrapunto siniestro. Federico Alegre, un infiltrado que terminó poniendo su oficio al servicio del régimen. Fue él quien realizó, por encargo del propio Menéndez, una película reivindicativa del Operativo Independencia. Y todo indica que su cercanía con la represión no se limitó a eso, sino que fue quien señaló a sus propios compañeros de estudio. 

La dictadura cívico militar intentó destruir no sólo cuerpos sino también imágenes, ideas, voces, proyectos. Cerró la escuela, borró el material, silenció a quienes hacían cine con convicción política. Y sin embargo, como escribe Dillon sobre los restos de su madre, «toda esa vida en su ausencia se me venía encima». Algo parecido ocurre con estas imágenes recuperadas. Cuando aparecen en pantalla, cuando esos rostros jóvenes y apasionados llenan el cuadro, todo el peso de lo que fue arrasado y todo lo que sobrevivió se superponen. Hay algo muy vivo en estas imágenes, una energía latente, como si esas películas inconclusas, fragmentarias o heridas siguieran dialogando con el presente. Esa energía no estaba simplemente depositada en el celuloide esperando ser descubierta. Sein la encontró, la articuló, la puso en movimiento.

En un momento en que el negacionismo ha vuelto a instalarse en el discurso oficial y la memoria y los derechos están en disputa, este trabajo encuentra una resonancia muy contemporánea sin perder nunca su potencia cinematográfica. Su sola existencia es un argumento. Las latas rescatadas son una prueba. Y con la misma terquedad con que la tierra de La Perla sigue «apareciendo» los huesos de los militantes, esas imágenes, a través de la voz que Sein imaginó para Rudy, vuelven a hablar. 

Reestreno en el Cineclub Municipal

Tras su recorrido por festivales y salas del país, Para hacer una película solo hace falta un arma tendrá un reestreno especial en el Cineclub Municipal Hugo del Carril con funciones el jueves 30 de julio (17.45), viernes 31 (15.30 y 21), sábado 1° de agosto (17.45), domingo 2 (15.30 y 21), lunes 3 (17.45), martes 4 (15.30 y 21) y miércoles 5 (17.45).

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