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Hay esperanza porque hay comunidad organizada

Publicado por:El Resaltador

En el barrio se sabe. Se sabe quién produce, quién necesita, quién enseña, quién sostiene. Se sabe quién abre el club los sábados para que los chicos tengan dónde estar, quién arma la feria para que los vecinos puedan comprar y vender, quién organiza la copa de leche, el taller, la huerta. Antes de que llegue cualquier política pública, ya hay alguien que llegó.

Por Javier Miranda de Otra Córdoba — Cooperativa de Desarrollo Económico Territorial

Una economía que ya existe y que sostiene a Córdoba

Un informe reciente del CONICET y las universidades nacionales de Córdoba y Río Cuarto (coordinado por las investigadoras Julieta Quirós y Karina Tomatis) lo confirmó con datos: 1 de cada 4 personas económicamente activas de la provincia trabaja en la economía popular, y sus hogares sostienen al 37% de la población cordobesa. No es un sector marginal. Es la columna vertebral silenciosa de muchas comunidades.

Son las costureras que trabajan desde casa y sostienen pedidos de uniformes escolares. Son las cooperativas de reciclado que resuelven lo que el mercado formal descarta. Son los productores de alimentos que abastecen al barrio sin que nadie lo registre en una estadística. Son emprendedores que combinan dos, tres actividades —el 60% es pluriactivo, dice el estudio— para llegar a fin de mes. Trabajan mucho: el 73% está sobreocupado, con jornadas que superan en un 45% la jornada estándar. Y aun así, más de la mitad vive bajo la línea de pobreza. No por falta de esfuerzo. Por falta de condiciones.

Las organizaciones comunitarias conocen esa realidad desde adentro. El club, la cooperativa, la asociación de vecinos, la mutual: son ellas las que ven de cerca qué necesita cada unidad productiva, qué obstáculo frena a cada emprendedor, qué recurso podría transformar una situación estancada. Ese conocimiento territorial no tiene precio. Y es el punto de partida de cualquier política que quiera funcionar de verdad.

En la economía popular, el liderazgo tiene cara de mujer. Son ellas quienes convocan, quienes sostienen, quienes no se van cuando el financiamiento se corta o la reunión se complica. Son las que conocen el nombre de cada familia, las que saben qué vecina perdió el trabajo y qué cooperativa tiene un lugar disponible. Las que tejen, en silencio y sin cargo formal, la red que hace posible que una comunidad funcione. Ese liderazgo no es un dato menor: es el activo más valioso que tiene la economía popular, y cualquier política que ignore ese protagonismo está construyendo sobre arena.

Lo que el Estado construyó: un piso que vale

En los últimos años, la provincia hizo cosas importantes. Creó el primer ministerio del país dedicado exclusivamente al cooperativismo y el mutualismo —el MinCoopCOR— con presupuesto propio y rango político de primer nivel. Lanzó programas de financiamiento con aportes no reembolsables para equipamiento, infraestructura y capital de trabajo. Impulsó Punto Coop para visibilizar productos cooperativos en circuitos de comercialización. Creó la Escuela de Cooperativas y Mutuales. Desde el Ministerio de Desarrollo Social, el Programa de Fortalecimiento de la Economía Popular y el Banco de la Gente llevan años intentando llegar con crédito y asistencia técnica a quienes trabajan por fuera del sistema formal.

Ese piso importa. Las políticas públicas activas —los recursos que generan trabajo, que acompañan personas, que construyen comunidad— no son un gasto: son inversión social. Sostenerlas, ampliarlas y mejorarlas es parte de la disputa que vale la pena dar.

Lo que falta: el último kilómetro

Y sin embargo. El mismo estudio que citamos revela que apenas el 17,6% de los trabajadores de la economía popular tiene algún vínculo efectivo con políticas públicas. No es por desinterés: hay amplia disposición a participar. Es porque el formulario es difícil, el trámite requiere un profesional que nadie tiene, la plataforma digital no responde, el tiempo para postularse no existe cuando estás trabajando doce horas al día.

El andamiaje institucional está en pie. Lo que falta es el último kilómetro: la presencia concreta, continua, en territorio. Alguien que se siente con el emprendedor a ordenar los números. Alguien que acompañe la postulación al programa. Alguien que conecte a la cooperativa con el mercado que necesita para crecer. Alguien que conozca el barrio, no solo el formulario.

La propuesta: unidades productivas territoriales con comunidad organizada

En Otra Córdoba creemos que la solución no viene de arriba ni de afuera. Viene de fortalecer lo que ya existe: las organizaciones que están en el territorio, que conocen a las personas, que tienen la confianza construida.

Trabajamos en tres ejes concretos. Primero, la formalización: acompañar a cada unidad productiva en su situación contable, impositiva y legal para que pueda acceder a los recursos que ya están disponibles. Segundo, el acceso a financiamiento: traducir necesidades concretas al lenguaje de los proyectos, articular con programas públicos y privados, acompañar las postulaciones. Tercero, la comercialización: construir una red que conecte productores, organizaciones, espacios de venta y consumidores, porque el 84% de las ventas de la economía popular hoy se resuelven en el barrio, y eso tiene un techo que se puede ampliar colectivamente.

Lo que imaginamos son unidades productivas territoriales: espacios donde el club, la cooperativa, la asociación y el emprendedor se encuentran, comparten recursos, acceden a herramientas y se conectan con el mercado. No como estructura burocrática, sino como red viva, anclada en lo que ya funciona.

Hay esperanza porque hay comunidad organizada. Porque el motor ya existe. Porque en cada barrio de Córdoba hay personas que trabajan, producen, cuidan y sostienen sin esperar que nadie llegue a decirles cómo. Lo que necesitan no es que alguien les resuelva la vida: es que el acompañamiento llegue más cerca, más seguido, más a tiempo.

Eso es lo que hacemos. Eso es lo que queremos seguir construyendo.

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