El Mundial 2026 dejó tras de sí un intenso debate sobre el racismo en nuestro país que comenzó en redes sociales y se trasladó a las mesas, la calle y los medios de comunicación. ¿Es Argentina un país racista? Para responderlo conversamos con Guillermina Espósito —docente universitaria, investigadora y doctora en Ciencias Antropológicas— sobre qué es y cómo funciona el racismo, la variedad de modos en que se expresa y por qué las vivencias de otras latitudes no alcanzan para explicar lo que sucede con nosotros.

Por Anouk Rubini
Recordaremos la Copa del Mundo 2026 no solo por ser el último Mundial de Messi y el que nos hizo subcampeones, sino también por el cruce de opiniones que nos puso a hablar de racismo y Argentina.
Una mezcla de cuentas verificadas, bots, gente común y personas famosas del espectáculo, el deporte y la política, desde todas partes del globo, se trenzaron en extensos comentarios (muchos con escasa profundidad analítica o histórica) respecto a si Argentina es o no es «un país racista».
Desde El Resaltador pensamos esa pregunta junto a Guillermina Espósito: docente del Departamento de Antropología en la FFyH, UNC, investigadora independiente de CONICET y doctora en Ciencias Antropológicas, especialista en procesos históricos de etnogénesis, políticas indigenistas y memorias e historia indígena en nuestro país.
En el diálogo distinguimos la multiplicidad de ángulos presentes desde los cuales abordar la pregunta por el racismo en Argentina, apuntando no solo hacia la coyuntura actual sino a la historia de cómo las élites de nuestra nación nos imaginan y a quiénes eligieron dejar afuera.
Algunos antecedentes de la disputa online
Episodios pasados en el fútbol ya nos habían puesto bajo la lupa internacional: puntualmente el Mundial Qatar 2022 y la Copa América 2024, en relación al canto de cancha que señala la negritud de los jugadores franceses —en particular de su estrella Kylian Mbappe— como un rasgo que deslegitima su pertenencia nacional europea: «Escuchen/Corran la bola/Juegan en Francia/Pero son todos de Angola».
En 2022 ya había comenzado a circular en el discurso online internacional la idea de que nuestra selección es racista porque no tiene jugadores «negros» -o en otras palabras, personas que desde la óptica mediante la cual el Norte Global entiende la raza, puedan leerse como «negros»-.
Allí comenzó una equivalencia de un simplismo atroz que explotó con todo su fervor en el Mundial 2026. Bajo este razonamiento, las selecciones europeas con jugadores de ascendencia africana se convirtieron en sinónimo de países benevolentes e inclusivos, mientras que el hecho de que Argentina careciera de estos jugadores solo podría significar que nuestro país asesinó, vía genocidio, a toda su población negra. Ese tren de pensamiento fue la chispa de lo que los medios luego bautizaron como la «campaña anti-Argentina».
Espósito afirma que en el Mundial 2026, según relevamientos de la conversación digital realizados por distintas consultoras, los meses mundialistas estuvieron signados por cientos de miles de menciones vinculando a la Argentina con el racismo, con Israel y usando el término «ArgenFIFA» (conspiración respecto a que el progreso argentino en la competencia fue resultado de corrupción y arbitrajes favorables).
En esa discusión abigarrada hay capas superpuestas. La investigadora distingue una capa futbolera de los discursos, en donde siempre los campeones generan «relatos de superioridad moral sobre el perdedor», aunque esta vez destaca que «la prensa española y británica lo hicieron con una violencia particular («Fútbol 1, delincuentes 0″, tituló el Telegraph)». Luego, señala la capa de figuras públicas, como el caso del actor Samuel L. Jackson, «que vieron en la ausencia de jugadores negros en la Selección una prueba de racismo».
«Ahí hay un doble problema. Primero, exportar la forma que toma el racismo en Estados Unidos sobre una sociedad que racializa de otro modo«, señala Espósito, afirmando que tal operación sería medir a la Argentina con una vara que no es la propia.
El segundo problema es confundir la mera existencia de jugadores negros con la prueba de ausencia de racismo. «El argumento se da vuelta solo: la razón por la que selecciones como la francesa o la inglesa tengan tantos jugadores negros es justamente su historia colonial. Y que la selección estadounidense tenga jugadores afroamericanos tampoco dice nada bueno sobre Estados Unidos: no borra ni un poco el racismo brutal que ese país tiene puertas adentro», explica la antropóloga.
Milei no es la mejor carta de presentación ante el mundo
Además en esta coyuntura política actual, Espósito añade una tercera capa en los discursos «anti-Argentina»: la geopolítica.
No ayuda que nuestro representante de cara al mundo sea el ultraderechista Javier Milei. Desde fines de 2023, la política exterior del gobierno libertario se basa en una alineación intransigente con Estados Unidos e Israel, países con gobiernos también ultraderechistas que ejecutan un genocidio en Palestina mientras bombardean Irán y el Líbano.
A ello se suman hechos como que nuestra nación quedara al lado de estos dos países como los únicos tres Estados en el mundo en votar en contra de que se declare al Tratado Transatlántico de Esclavitud y la esclavitud racializada como «el crimen de lesa humanidad más grave de la historia» en la ONU.
La Libertad Avanza es también el espacio político que intenta sacarle un rédito absurdo a la campaña en nuestra contra: el legislador libertario Agustín Romo propuso en Buenos Aires un proyecto de arancelamiento a la educación y la salud para extranjeros (pobres), a la par que su gobierno impulsa a nivel nacional la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada que le vende sin límites nuestro territorio a extranjeros (millonarios).
«En Argentina, el oficialismo encontró en la polémica un insumo para su propia batalla cultural, presentando cualquier crítica externa como parte de una conspiración progresista contra Milei, lo cual termina beneficiando a la narrativa oficialista tanto como perjudicando la imagen del país en el exterior», apunta Espósito.
Para la antropóloga no tiene sentido afirmar que el Presidente causó por sí solo la campaña contra Argentina, pero es indudable que su figura y su proyecto político alimentaron la idea con hechos concretos. Y que esto explica parcialmente por qué, en algunos momentos de este Mundial, Argentina «no tuvo que ser inventada como racista y sólo le alcanzó con mostrarse», explica Espósito.
Y afirma: «Milei no es un actor pasivo: se posicionó activamente como referente internacional de la ultraderecha. Viaja seguido a foros donde comparte escenario con Trump, con Bukele, con Vox, y en 2024 lo presentaron en la CPAC de Buenos Aires como el elegido para «expandir el proyecto ultra» a toda Latinoamérica. Esa asociación tan explícita con un espacio que mezcla nacionalismo, negacionismo climático y discursos antimigratorios es, de por sí, algo que el mundo lee y que le da material a cualquiera que quiera pintar a la Argentina de racista«.
A ese rol en la derecha internacional se suman las políticas nacionales que favorecen diversas formas de discriminación: el cierre del INADI, el endurecimiento de la política migratoria, la intención de salida de organismos de derechos humanos como el Consejo de la ONU. Al respecto, la especialista observa que si bien «ninguna de estas medidas «es sobre racismo» en sentido estricto, todas construyen la imagen de un Estado que se corre del lugar de garante de derechos«.
Y sí son racistas, en el ámbito de la calle online, las publicaciones en redes sociales de los propios funcionarios del Gobierno Nacional en pleno clima mundialista.
«Santiago Caputo, el principal asesor presidencial, publicó en X, tras la eliminación de Brasil: «Qué piedra se volvió ser negro. Es culpa de Hollywood.» El diputado libertario Agustín Romo atacó a Mbappé diciéndole que «juega para el país que esclavizó, traficó y vendió a sus ancestros», que puede pensarse como una declaración racista disfrazada de discurso anticolonial. Quiero decir, antes de que empezara la ola de acusaciones contra la Argentina, en el círculo más cercano al poder ya circulaba racismo explícito dirigido hacia jugadores negros de otras selecciones. Esto no borra nada sobre lo desproporcionado de la campaña que vino después, pero sí se puede decir que parte de la leña que alimentó ese fuego la puso el propio gobierno«, argumenta la especialista.
Volviendo a la pregunta: ¿qué pasa con el racismo en Argentina?
La respuesta defensiva ante el ataque simultáneo no tardó en llegar: argentinos de todos los colores de piel; migrantes de otros países que vinieron a vivir acá o que, sin hacerlo, insisten en la hipocresía y el reduccionismo de muchos argumentos «anti-Argentina»; expresiones de turistas afirmando que no hay racismo porque tuvieron buenas experiencias en su visita al país, etc.
Textos y videos multiplicaron mensajes de apoyo, hermandad latinoamericana, vivencias personales positivas y reflexiones que piensan y comparan el racismo local desde lo normativo, lo estadístico y los datos históricos con lo que sucede en otros países; muchas personas, especialmente de países hermanos, remarcaron críticamente la conveniencia política para los grandes poderes del Norte Global de mantenernos peleando entre nosotros mientras se llevan nuestros recursos.
Desde el punto de vista legal, se enfatizó por ejemplo que Argentina iguala derechos de extranjeros y nacionales en el acceso a la educación y la salud (justamente lo que Romo quiere derogar) y que tiene una de las nacionalidades más accesibles del mundo. Desde el ángulo histórico, que la libertad de vientres fue en 1813 y la abolición de la esclavitud en 1853. Desde el sentir popular, que Argentina es un país que le abre las puertas a todos por igual, solo se necesita amarlo. Que acá «todos nos mezclamos entre todos» y por eso no hay tantas personas que «se vean» afro, indígenas, asiáticas (pueden escribirse ríos de tinta sobre racismo y fenotipos). Y que racismo y gente racista hay en todas partes del planeta, Argentina incluida.
Cada explicación, por más que tenga grandes dosis de verdad, evita preguntas incómodas pero necesarias: ¿que pasó y pasa con los Pueblos Originarios que habitan este territorio?, ¿qué idea de Argentina y de argentinos construyeron los sucesivos gobiernos nacionales?, ¿de qué se trató la Campaña del Desierto?, ¿qué pasó con la población afroargentina?, ¿por qué tantos consideran que decir «afroargentino» es innecesario, incluso ofensivo, una importación de divisiones extranjeras que no nos corresponden?, ¿hasta que punto se puede decir que en Argentina «nos mezclamos entre todos» como si el proceso hubiera sido igualitario y espontáneo?, ¿quiénes son los «negros» en Argentina?, ¿qué significan y qué esconden las frases, harto repetidas, de «los argentinos somos hijos de los barcos» o «Argentina no es racista, es clasista»?
Aunque nos enoje, nos duela o insistamos en que no nos importa lo que piensen de nosotros, la campaña anti-Argentina es un buen momento para detenerse y pensar. No para que otros nos impongan sus ideas desde afuera y a traición, sino para discutir honestamente los problemas que sí tenemos y ser, cada día más, este país generoso que abraza a los libres del mundo.
Qué es el racismo: jerarquización histórica de grupos para su dominación
Ante la pregunta sobre qué es el racismo, Guillermina Espósito explica que se trata de un mecanismo de atribución mediante el cual «se le asigna a la totalidad de un grupo un conjunto de rasgos, que pueden ser de carácter, de peligrosidad, de mérito, y se los presenta como si fueran algo natural de ese grupo».
«La conquista y la esclavitud organizaron la dominación marcando de manera diferencial a europeos, indígenas y africanos. Por eso [Rita] Segato dice que la raza es signo, porque no es un hecho biológico sino una huella corporal del paso de una historia que fabricó «otros». Que la raza sea una construcción histórica no la vuelve menos real: funciona, clasifica, eventualmente mata. Entonces el racismo no es más (ni menos) que una operación discursiva e histórica que atribuye propiedades y jerarquiza un grupo sobre otro, y que tiene efectos muy reales sobre los cuerpos y las vidas de las personas», sintetiza.
El racismo, ese sistema de clasificación y jerarquización de grupos humanos, se extendió a todas partes del mundo y sus consecuencias continúan vigentes hoy. En el continente americano, Espósito señala que el racismo comenzó con la conquista, que en lo que luego fuera Argentina avasalló fundamentalmente a los pueblos indígenas despojándolos de sus territorios. Ese despojo «siguió operando hasta la actualidad con historias propias en cada pueblo y región, y sobre la población esclavizada, con Córdoba como uno de los mayores centros del comercio de esclavos», apunta la investigadora.
«Imaginar un país blanco también sirve para no tener que hablar de racismo»
Espósito remarca que cuando nuestro país se conformó como tal y se independizó de la dominación española, las elites porteñas construyeron el mito de Argentina como un país «blanco y europeo», tapando a las poblaciones indígenas y negras de nuestro territorio.
La frase los argentinos descendemos de los barcos no refiere a cualquier barco, sino más bien a los de la ola de inmigración europea entre mediados de siglo XIX y principios del XX, favorecida por la Constitución Nacional de 1853 que buscaba abiertamente estimular la instalación en estas tierras de esos migrantes; aunque, nobleza obliga, aquella Constitución comienza con el famoso preámbulo que incluye a «todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino». Somos estas contradicciones.
Volviendo a la expresión, es según Espósito «la fórmula más popular» de ese mito fundacional porteño de las clases altas que borró lo indígena y lo afro como elementos de lo argentino: «Ese mito hace algo más que imaginar un país blanco, también sirve para no tener que hablar de racismo. Quiero decir, si Argentina se piensa a sí misma como una nación blanca europea, los cuerpos que desmienten esa imagen dejan de contar, se vuelven una excepción. Y la introyección de ese mito produce escenas como la de la santiagueña que se burla del mozo brasilero«.
Aporto dos instancias muy ejemplificadoras de la potencia de esa narrativa:el ex Presidente Alberto Fernández citando erróneamente a Octavio Paz para decir «los mexicanos salieron de los indios, los brasileros salieron de la selva, pero nosotros los argentinos llegamos de los barcos»; y una conversación común y corriente con un conocido argentino de piel marrón—cuya madre incluso era cariñosamente apodada como «la Negra»— que defendía agresivamente la asociación «lo argentino = lo descendiente de inmigrantes europeos». Ante mis objeciones esta persona rechazó -no sin disgusto- lo indígena como parte de lo argentino, remitiéndolo al atraso y a tiempos pretéritos. Mucho menos reconocía la existencia de lo afro en Argentina.
En Argentina hay un racismo doblemente invisible
Una de las partes más notorias de la reciente ola de críticas a nuestro país fue ver a tanta gente latinoamericana reforzar el discurso de la Argentina blanca, que «no pertenece» al resto de Latinoamérica. Ese imaginado «no pertenecer» fue esgrimido con desprecio pero es defendido con orgullo por aquellos argentinos a los que les encantaría que fuera verdad.
En ese sentido, Espósito remarca que el mito de de la Argentina blanca «no solo es lo que supuestamente creemos de nosotros mismos, es también lo que el mundo compró como imagen del país entero. Cuando desde afuera se preguntan si «Argentina es racista», casi siempre se está imaginando esa Argentina blanca, la del puerto de Buenos Aires. Y cuando alguien responde a esa pregunta, sea para acusar o para defender, en general entra en ese mismo juego: discute la Argentina del mito, no la Argentina real».
Y agrega: «El racismo que sufren cotidianamente los pueblos indígenas del Chaco, de Jujuy, los marrones en las ciudades, queda afuera dos veces: primero porque el mito nacional lo tapa, y después porque ni siquiera forma parte de la pregunta que el resto del mundo se hace sobre nosotros».
«Entonces sí, Argentina es un país racista. Pero es racista de maneras distintas según en qué parte del país estemos parados, y los diversos racismos que atraviesan nuestras geografías no se mencionan cuando leemos estos días sobre el tema, porque el país del que hablamos, para acusarlo o para defenderlo, parece ser siempre el del mito centrado en Buenos Aires«, concluye la antropóloga.
El artista Milo J dijo en una entrevista: «Yo soy marrón, el disco es marrón, el color secundario de Argentina es marrón. Latinoamérica es marrón». Desató enorme indignación entre quienes se comen la Argentina del mito. La operación de borramiento de lo marrón es tan exitosa que, para algunos, salir a la calle o simplemente mirarse a un espejo no alcanza para abrir la pregunta de quiénes somos.
El racismo y el clasismo acá van de la mano
Argentina no es racista, es clasista. Esta afirmación popular, a menudo acompañada de una lectura del clasismo como un tipo de discriminación que de algún modo es más tolerable, no resiste análisis.
«El problema es que separa cosas que en realidad nacieron y siguen funcionando juntas. Pensemos por ejemplo cómo funciona con los grupos indígenas: la historia del despojo los empuja a la pobreza, y una vez instaurado ese despojo, se da vuelta la explicación: en lugar de decir «es pobre por esa historia», dice «es pobre porque es indio», como si la pobreza viniera de una esencia que lo antecede. Ahí la clase empieza a funcionar como el idioma con el que habla el racismo«, observa Espósito.
La investigadora retoma a otro antropólogo argentino, Gustavo Blázquez para pensar en el concepto de negro de alma, aquel que tantos quebraderos de cabeza le diera a los traductores a cargo de subtitular al inglés la película «Relatos Salvajes».
Retomando las investigaciones de Blázquez sobre los bailes de cuarteto, Espósito explica que allí ser un «negro» «no tiene que ver necesariamente con la piel. Ahí se llama negro a cualquiera -rubio, morocho, da igual- que tenga determinado gusto musical, forma de vestirse y de comportarse, y que da lugar al popular dicho «negro de alma». El color ayuda a la sospecha, pero no la funda: lo que la funda es la clase. Y esa forma de racializar viene de lejos: es hija directa del desprecio de las élites hacia los inmigrantes pobres de principios del siglo XX, y del «cabecita negra» con que se estigmatizó a los migrantes internos que llegaban a las ciudades en tiempos del peronismo».
«Entonces la idea de que somos clasistas y no racistas, tiene algo de cierto: la clase efectivamente organiza gran parte de la vida social argentina. Pero tiene también su trampa, porque supone que esa clase se reparte sin que “la raza” tenga nada que ver, cuando en realidad sigue siendo uno de los lenguajes con la que se nombra. Clasismo y racismo, en determinados contextos, no son cosas distintas, a veces son la misma cosa, dicha con distintas palabras. Por eso vale la pena traer algo que señala Ezequiel Adamovsky en [Revista] Anfibia: que este debate necesita su propio vocabulario, y no el importado de otros contextos. Pone como ejemplo el caso estadounidense, donde, dice, la discusión sobre racismo rara vez cruza la variable de clase, sin la cual lo que pasa en América Latina es incomprensible», afirma la docente.
La doble vara de las críticas: hegemonía neocolonial, civilización y barbarie
Mediante amplificación algorítmica de contenido polarizante y sesgo de confirmación, personas de todas partes del mundo instalaron la idea onírica de que Argentina no solo es «un país racista» sino que lo es mucho más que los países que literalmente fundaron al racismo y la colonización, practicaron la esclavitud a proporciones planetarias, tuvieron Estados de Apartheid y zoológicos humanos bien entrado el siglo XX y continúan, en tiempo presente, expoliando los recursos de África, América y Asia, desestabilizando sus economías y gobiernos, financiando guerras y asfixiando a sus poblaciones.
Semejante operación discursiva tiene sus raíces en que la vara moral con la que se mide a países poderosos nunca es la que se usa para juzgar al Sur Global, porque la vara se fabrica desde ese centro de poder y a la medida de sus crímenes. Francia puede controlar la moneda de 14 países africanos y Estados Unidos puede haber tenido segregación racial legal hasta el ’65 y a Trump de Presidente pero en el ojo público siempre habrá lugar para distinguir a las sociedades de sus gobiernos, introducir matices y complejidad histórica, perdonar y olvidar crímenes de guerra, incluso mientras ocurren. Así funciona la hegemonía neocolonial. Argentina no tiene ese privilegio y por ello, la virulencia de las redes permitió un ascenso meteórico en discursos violentos que se convirtieron rápidamente en xenofobia hacia nuestro país.
Sobre esto, la investigadora explica: «Europa se instaló hace siglos en el lugar de lo normal, de lo universal, del punto desde el cual se mide a todos los demás. Y ese lugar tiene un efecto raro: no hace falta esconder los hechos, alcanza con que no se los conecte con el prestigio del país que los cometió. Por eso es tan fácil, incluso para gente en América Latina, aplaudir a España o a Francia como representantes de «los valores» mientras su historia colonial, su saqueo de recursos en África, su rol en las guerras de Medio Oriente, quedan afuera de la foto. No es que nadie lo sepa, pero esos hechos no pesan en la imagen que esos países proyectan hoy. Un país del sur, en cambio, no tiene ese mismo colchón: cualquier cosa que hagamos se lee como prueba de nuestro atraso».
Los resabios de la ideología colonial y su binomio «civilización-barbarie» operan en nuestra consciencia colectiva encontrando nuevas y subrepticias formas de jerarquizar poblaciones, de asignarles a ciertos grupos humanos el grillete de lo que, en tanto es «inferior», merece ser dominado por los «iluminados». En el fútbol ese racismo discursivo se vio en los titulares, pero al no tener la marca visible de «raza», pudo pasar por debajo de la alfombra.
«Esto no es una exageración retórica mía: la prensa británica tituló, sin ninguna vuelta, «Fútbol 1, Delincuentes 0» (The Telegraph) y habló de «matones de Buenos Aires»[sic] (The Sun), mientras The Times resumía la final diciendo que «el método se impuso a la locura». Es evocativo del binomio de Sarmiento, actualizado con vocabulario de cancha: de un lado el método, el orden, la razón, del otro la suerte, la locura, la soberbia», apunta Espósito.
Y concluye con la vinculación del racismo con los estereotipos: «El mito de la Argentina blanca agarra una parte del país -Buenos Aires y su fantasía europea- y la hace pasar por el todo, tapando lo que no encaja. Hoy, desde afuera, nos devuelven la imagen invertida: agarran una parte -un cántico, un tuit, una jugada polémica- y la estiran hasta que se vuelve «los argentinos», como si fuéramos un bloque uniforme y bárbaro. Al final, el estereotipo funciona siempre igual, no importa el signo: toma una parte, la convierte en esencia, y ya no hace falta mirar más. Eso es el racismo. Y es, también, lo que nos están haciendo a nosotros en estos días«.

