Dos fantasmas

Hace algunos años, mientras intentaba planificar una hipotética clase para hipotéticos estudiantes, encontré en las profundidades de Google un cuento que me cacheteó y me recordó cuánto me obsesionaba la muerte.

Por Cristian Montú (@cejijunto)

El fantasma

El protagonista de la historia -del autor cordobés Enrique Anderson Imbert– acaba de morir en su estudio y se decepciona terriblemente al corroborar que el más allá no tiene nada de especial. No hay ángeles, ni Dios, ni Satanás. Intenta resucitar y no lo logra. Se dedica a vagar por la casa de la familia, observa y llega a una conclusión devastadora: “… comprendió que estar muerto es como estar vivo, pero solo, muy solo.”

Desde entonces, y hasta la fecha, no falta el adolescente que al terminar de leerlo me diga que le gustó, que le pareció interesante pero que es algo deprimente. En el fondo siento que mi misión está cumplida.

El retorno

En el devenir de mi deficiente itinerario lector, llegó a mis manos otro cuento sobre fantasmas, otra historia sobre muerte. 

En Putas asesinas Roberto Bolaño da vida distintos personajes, uno de ellos es en efecto un muerto que comienza denunciando por necrofilia a un diseñador de modas muy famoso. Otra vez un tipo mediocre, alguien común y corriente que es sorprendido por la muerte. La aventura se inicia, en este caso, cuando la vida le es arrebatada y su cuerpo queda a merced de dos extraños, dos enfermeros corruptos y drogadictos. 

Otra vez la soledad y la nada. Sin embargo, este fantasma logra algo que el anterior no: deja de ser un espectador forzoso y le habla a quien abusa de su cuerpo inerte. ¿Qué se dicen? No voy a contarlo, pero llegado el amanecer, vuelven los enfermeros a recuperar el cadáver.

Después de todo, el cuerpo que venían a buscar era el mío. Le di las gracias por la delicadeza de preguntármelo pero al mismo tiempo le aseguré que me encontraba más allá de esas preocupaciones. Haga lo que suele hacer, le dije.”

Compartí la nota