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“Voy a buscar la muerte para nacerla”

Es inevitable negar que la pandemia por Covid-19 cambió la forma de morir y de vivir y percibir esa muerte, no sólo producto del virus. En este contexto, pareciera que la muerte es un hecho mucho más cotidiano que antes, y de alguna forma nos sentimos obligados a familiarizarla y normalizarla.  Por Agustina Bortolon No […]

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Es inevitable negar que la pandemia por Covid-19 cambió la forma de morir y de vivir y percibir esa muerte, no sólo producto del virus. En este contexto, pareciera que la muerte es un hecho mucho más cotidiano que antes, y de alguna forma nos sentimos obligados a familiarizarla y normalizarla. 

“Voy a buscar la muerte para nacerla”. Crédito foto: Libro "Guitarra negra" de Luis Alberto Spinetta

Por Agustina Bortolon

No es sólo un acontecimiento como creían nuestros antepasados del género Homo, ahora es algo mucho más complejo, es un hecho social inserto en la misma consciencia y en la constitución bio-ontológica de los seres humanos. Si bien siempre estuvo presente en el pensamiento humano, en nuestra sociedad occidental se vive, en general, como traumática. ¿Cómo racionalizarla?. 

Sin embargo, el óbito no siempre se interpretó de igual modo. La percepción de los distintos grupos humanos en torno a la muerte, fue mutando con el tiempo, el espacio y los diferentes momentos socio-históricos. Philippe Ariès comentó que en la Antigüedad y hasta los primeros siglos de la Edad Media, la muerte era próxima y cotidiana, morir era un hecho comunitario. Esto cambió ligeramente a partir del siglo XIV, cuando la muerte se hizo propia, individual, una instancia en la que la persona tomaba conciencia de sí misma. Las sepulturas se personalizaron con inscripciones y retratos, el lecho de muerte siguió rodeado de gente pero el individuo estaba solo.

Años después, ya entrado el siglo XIX, la muerte pierde toda familiaridad, pasa a ser una ruptura intolerable. Es la época de la fascinación romántica con la muerte. Finalmente con el siglo XX, la muerte termina negada, escondida en los hospitales, silenciada. Al enfermo se le oculta su condición terminal por su bienestar, y en caso de saberla, debe lidiar con ella simulando ignorancia por el bienestar de sus afectos. Actualmente estos aspectos se modificaron notablemente a partir de la irrupción de la pandemia, que día a día aumenta la cantidad de muertos, muertos que, quizás en otro momento histórico, no hubieran muerto todavía.

Libro "Guitarra negra" de Luis Alberto Spinetta

Cuando intentamos encontrarle un sentido a la vida, no estamos haciendo más que una reflexión sobre la muerte, es inevitable. Desde que el hombre fue consciente de este fenómeno, surgieron los increíbles mitos, las incontables leyendas, los rituales y todas las manifestaciones de las culturas que, a su vez, estructuran a las mismas y le otorgan sentido.

De todas formas, estaríamos mintiendo si dijéramos que sabemos algo acerca de la muerte. En realidad, no sabemos nada. De lo único que tenemos certeza es de lo que significa esa muerte, lo que representa para nosotros y las reflexiones que hacemos a partir de la muerte de otros, porque es de la única muerte que podemos permitirnos reflexionar. Dolor, agonía, tristeza, o alivio. Un sinfín de emociones y sentires a partir de un final inevitable e inexplicable. Ese desconocimiento existente constituye una amenaza muy poderosa para la seguridad ontológica, es una circunstancia que el ser humano no puede controlar y eso le genera miedo, inseguridad.

Por si te lo perdiste: Los pueblos originarios y la muerte

Convivir con la muerte en los tiempos que corren es aún más complejo, porque constantemente estamos bombardeados por ella. La muerte se convirtió en un móvil en el actuar humano, en todos lados se habla y se escucha sobre la muerte. En el mismo sentido, la muerte se tornó difícil de administrar por su carácter desbordante. Cuerpos que mueren en todos lados y a todas horas, cuerpos que aún después de perecidos son contaminantes, infecciosos, y se acumulan en los hospitales, en las casas, en las calles. Cifras que crecen cada día más. Un muerto, una cifra. Una amenaza para los vivos, a la vez sagrados como las relaciones sociales que conllevan. Una sobre exhibición de la muerte constante.

Si la muerte no estuviera cubierta por el manto del tabú y la sacralidad en nuestra sociedad occidental, tal vez esta pandemia se viviría con menos angustia, ansiedad y miedo neurótico. Si habláramos de forma más suelta acerca de ella, si pudiéramos tomar distancia de los sentimientos negativos que genera, el proceso de muerte sería atravesado de otro modo. El miedo a lo desconocido nos hace imaginar una multiplicidad de escenarios sobre qué habrá después, y si efectivamente lo hay. Las religiones y sus respectivas cosmovisiones o modos de transitar el mundo, son un refugio para las mentes humanas -mentes que, desde hace muchos, muchos años, tienen capacidad de abstracción- tratando de dar una respuesta a aquello que aparentemente no la tiene. 

La pandemia por coronavirus, entonces, sacudió el tablero de la poca proximidad que teníamos los seres humanos con la muerte, quitó la inyección de anestesia que, tal vez inconscientemente, aplicamos ante la idea de nuestro final, fatídico e inevitable. La muerte se volvió más próxima y factible de que le suceda a cualquiera, incluso a nosotros mismos, en cualquier momento, transformando los muertos en cifras contabilizadas por instituciones, en porcentajes. 

Muertes que ni siquiera podemos adornar, socializar y ritualizar como hasta hace tan sólo un año y medio atrás, por la necesaria e impuesta distancia que debemos mantener con y entre los cuerpos.

Emilia Urouro

Encargada de la redacción de las notas y de generar contenido para las diferentes plataformas del Resaltador. Feminista, popular y nacional.
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