Día Mundial de la Marihuana: algunas reflexiones ilegales

El argumento sobre la “peligrosidad” y la “amenaza” hacia terceros que genera el consumo de drogas fue el más utilizado para justificar los tratamientos que recomendaban los especialistas para los “adictos a las drogas”. Foto: canamo.net

A mediados del siglo pasado, tanto desde la medicina como desde el derecho, comenzó a visualizarse el uso de las sustancias psicoactivas como una actividad “anti-social”. Algo, que hasta ese momento no era concebido como problema social, comenzó a serlo.

El argumento sobre la “peligrosidad” y la “amenaza” hacia terceros que genera el consumo de drogas fue el más utilizado. Fue utilizado para justificar los tratamientos que recomendaban los especialistas para los “adictos a las drogas”.

Así es como se comenzó a construir un discurso a partir de estereotipos, o más bien desde estigmas sociales que, hasta la actualidad, deshumanizan a los consumidores. Hablamos de la construcción de estereotipos o estigmas porque los primeros paradigmas, que desarrollaremos más adelante, utilizan el concepto de droga en algo que no responde estrictamente a una lógica científica sino que incluye caprichosamente a ciertas sustancias (marihuana, cocaína, éxtasis, etc ) y excluye a otras (tabaco, alcohol, psicofármacos, etc). Los fundamentos que se ofrecen no tienen correlato en el daño social. Mucho menos en la nocividad de la sustancia o en la dependencia que ocasionan: responden a estigmatizaciones marcadas por la legalidad de la práctica.

Durante años, se ocultaron y desmotivaron estudios e investigaciones que ponderaban al cannabis como un elemento más de la medicina alternativa. Bajo nomenclaturas punitivas y bajo los sellos de marginación, la marihuana pasó a ser en el colectivo un “no deber ser” situándola en un lugar en al que tal vez, hoy, no le corresponde.

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Derribando mitos dolosos

Una nota a forma de informe del sitio El Gato y la Caja, nos ayuda a resumir algunas cuestiones que arrastramos desde hace décadas. La marihuana “es peligrosa, es adictiva y es la puerta de entrada a otras drogas”, dice la dicha popular que nos implantan en el colectivo.

Juan Balián, autor del escrito, explica que “si quisiéramos responder la pregunta acerca de por qué la marihuana sigue siendo prohibida hoy en día, de lo único que podemos asegurar es de que la respuesta no tiene que ver con su peligrosidad, potencial adictivo o hipotético rol introductorio a otras sustancias. Porque, si ese fuera el criterio, tendríamos que prohibir el alcohol (cosa que, además, ya se intentó en EEUU en los ‘30 y tampoco funciona)”.

Situándonos en la vereda del frente, podemos defender la postura que llama a la legalización del estupefaciente. No solamente en términos comparativos con otras sustancias que hoy en día se venden en los quioscos como psicofármacos, bebidas alcohólicas o energizantes. Sino también en términos económicos para el Estado.

“Legalizar la marihuana podría tener beneficios económicos para el Estado gracias a la recaudación impositiva y a una disminución de gastos en operativos policiales improcedentes, una disminución de las estructuras de poder ilegales (mafias), un impacto positivo en el sistema judicial que se vería menos colapsado, un beneficio directo para consumidores que podrían autocultivar sin riesgo o acceder a productos dentro de un mercado legal y conociendo lo que consumen”, etc. Así lo explica Balián durante su texto.

La ilegalidad del cannabis sólo puede ser el arma implantada para las requisas atropellantes de la Policía. Que condenan y encierran a pibes y pibas dentro de un sistema más podrido. El remedio que instauran es mucho más dañino que la enfermedad. Y hablando de enfermedad, los estudios sobre el cannabis medicinal ya han puesto en “jaque” al lobby anti “hippies y fumancheros”.

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La evidencia disponible es clara: legalizar y regular el mercado de la marihuana es, a todas luces, mejor opción que mantenerlo en el oscurantismo actual. El riesgo de no hacerlo es recibir, en el futuro, la visita de otro fantasma y que ese fantasma traiga consigo una interminable lista de víctimas de un sistema injusto que, al fin y al cabo, no costaba tanto cambiar”, sintetiza el texto.

Basta con estudiar algunas experiencias más lejanas (EE.UU. o Canadá), o más cercanas (Uruguay), para animarnos a sacar conclusiones que el punitivismo es cosa de época pasada.

Fuente consultada: El Gato y la Caja.

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